Capítulo 10

58 11 2


La verdadera Anna


Madison abrió un ojo. Era de noche. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero por el ligero dolor en su cuello, suponía que llevaba inconsiente un par de horas. Con cuidado, alzó una mano y quitó la piedra que se estaba clavando en uno de sus costados; después, se permitió alzar la vista.

Hay, como siempre había soñado, se encontraban ambas lunas. Una que emitía un brillo blancuzco, y otra, mucho más grande y casi en medio del firmamento, parecía haber sido cubierta por una gasa rojiza.

Gracias al brillo de ambos astros, la morena pudo comprobar que el grupo se encontraba en un prado. El agua corría por un riachuelo cercano, y el único ser vivo aparte de ellos, era un viejo árbol de ramas caídas que había echado sus raíces cerca de donde se encontraba el agua.

La chica se levantó con cuidado y, tras revisar las caras de sus amigos intentando no detenerse en ninguno, se dio cuenta de que Anna no estaba entre ellos. Un sudor frío recorrió su columna. No podía separarse de ella; no ahora que habían vuelto a su hogar. Madison busco a su guardiana con la mirada, y tras un par de minutos y varios errores, se decidió a trepar a una de las ramas del árbol, para ver si desde esa altura podía encontrarla.

Se estaba acercando a su objetivo, cuando un tenue brillo atrajo su atención. Y luego otro.

Todos provenían de ella. El primero venía del tatuaje en su muñeca, y aunque no era my fuerte, emitía la suficiente luz como para desconcertarla. Toco su mano esperando que pasara algo, pero al no ocurrir, le dedicó su atención al otro brillo. Este salía de su blusa y, cuando se descubrió el cuello, pudo comprobar que su origen era el collar que le habían dado su hermano y Anna. El mismo que, en palabras de su guardiana, le había confiado su hermana mayor antes de que huyeran de ahí.

Su hogar. Ancör.

Un mundo en guerra.

Un quejido proveniente de Steve hizo que Madison se alejara de aquellos pensamientos, y les prestara atención a sus amigos. El pelirrojo ya tenía una mano en alto y se encontraba triturando un puñado de pasto que había arrancado, hacia unos segundos. Por su parte, Fabián se encontraba reclinándose sobre su lugar, al tiempo que se llevaba una mano a la cabeza para sobarse la sien. Todo esto lo hacía con los ojos cerrados.

—Qué demonios...

—¿Dónde estamos? —, la pregunta del castaño fue respondida casi de inmediato por su amiga.

—En mi mundo.

Aquellas palabras hicieron efecto en cuestión de segundos. Steve se levantó con violencia del piso, al tiempo que Fabián abría los ojos y le dedicaba una mirada ceñuda a todo el lugar.

—¿Madison?¿Qué paso? Siento como si me hubieran dado de golpes con un bate de beisbol.

—Y que lo digas. Mi estomago está a punto de obligarme a hacer una escenita —, para dar mayor fuerza a sus palabras, el hermano de Elliot arrugó la boca. — ¿Cómo llegamos aquí? No parece que estemos en el parque de hace rato.

—Eso no lo sé. Cuando desperté ya estábamos en este lugar; todos menos Anna.

—¿No está Anna por aquí? Esto no aplica para nada.

—Bueno. Supongo que toca despertar a los demás y buscarla.

—Eso no va a ser necesario, Steve —, dijo una voz, justo detrás de donde se encontraban los tres.

Los chicos voltearon, justo en el momento en que Anna les sonreía con ganas. La señora ya no podía ser llamada con ese apelativo; se encontraban ante una versión más joven de ella, la cual llevaba el cabello mucho más largo de cómo lo traía antes. Un par de pulseras doradas adornaban sus muñecas y tobillos y, de manera sorprendente, un extraño tatuaje había apareció sobre la piel de su brazo derecho.

La leyenda de la dama de la noche Vol.I - ANCÖR ©¡Lee esta historia GRATIS!