Capítulo 33.

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    Todo había acabado. Es lo que dijo Clarke cuando escuchó de nuevo el cuerno. El sonido que más ansiaba en aquel momento, el que anunciaba la victoria de los suyos, del ejército de Lexa contra Azgeda. Pero todo su alrededor parecía perdido, tan perdido que cualquiera que pasase por allí se preguntaría si realmente habían ganado. Cuando veía escenarios como aquel dudaba de aquello. Se preguntó si de verdad había algún ganador en una guerra como aquella o si simplemente se perdían vidas y ganaba el bando que tuviese más gente con fuerzas de seguir peleando. 

     A su alrededor todo estaba destrozado. Los gritos cesaron y sólo se escuchaban las cadenas con las que los suyos atrapaba a los supervivientes de Azgeda para llevarlos a Polis. Sólo se escuchaba el sonido del viento terminando de llevarse todas las vidas que había dejado aquella batalla. El camino en el que había tenido lugar estaba completamente ensangrentado. Apenas se podía pasar entre tantos cuerpos sin vida. Cuerpos derrotados por un sin sentido que al parecer, ya había logrado su final. 

    Raven le había anunciado por el walkie que los Skaikru estaban acercándose con los automóviles para ayudar a los heridos. Clarke sabía que su madre iría en el primer coche que saliese de Arkadia para comprobar que estaba bien después de la locura que había cometido, pero ella ni siquiera podía pensar en eso. Estaba conmocionada por todo lo ocurrido, por todas las vidas que se habían perdido y por la triste idea de que quizás, todo aquello era por su culpa, por aparecer en la tierra y ocupar un terreno que ya estaba ocupado. En ese momento sólo necesitaba a una persona. Pero estaba desaparecida. Muchos de los suyos la buscaban entre los cuerpos sin vida, asimilando que quizás su Comandante también había muerto. Tras minutos de búsqueda, Clarke comenzó a perder las esperanzas. Había recorrido parte del camino con otros de los guerreros de Lexa. Gritaban su nombre sin obtener respuesta y eso era lo peor, el silencio. La sola idea de perderla era algo que encogía el corazón de Clarke en un puño, pero algo le decía que no podía derrumbarse. No en ese momento. 

    Cuántos más metros recorría, más sentía que sus pies se negaban a continuar andando. Se había acostumbrado al olor a sangre y a los gritos de agonía de los supervivientes, a los que en seguida recogían para que los Skaikru se encargasen de su cuidado cuando llegasen. Los supervivientes heridos de Azgeda eran asesinados sin pensar. Ella misma tuvo que disparar a unos cuántos mientras recorría camino. Sabía que no tenían salvación y aunque la tuviesen, no la tendrían de su mano, no después de haber herido a su mejor amigo, de haber matado a Indra y a mucha más gente inocente, gente que no quería participar en una batalla, gente que sólo ansiaba la paz y que había luchado con uñas y dientes por ella. Si se hubiese visto desde fuerza, quizás, no se reconocería así misma, pero no podía hacer otra cosa. 

    Cuando vio la espada de Lexa, inconfundible para ella, entre varios cuerpos, tuvo que detenerse para controlar su respiración. Miró a su alrededor en busca de ella y avisó en seguida a los demás para que mirasen bien. Gritaron su nombre un par de veces, pero de nuevo, no hubo respuesta, sólo había sangre y más sangre y con esa sangre, su temor se hizo más profundo. Sus rodillas perdieron toda la fuerza que tenían y acabaron por doblarse para chocar contra el suelo. No podía más. Todo aquello era demasiado para ella. Había visto tanto que apenas lo soportaba, no soportaba la idea de no volver a ver a Lexa. Comenzó a sollozar en seguida, sintiendo como las lágrimas saladas recorrían todo su rostro herido. Sus manos comenzaron a temblar y ella sólo podía agarrar la espada con firmeza, aferrándose a ella, como si eso fuese lo único que quedase de todo. 

    - Clarke. 

    Entonces levantó la mirada. Por un momento creyó que era un sueño, que era parte del estado de shock en el que seguro estaba, que se había desmayado y que despertaría en la enfermería de Arkadia con las peores de las noticias. Pero no. Era Lexa. A unos metros de ella, cojeando y avanzando como podía. 

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