DÍA 26 - Capítulo 12

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Lucio continuó avanzando hasta alcanzar la entrada del túnel; allí, se detuvo y se quitó su largo tapado negro, colocándoselo a Anahí.

—¡Corré! —ordenó—. Sé que te duelen los pies, pero tenés que apurarte. Pasá al otro lado, y cuando ya no haya fuego, sacate el abrigo y tiralo. Y pase lo que pase, no parés hasta llegar a la salida.

—¿Y vos?

—Yo voy a correr atrás tuyo. Si todo sale bien, te voy a alcanzar en unos segundos. Pero tenés que ir vos primero porque la entrada es angosta y te retrasaría si me quedo estancado.

—¿Y si todo sale mal? —preguntó Anahí—. Hasta ahora, todo lo que iba a salir bien, salió mal —repitió casi sin voz.

—¿Confiás en mí?

—No —admitió ella.

—No jodás. Apurate. Corré —rogó él.

Anahí cruzó la entrada del túnel a gran velocidad y avanzó varios metros sin girarse.

Lucio también atravesó el umbral, aunque con cierta dificultad. Su cuerpo ardía a causa del contacto con las paredes. Le costaba moverse. Caminaba lentamente detrás de su compañera.

Ya había pasado la peor parte.

O eso creyeron.

Anahí se volteó para sonreírle a Lucio y él le devolvió el gesto desde unos metros más atrás. La pelirroja dejó caer el pesado abrigo y cerró los ojos por un instante mientras intentaba recuperar el aliento. Fue en ese fatídico momento que se oyó un fuerte golpe y el suelo se estremeció bajo sus pies descalzos.

Lucio gritó.

Cuando Anahí abrió los ojos, quedó petrificada ante lo que tenía frente a ella. Dos grandes vigas de madera se habían debilitado por el fuego hasta partirse y caer, cortando el túnel en dos partes.

La pelirroja corrió a intentó mover una de las vigas, pero era demasiado pesada y estaba tan caliente que le quemaba la piel de las manos. Lloró.

—¡Lucio! —lo llamó a los gritos, asomándose por la pequeña abertura que había entre ambas maderas.

—Acá estoy —contestó él en un susurro—. Alejate de las vigas, te vas a quemar.

—¡Tengo que ayudarte! Capaz puedo alcanzar a Irina. Esperá ahí —Anahí se dio vuelta, dispuesta a correr por el túnel a oscuras.

—¡No, tu amiga ya debe estar lejos! ¡Esperá! —Pidió él en un grito desesperado—. No hay tiempo. Además, es peligroso.

—Pero...

—Parece que llegó la hora de irme al infierno —confesó él desde el otro lado, intentando ocultar su miedo.

—No seás estúpido. Te voy a salvar —insistió Anahí.

—No podés. El fuego se está acercando. Ya agarró un par de vigas más.

Anahí lloraba porque comprendía que él tenía razón. No existía forma alguna de mover las vigas y nadie iría a rescatarlos. Lucio estaba condenado.

—Me pregunto si el infierno está realmente en llamas —murmuró él con sarcasmo, rompiendo el silencio. Las ironías del destino querían que su vida acabase de la misma forma que la de su esposa.

—No vas a irte al infierno. Me salvaste dos veces —objetó Anahí. Sus palabras eran apenas un susurro en medio del llanto—. También salvaste a todos los chicos. Te ganaste el cielo. Vas a ir a encontrarte con tu esposa. Capaz hasta tengan milongas allá.

—Sabés que merezco irme al infierno —repitió él—. Pero no importa. Al menos pude salvarte a vos.

—No voy a dejarte ahí —insistió la pelirroja en una mentira tan desmesurada que ni ella misma lograba creer.

Lucio se acercó a las vigas y estiró su brazo hasta que logró atravesar el pequeño espacio con su mano. Sentía ardor en la muñeca, pero no le importaba.

Del otro lado, la pelirroja tomó su mano con fuerza.

—Quiero que corrás hasta la salida, aunque te sangren los pies —rogó Lucio—. Pero antes de irte, jurá que no sentirás aprecio alguno por mi memoria —pidió, dejando escapar aquello que llevaba semanas reprimiendo—. Prometeme que no sentirás nunca por mí ni la mitad de lo que yo siento por vos.

Anahí no respondió; paralizada cual estatua, era incapaz de creer lo que acababa de oír.

—No podré partir en paz hasta que rompás mi corazón en pedazos. Solo así sé que voy a poder dejarte ir. Quiero que prometas que mi paso por tu existencia no será más que un recuerdo sin importancia. Un recuerdo que no valdría la pena siquiera escribir en un diario. —Lucio hizo una pausa—. Anahí, te pido que me digás que merezco morir y que me odiás. Necesito saber que lo que yo siento es un error y que no vas a extrañarme. ¡Decilo! —rogó. Estaba llorando como nunca antes lo había hecho.

—Lamento tener que hacer una confesión tan cruda y dolorosa —susurró ella. Le costaba articular las palabras—. Jamás sentí ni sentiré nada por vos. Agradezco que me hayás enseñado a bailar tango, pero tu muerte va a ser solo un peso pasajero que pronto olvidaré. —Las frases se le atragantaban—. No te preocupés por mí, que yo voy a estar bien. Decidí renacer y dejar atrás todos mis recuerdos. No quedará ni una sombra tuya en mi memoria.

Sus palabras eran una mentira a medias; sentía un gran aprecio por Lucio, un cariño inmensurable, pero sin connotaciones románticas. Y lo extrañaría; sabía que iba a añorar sus noches de tango, las discusiones y cada pequeño detalle de su amistad.

—Gracias, Anahí. Adiós —Lucio soltó la mano de la pelirroja y se alejó, caminando de frente al infierno que se erguía frente a él. Sin importar cuál fuese el destino de su alma, había aceptado que era hora de partir.

—¡Vamos a reencontrarnos en el cielo! —gritó Anahí con desesperación—. ¡Y me vas a presentar a Manuela!

No me reencontraré con Manuela, porque acabo de despedirme de ella, pensó Lucio antes de sucumbir ante el infierno que se alzaba frente a él.

Recordó que Anahí le había preguntado si luego de abandonar el purgatorio, las almas tenían la opción de renacer; ahora, él creía que era posible, y que había encontrado la esencia de su esposa en aquella muchacha.

Don Lucio juró que si le permitían tomar una decisión, renacería. Volvería a vivir con la esperanza de que el destino tuviese la suficiente misericordia como para brindarle una nueva oportunidad de reencontrar al alma de su amada; quizás en el cielo, tal vez entre los vivos.

Anahí no se atrevió a observar. Simplemente le dio la espalda y corrió, ahogándose en sus propias lágrimas que mezclaban el dolor físico con el sentimental.

 Simplemente le dio la espalda y corrió, ahogándose en sus propias lágrimas que mezclaban el dolor físico con el sentimental

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