Capítulo único

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Sandra estaba nerviosa. El ligero temblor en su labio inferior me lo decía. Arrodillada, desnuda, con los ojos tapados y las manos atadas con una cinta de seda, estaba a mi merced. Era dueña sólo de su miedo, el resto me pertenecía.


Caminé sigilosamente sobre la alfombra para que no pudiera sentir, ni descubrir mi ubicación. Sólo nuestras respiraciones se oían y el latir de su corazón que seguramente retumbaba en sus oídos. Me quedé muy quieta atrás suyo, admirando la belleza de sus curvas. Cabello negro semi ondulado y largo hasta la mitad de su espalda y con un corte en V que acentuaba la pendiente de la misma. Piel blanca de porcelana y unos glúteos pequeños, pero encantadores. Que ganas de devorar su cuerpo tenía. Que ganas de sentir su sabor en mi boca e impregnarme de su aroma por completo. La sola idea hizo palpitar mi clítoris, pero apenas era el comienzo, así que cerré los ojos por un instante y respiré hondo pero sin hacer ruido, para centrarme en la tarea que tenía por delante.


-¿Claudia? _ Me llamó con un hilo de voz. Sonreí porque sabía que la ansiedad comenzaba a hacerse presente, pero me mantuve en silencio unos segundos más antes de acercarme muy cuidadosamente a su oído izquierdo.
-¡No puedes hablar! _ Le dije sin gritar, pero con tono fuerte. Pegó un brinco al escucharme, acompañado de un pequeño grito de sorpresa – Hoy no puedes hacer nada que yo no te diga. Soy tu señora, ¿lo entiendes? Soy tu dueña y debes obedecerme.
-Sí _ Respondió de inmediato.
-¿Sí qué? _ Le susurré al oído.
-Sí señora _ Habló con voz temblorosa.
-Bien _ Mordisquié el lóbulo de su oreja con mis dientes - Es bueno que lo tengas claro _ Con mi mano derecha, agarré de lleno su nalga derecha y la presioné con fuerza hasta escuchar un pequeño jadeo. La solté y luego, con la yema de mi dedo corazón, acaricié desde el medio de su ranura íntima, hasta la parte baja de su espalda sin hacer presión, sólo permitiendo que sintiera mi tacto sublime y dejar en su piel, la promesa de más.


De inmediato me incorporé y la dejé allí sola otra vez. Movió su cabeza tratando de escuchar y adivinar lo que seguiría de manera infructuosa.


Me acerqué a una mesa en la que tenía una bandeja con varias cosas preparadas para la ocasión, entre ellas, un pincel de cerdas abundantes. Lo tomé y me arrodillé frente a ella sin tocarla, pero haciéndole saber que estaba allí. No sólo por el calor de mi cuerpo que seguramente sentía, sino también, por el roce de mi piel al sentarme junto a ella.


-¿Tienes miedo? _ Le pregunté.
-No _ Respondió negando con la cabeza.
-¡NO ME MIENTAS! _ La reprendí verbalmente - Puedo ver que tiemblas ... y soy tu señora ¡no lo olvides! _ Le advertí.
-Sí señora _ Respondió luego de tragar grueso.
-Entonces ¿tienes miedo? _ Insistí.
-Un poco mi señora _ Reconoció.
-¿Por qué? _ Sabía que tenía miedo, pero era parte del juego. Temer, pero aún así, entregarse a mi merced.
-Porque no sé lo que me hará _ Su voz era inestable.
-Te haré lo que yo quiera porque hoy soy tu dueña _ Dije en tono duro. Ella asintió repetidas veces. Me acerqué mucho a su rostro hasta que casi rozar sus labios - Te ordeno que no tengas miedo ... Sólo siente _ Le susurré y luego lamí sus labios.


Comencé a rozar las cerdas del pincel por su mentón, acariciando su piel de porcelana. Por su rostro tan perfecto, triangular y con líneas bien definidas en su contorno. Por su nariz recta, sus labios delgados, pómulos prominentes ... por su cuello largo, pero delgado ... por sus senos pequeños y redondeados ... por sus pezones rosados y aún lisos. Acaricié sus hombros delgados, sus brazos finos, sus manos pequeñas de dedos delgados. Su abdomen liso estaba escondido por sus brazos unidos, pero aún así, logré colar el pincel en medio de ellos y acariciarla allí, cosa que de inmediato la hizo saltar por las cosquillas que le causé.

Soy tu dueña¡Lee esta historia GRATIS!