CAPÍTULO II

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No he podido dormir en toda la noche pensando en si estará bien, las sabanas están por un lado y el edredón por otro, no sabía si tenía frío o calor o ambas cosas a la vez será el sentimiento de culpabilidad unido con la preocupación.

Me levanto de la cama y me dirijo al espejo para ponerme maquillaje y disimular las ojeras, tengo el estomago cerrado por lo que no desayuno nada y me pongo los cascos hasta llegar al parque.

Me siento en el banco a esperar que lleguen, a los poco minutos llega Alejandra con el móvil en la mano y riéndose, seguidamente llega Julia hablando por teléfono con su nuevo novio de internet y al cabo de un buen rato llega Zaira, quien se está pintando los labios mirándose en el reflejo de su móvil.

Al llegar a la puerta del instituto están allí todos, bueno todos todos no, falta Hugo, Mario se acerca a nosotras para decirle a su hermana que avisará a sus padres de que hoy no iba a ir a comer. Mi corazón late rápidamente parece que se va salir y sin pensalor dos veces -¿Cómo está Hugo?- le pregunto a Mario quien apenas me mira a los ojos.

-Está ingresado- me dice muy serio.

En un principio me cuesta reaccionar, pero en segundos consigo formular la única pregunta que se me ocurre.

-¿Dónde? - Se me encoge el corazón de imaginármelo postrado en una cama hospital rodeado de máquinas que emiten pitidos agudos y uniformes.

- En el Virgen del Rocío – Responde con frialdad. Supongo que es lo normal cuando uno de tus mejores amigos acaba de sufrir un accidente, pero a pesar de todo no puedo retener la pregunta que se escapa de mi boca sin pasar por el filtro de mi cerebro.

- ¿Es grave? - no pretendo ofenderle, o molestarle. Creo que está bastante claro, si Hugo ha acabado en el hospital ha sido culpa única y exclusivamente mía.

Cojo el autobús lo más rápido que puedo y me presento en aquel lugar, no sé nada de él, sólo su nombre y su edad, pregunto en recepción por un chico de 18 años llamado Hugo ingresado ayer por un accidente de tráfico.

-La habitación 228- me dice la chica de recepción.

Subo los escalones raṕidamente hasta llegar a la segunda planta y ahí está la puerta, la habitación 228.

Estoy decidida a entrar, ver como está, hablar con él y pedirle disculpas...

Después de pensarlo varias veces me decido y entro en aquella habitación, ahí esté él, en una cama tumbado con varias máquinas a los lados, tal como me imaginé.

Me acerco muy despacio, tiene los ojos cerrados, quizás está durmiendo. No voy a despertarlo, pienso.

Es normal que esté cansado, así que salgo de entre aquellas cuatro paredes y cierro la puerta. Me voy por aquel pasillo de hospital, abro una puerta y la cruzo, me equivoco de puerta, salgo al patio del hospital donde encuentro a un chaval con bata blanca sentado al fresco, fumándose un cigarro, es rubio de ojos azules, está con su iphone, jugando al Candy Crush, me acerco y le pregunto.

-¿Por dónde se sale...? Me he perdido.- le pregunto algo avergonzada

- Sigue el pasillo hasta llegar a una puerta de metal con una barra roja.- me comenta con algunos gestos que acompañan su explicación.

Estoy a punto de salir pero se me ocurre preguntar por si él sabe algo de Hugo.

- ¿Conoces o sabes que le pasa al paciente de la habitación 228?- pregunto muy interesada.

-Chiquilla, tengo 150 pacientes, no me sé el historial médico de cada uno de ellos.

Le insisto, poniendo cara de pena.

-Sí, si el paciente de la 228, que ingresó ayer por un accidente de moto, llamado Hugo y de 18 años.

Se para a pensar y finalmente me dice

- ¡Ah sí...! ya sé quién es.

- ¿Cómo se encuentra? ¿Qué le ha ocurrido?.- le pregunto sin pensar, ya que sabía perfectamente lo que había ocurrido...

- Se ha partido la pierna, tiene tres cortes en la cara pero.... eso no es lo más grave... ha entrado en un coma temporal, ya que el impacto fue muy fuerte.

Se me para el corazón, bajo la mirada y me marcho, esa noche no pego ojo, busco todo tipo de información sobre el coma, quiero saberlo no quiero perderme nada sobre el tema.

Pídeme que te bese ¡Lee esta historia GRATIS!