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  La mañana fue una triste pesa que le tenía la realidad.

Despertó enredado entre las sábanas de su cama, con la misma ropa del parque de diversiones la cual vistió, desvistió y volvió a vestir durante las horas de la madrugada.

Recordar los momentos pasados con Shinya le provocó una sonrisa casi inconsciente, una que, al darse cuenta de su presencia, fue borrada rápidamente.

También, el impulso de mandarle un mensaje al chico le inquietó los dedos de sus manos, y le preocupó un poco saber si estaba bien, si seguía vivo y si se podía mover. Aunque, tenía esa morbosa curiosidad sobre su movilidad por el orgullo de haberlo hecho suyo la noche anterior.

«Shinya...»

Se colgó una toalla al hombro y con los ánimos en alto, se metió y encerró en el baño para darse una ducha.

Regresando a la realidad; tenía muchas cosas que hacer. Lo más inquietante, es que tendría que compartir ese peso con un niño rubio de doce años.

No estaba de acuerdo. Por mucho que no le agradara del todo ese niño... no le parecía justo pedirle que pensara en las últimas palabras que le diría a Yuu antes de que se mudaran por segunda vez.

«Tendré que encontrar la manera»

El sonido de las gotas al caer le relajó, y mientras el agua fría chocaba y resbalaba por su cuerpo, se permitió no pensar en lo que se vendría a continuación.

Desgraciadamente, la lluvia artificial no duró mucho tiempo puesto que Yuichiro también había despertado y no dejaba de golpear la puerta.

―¡Callate de una buena vez, maldita sea! ―Le gritó Guren abriendo la puerta una vez terminada su ducha para que su hermano, al estar apoyando en ella, se fuera directo al suelo húmedo del baño.

―Oi, Guren― Se quejó Yuu levantándose con dificultad del suelo sin apoyarse en nada. Ambos hermanos tenían el hábito de despertar tarde, por lo que ese tipo de problemas con la ducha siempre ocurrían. ―¡Será mejor que no te hayas acabado el agua caliente! ― Le apuntó amenazadoramente con su dedo índice y empujó al mayor hasta sacarlo del baño para poder encerrarse en él.

Pero no, ese día, Guren había tomado su ducha con el agua fría para que no se terminara la caliente. Yuichiro podía pasarse horas debajo de la regadera cuando el agua seguía tibia, por lo que fue un buen plan dejarle toda la que pudiera.

Le daba tiempo para ir a hablar con Mika y para que sus padres le contaran a Yuu la noticia.

Por muy desagradables que fueran las cosas, Guren no era de los que se iban por las ramas o evitaban decirlas. No, él era directo. Si las cosas se daban así de mal, no tenía caso esconderlas.

Cuando bajó a tomar su desayuno de domingo por mediodía, se encontró con sus padres especialmente callados. Era un ambiente que no le agradaba, pero supuso que para ellos sería mucho peor dar la noticia.

Aunque él no estaba en condiciones para definir a quién era mejor darle la noticia.

Tomó un vaso de leche y se comió tres galletas, su madre ya se encontraba en la estufa moviendo sartenes y creando los deliciosos aromas para la comida.

―¿Cariño, y Yuu? ― Preguntó la mujer moviendo nerviosamente sus manos, bajando el fuego de la estufa al girarse para encarar a su hijo mayor.

―Bañándose. Iré con el rubio, regreso en un rato. ―La mujer se alarmó por el tono tan despreocupado de Guren, y lo alcanzó a detener antes de que saliera de la cocina.

―Espera, Guren. ¿Cómo se lo vas a decir? ― La frente de su madre estaba arrugada por la preocupación. El azabache suspiró y escondió sus manos dentro de los bolsillos del pantalón.

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