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Reto 9

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MI CASA, MI HOGAR

La semana había ido poco más que complicada, pasaban de las siete de la tarde y yo estaba ansiando volver a mi hogar. Aunque la idea de llegar a una casa vacía no me hacía demasiada ilusión, esto era lo que había soñado desde siempre y por lo que había trabajado tan afanosamente.

Dejé atrás mi oficina y suspiré al montarme en ese taxi. El suspiro era puro alivio. De verdad que las cosas fueron mal y yo solo quería poder despejarme y llenarme de energía en este fin de semana para afrontar los problemas el lunes próximo.

Llegué al complejo de apartamentos en esa colonia que realmente me gustaba. Era el lugar donde, cuando niña, había vivido por muchos años.

En plena calle miré a mi alrededor y pude sentir la nostalgia envolverme. Sonreí, este sitio en verdad me gustaba, y me gustaba mucho. En mi opinión jamás debimos dejar esta colonia.

Abrí la puerta de mi departamento —ubicado en la primera planta de dicho edificio— y llené mis pulmones con el delicioso aroma a manzana y canela que los aromatizantes, colocados estratégicamente por los 105 metros de mi hogar, soltaban moderadamente.

Dejé las llaves en la repisa de la entrada y, después de un par de pasos llegué a uno de los tres sofás de mi sala, el sofá frente a un televisor que casi nunca encendía. No me gusta ver televisión, estaba allí porque era la excelente niñera de unos sobrinos que, gracias a Dios, casi nunca me visitaban.

Aventé mi bolsa al sofá y tomando el control de mi equipo de sonido dejé que Mozart llegara a cada espacio de mi hogar. Solté el control remoto con la misma delicadeza que había aventado mi bolso, ninguna, cabe aclarar.

Caminé unos pasos más y atravesé el comedor sin prisa y sin encender la luz. Aunque estaba ya bastante entrada la tarde y la luz del sol no daba ya ni por equivocación, quizá porque se había ido, me conocía cada palmo de ese lugar que hace un par de meses era nada más y nada menos que mi refugio, mi santuario, mi hogar.

Mientras caminaba pude ver que el altillo que separaba mi cocina del comedor, estaba un poco lleno de polvo. «¿Cómo fue que pasó?» una duda en mi cabeza. Pero se aclaró cuando atravesé el portal de la cocina. La ventana que daba al jardín y las escaleras de los departamentos sobre el mío, se había quedado abierta desde no sé cuándo. No recordaba haberla abierto.

Prendí la luz y caminé al refrigerador, entonces encontré la ensaladera con comida que tenía una etiqueta con la palabra "viernes" en ella. Sonreí al recordar el contenido y, después de destaparla, la metí en el horno de microondas sobre el altillo paralelo al que me había desconcertado segundos antes.

Después del altillo estaba la estufa, una estufa blanca y reluciente por solo ser usada los martes por la tarde que preparaba comida para miércoles, jueves y viernes. Los sábados comía fuera y los domingos con mi mamá; lunes y martes seguía disfrutando de lo que mi madre se dignaba a proporcionarme.

Llegar a las siete de la tarde a preparar la cena, no era algo que me apetecía hacer cada día, por eso solo lo hacía los martes, pues además cocinar no era mi fuerte. Aunque lo hiciera bien.

Después de la estufa doblaba un altillo que se conectaba con el de enfrente. Al centro de este estaba la tarja donde mi peor pesadilla se hacía realidad. El lavado de trastes era el único propósito de ese sitio, aunque torturarme bien podría ser otro de sus propósitos.

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