DÍA 29 - Capítulo 2

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Irina decidió que se lo diría. Levantaría a Anahí por la fuerza y le confesaría lo que sentía. Sabía que su amiga iba a rechazarla, especialmente después de la muerte de Lucio. Pero ella ya no podía aguantar más. Temía que la pelirroja se marchase para siempre sin saber cuánto la quería. Esta era su última oportunidad.

Se duchó a eso del mediodía, preguntándose qué ropa se vería bien en ella. Decidió incluso usar maquillaje. Estaba nerviosa.

Se vistió con un jean ajustado y una musculosa blanca. Delineó sus ojos con cuidado —tarea que le tomó casi una hora— y le sonrió al espejo.

Lista, se dijo a sí misma al abandonar el baño y recorrer los pasillos en dirección a la habitación de Anahí. Su preocupación era tanta que no notó la puerta abierta.

Entró. Se acercó hasta el borde de la cama y observó el espacio vacío, la forma de la cabeza de Anahí que había quedado grabada en la almohada.

La pelirroja se había marchado.

Irina buscó a Anahí durante todo el día. Recorrió el interior de la casa y los alrededores. Revisó cada habitación que encontró y el terreno delimitado por rejas. Pero su mejor amiga no estaba por ningún lado.

El sol ya se había retirado hasta la siguiente jornada y la tenue luz de las estrellas apenas si alcanzaba para visualizar siluetas que se alzaban, recortadas en el paisaje.

Rendida, Irina regresó a la casona alrededor de la medianoche y le preguntó a todos si alguien había visto a Anahí; sin embargo, nadie conocía el paradero de la pelirroja.

Quizás calculé mal y ya se fue, pensó Irina al borde de las lágrimas.

—Señorita —Olga se acercó a la morocha y le puso una mano en el hombro—. Creo que yo sé dónde está.

—¿En serio? ¿Dónde?

—Esta mañana la vi pasar. Llevaba una pila de papeles con ella. Me preguntó dónde podría leer tranquila así que le recomendé el ático. Debe seguir ahí —explicó Olga.

—Gracias —respondió Irina, dándose vuelta. Antes de avanzar, volvió a hablarle a la empleada—. ¿Dónde está el ático?

La morocha entró a la habitación que solía pertenecerle a don Lucio. Era el único sitio en que nadie utilizaba, tal vez por respeto o quizás con la duda sobre el posible regreso del hombre. Allí, la puerta del placard estaba abierta y la ropa en el suelo. De la parte superior descendía una pequeña escalera de madera.

Irina vio que había luz y subió en silencio, descalza.

Anahí estaba en el otro extremo, sentada en el piso frente a la ventana. Tenía sus auriculares puestos con la música tan fuerte que podía oírse desde la entrada al ático. La pelirroja sostenía un papel en su mano y lloraba. Estaba leyendo las memorias de Lucio.

A su derecha se apilaban decenas de folios y páginas manuscritas que había seleccionado cuidadosamente del estudio. Su curiosidad la llevó a escoger aquellas anécdotas que podrían contarle más sobre su protector y el pasado que guardaba con tanto recelo. En los textos seleccionados, el tema central era Manuela, pero también halló un par de escritos que hablaban sobre ella y sobre los temores de Lucio ante su personalidad. Se privó de leer todo aquello que pareciera negativo —fechorías y asesinatos— porque en ese momento de su existencia, necesitaba hallar consuelo a sus lágrimas; ya se tomaría el tiempo de leer el resto en otra ocasión.

Irina se acercó con sigilo, espiando por encima del hombro de su amiga para ver qué era lo que leía. Al comprenderlo, pensó en marcharse y dejar a Anahí a solas, descargando sus penas, pero inmediatamente cambió de opinión; no tendría otra oportunidad de decirle cómo se sentía.

En silencio, la morocha se arrodilló junto a Anahí y la rodeó con sus brazos, dejando caer su cabeza sobre los hombros de la pelirroja. Cerró sus ojos y esperó hasta que la música cesó abruptamente.

—Ani —dijo Irina en un susurro.

—¿Iri? —La pelirroja se volteó y abrazó a su mejor amiga.

—Escuchame, tengo que decirte algo muy importante antes de que te vayas —explicó la mayor de las hermanas Valini.

Anahí aguardó en silencio mientras observaba a su amiga. Irina, por su parte, intentaba articular las palabras; abría la boca para luego volver a cerrarla. No estaba segura de cómo explicar lo que sentía, por dónde empezar o qué decir. Solo sabía que deseaba que la pelirroja comprendiera cuánto la quería.

—¿Iri? ¿Qué pasa? —preguntó Anahí luego de varios minutos. Comenzaba a preocuparse.

—Aní, yo... —comenzó a decir la morocha. Pero una vez más, las palabras quedaron trabadas en su garganta, escondidas.

Rendida ante su falta de elocuencia, Irina se decidió por la opción más arriesgada, su plan B. Sin darle tiempo a reaccionar, posó sus labios sobre los de Anahí por unos segundos. Luego, se alejó.

—No me odies —pidió Irina en un ruego.

Anahí era incapaz de ocultar su sorpresa. No tenía ni idea de cómo reaccionar, así que simplemente volvió a abrazar a su mejor amiga.

—No te vayas, por favor. Te necesito —rogó Irina en un susurro. Escondía su rostro en el pecho de la pelirroja.

—Iri, ya tomé mi decisión.

No hablaron más; se quedaron abrazadas, observando las luces de la ciudad que brillaban a lo lejos.

Y cuando el sol comenzó a asomar por el horizonte y Anahí desapareció. Había llegado la hora del juicio.

 Había llegado la hora del juicio

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