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Primero

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Atine a decir un par de palabras de disculpa, antes de que de la nada, él solo me dijera que me callara. Solo asentí, era normal que estuviera enojado, molesto, irritado, claro que era normal. Pero tampoco me merecía ese trato tan despreciable.

- ¿Podrías irte? - dijo, mientras se dejaba caer en el sillón mas cercano, y me daba la espalda.

- Claro - respondí, me acerque a la puerta y salí de ahí sin voltearlo a ver.

Llegue a mi cubículo, parecía todo un poco mas alocado que días anteriores, Serena, mi compañera de a lado, se permitió un momento para poder conversar conmigo.

- ¿cómo te fue?

- Mal, esta hecho una furia - conteste, mientras acomodaba unos expedientes.

- ¿Y luego? - pregunto un poco ansiosa.

- Y luego... nada, me dijo que me fuera. No se si me llamara mas al rato.

- Lo más probable... ¿sabes? Dicen las chicas que esta así porque su novia le puso los cuernos

- ¡Por Dios! ¿qué niña estúpida le pondría los cuernos a semejante hombre? - pregunte, mas para mi, que para Serena.

- Tal vez una niña estúpida que no recibe amor, y veo Sarah que te encanta el jefe... o ¿no?

- Cállate, solo admito que es apuesto.

- ¡Claro que es apuesto! Además de rico, apareció en el puesto tres, en la revista FORBES

No supe que mas decirle. El jefe era apuesto, alto con el cabello negro, de tez clara y esos ojos castaño dorado, era delgado de complexión musculosa, pero ni servía para tapar ese horrible carácter que tenía, es que ¿qué culpa tenia yo de que su novia le pusiera los cuernos?

Otra vez, una noche mas saliendo tarde la oficina, ya casi todos los demás empleados se habían ido, observe la oficina del jefe por encima de mi hombro, y por debajo de la puerta, veía salir luces.

- Así que sigues ahí - solté un suspiro, y cheque el reloj de muñeca por décima vez.

Quería ir a preguntar si me podía retirar, pero tenía cierto temor de encontrarme con la fiera de horas atrás. ¡A la mierda, estoy cansada!

- ¿Se puede? - pregunte, al tocar.

- Pase

Lo encontré sentado enfrente de su escritorio, la corbata deshecha alrededor de su cuello, y el saco descansando en el perchero, el cabello revuelto, y sus ojos clavados en un par de muestrarios de telas.

- ¿qué necesita señorita? - pregunto, sin voltearme a ver.

- Señor, ya son casi las 10 de la noche me preguntaba ¿si me necesitaba para algo mas, o ya puedo retirarme? - pregunte temerosa y confusa.

- Las diez... - susurro, dejo los muestrarios sobre el escritorio de caoba recién lustrado y se volteó a verme - ¿Por qué no se ha ido, si ustedes salen a las 8?

- Pensé que el señor me llamaría para conversar sobre el tema que quedo pendiente... - no debí recordárselo, pero él había preguntado. Observe como frunció el seño, y me preparaba para un par de "mala actitud"

- Entiendo... ya olvídelo - tomo su saco, agarro su celular, y se movió hacia mi - vamos, la llevo a su casa.

- ¿Co-como?

- ¿trae coche?

- Oh no, pero...

- Entonces muévase

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