Capítulo 1

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La tortura era preferible a aquello. Cho Kyuhyun se abrió paso entre la multitud sin miramientos y sin ocultar su desagrado. La discoteca era una de las más elegantes de Londres y estaba muy de moda, por lo que se encontraba atestada de famosos y celebridades de todo tipo. Eso implicaba que Victoria, con sus aspiraciones de grandeza, no podía hallarse lejos.

Después de darse un par de vueltas por la discoteca en las que se dedicó a escrutar y a catalogar a cada uno de los presentes, se apoyó en uno de los enormes altavoces y se limitó a esperar.

«Victoria». El nombre de su exesposa se le deslizó por el cerebro como la serpiente que era, y le recordó por qué estaba allí. Quería saber la verdad.


«Nunca te he querido», le había dicho ella, con el equipaje ya hecho. «Solo te he sido fiel accidentalmente». Y después le había sonreído. «Ni que decir tiene que Xiumin no es tuyo. ¿Qué mujer o joven en su sano juicio querría un hijo tuyo?».

El tiempo que había estado en las Fuerzas Especiales rusas le había enseñado muchas cosas que llevaba grabadas en la dura y fría piedra que ocupaba el lugar de su corazón.

Se había convertido en un filántropo de fama internacional, un lobo con piel de cordero. Dirigía la Fundación Cho, junto con su hermano, Siwon, que ambos crearon cuando este dejó de hacer películas de acción en Hollywood. Kyuhyun se ocupaba de la fortuna de su hermano, y había amasado la suya gracias a su facilidad innata para invertir.

Se había criado en la Rusia postsoviética, entre brutales oligarcas y caudillos que luchaban por el territorio como perros hambrientos, lo cual le había conferido la capacidad de detectar a los hombres muy ricos, a los que convencía para que le dieran dinero. Los conocía y los comprendía. Se consideraba mágica su habilidad para conseguir enormes donaciones de los hombres de negocios más reacios.

Kyuhyun contuvo un suspiro de impaciencia y, desde su posición estratégica, observó a la multitud de la pista de baile. Tenía que limitarse a esperar que Victoria apareciera.

*-*-*-*-*-*-*-*

Lee Sungmin, irritado y exhausto, perdió la paciencia en medio de la multitud. «Ya soy viejo para esto», se dijo apartándose de un grupo de jovencitos que bailaba. Se sentía decrépito a los veintinueve años.

-Es el sitio más guay de Londres, lleno de famosos y de los hombres más atractivos de Londres.

-Pero yo no soy guay. Llevas años diciéndomelo. Si no recuerdo mal, lo haces cada vez que me arrastras a una de esas discotecas que afirmas que me cambiarán la vida.

-Me da igual. Estoy dispuesto a hacer lo que sea para recordarte que tienes veintitantos años, no sesenta. Lo considero un servicio público. Confía en mí, Sungmin. Vamos a pasar la mejor noche de nuestra vida -le había dicho Donghae.

En aquel momento, Sungmin miraba a su amigo mover las caderas ante el banquero con el que llevaba flirteando toda la noche.

- ¿Sabes lo que necesitas desesperadamente? -le había preguntado Donghae al salir del metro.

-Sí, ya sé lo que crees que necesito. Pero la idea de tener sexo insatisfactorio con un desconocido no admite comparación con la de dormir de un tirón solo y en mi cama. Tal vez consideres que estoy loco, aunque yo lo llamo ser maduro.

Pero Sungmin sabía muy bien a qué clase de personas se conocía en las discotecas preferidas de Donghae. Había conocido a muchas, y había sido una de ellas durante sus años de universidad.

«Ya sabías cómo sería esto», pensó mientras decidía marcharse sin despedirse de Donghae y mandarle un SMS cuando estuviera en el taxi. Trató de abrirse paso entre la multitud y tuvo que apartarse bruscamente ante una pareja que bailaba dando saltos a uno y otro lado.

Perdió el equilibrio, resbaló en un charco de bebida derramada y chocó contra un hombre que había creído, antes de caer sobre él, que era una extensión del altavoz que había detrás.

Era un hombre duro y masculino, musculoso, elegante y muy guapo. Se dio cuenta de que él lo sostenía por los brazos con fuerza, y solo entonces comprendió que había conseguido evitar que se cayera.

Echó la cabeza hacia atrás sonriendo para darle las gracias por tener tan buenos reflejos... Y todo se detuvo. Simplemente desapareció. Sungmin notó que le golpeaba el corazón en el pecho y que se le desencajaba la mandíbula.

Era muy guapo, lo más bello que había visto. Al mirarse se produjo entre ambos una corriente eléctrica, que a él le provocó un cosquilleo en la piel.

Él parpadeó como si también percibiera aquella cosa terrible, imposible y hermosa que había surgido entre los dos. Él frunció levemente el ceño y se movió como si quisiera apartarlo, pero se detuvo. Y allí siguieron, atrapados. Como si lo que les rodeaba se hubiera evaporado.

-Por Dios -dijo-, parece usted un lobo. ¿Había sonreído? Su boca era exuberante y adusta a la vez, fascinante. Él le sonrió como si él lo hubiera hecho.

- ¿Por eso va usted vestido de rojo como en el cuento? -preguntó él. Tenía un leve acento que al principio no reconoció-. Le advierto que al final el lobo se lo come.

-Me decepcionaría que no tuviera fauces -afirmó Min al tiempo que se daba cuenta de que la forma en que lo sostenía era como si lo acariciara.

Sintió un espasmo en el vientre que debiera haberlo aterrorizado, teniendo en cuenta lo que sabía de sí mismo y el sexo. Y lo hizo, pero siguió sin apartarse de él.

-Mi meta en la vida es, por supuesto, evitar que los desconocidos ingleses que chocan conmigo en discotecas abarrotadas caigan en las fauces de la decepción -afirmó él con una nueva luz en los ojos y una leve inclinación de la cabeza.

Sungmin estaba fuera de sí. Una parte de él quería regodearse en aquella sensación. Quería disfrutar de aquel momento como de la primera nieve del invierno. Era un lobo ártico transformado en hombre.

Iba vestido completamente de negro: camiseta negra bajo una chaqueta negra, pantalones y botas oscuros. Tenía el pelo negro y corto. Todo él era duro y masculino, y tan peligroso que una parte de Sungmin estaba desesperada por huir. Aquel hombre no parecía civilizado, sino salvaje.

-Debería correr -le dijo él en voz baja, pero el hombre le acarició la mejilla mientras se lo decía, y Min se estremeció -Debería alejarse lo más rápidamente posible de mí.

Sungmin llevaba demasiado tiempo siendo bueno. Ya había pagado con creces esa noche de ocho años antes. Había dejado de ser espontáneo y atrevido. Sin embargo, aquel hombre tenía los ojos más café y la boca más triste que había visto en su vida, y su forma de tocarlo lo conmocionaba.

Apoyó la cara en la palma de la mano masculina y sonrió al ver que él también contenía la respiración como si asimismo se sintiera arder. Él se enderezó.

Solo sería un momento en el que se saltaría las reglas que llevaban mucho tiempo gobernando su vida, y después volvería a casa y a su virtuosa vida.

Pero antes obedeció una urgente exigencia interna: se aproximó más al hombre y pegó su boca a la de él.

ALGO MAS QUE SE JEFE[KyuMin]¡Lee esta historia GRATIS!