DÍA 26 - Capítulo 10

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Anahí se esforzaba por no quedarse dormida. El estrés acumulado durante la semana era insoportable y el sueño la invadía con más fuerza a cada segundo. Envuelta en penumbra y silencio, lloró. Odiaba la oscuridad, tenía miedo. Todo estaba saliendo mal, los niños se encontraban en peligro, Lucio quizás estuviese muerto y ella seguía atrapada en El Refugio.

Entre lágrimas saladas, y aún con sus ojos cerrados, permitió que distintas escenas se dibujaran en su mente. Los recuerdos de su vida eran cada vez más borrosos, distantes. En sus retinas se dibujaron remotas imágenes de rondas de mate con amigos, el viaje de egresados a Bariloche, la fiesta de quince en la quinta de su padrino y la sonrisa de sus padres que le tomaban fotos cuando fue abanderada en primer grado.

La cadena de recuerdos retrocedía lentamente con un ritmo relajado, aunque constante, hasta que las figuras comenzaron a perder nitidez, convirtiéndose pronto en una nube de colores. Poco a poco la conciencia la abandonaba, Anahí se rendía al sueño acumulado.

Estaba ya casi inconsciente cuando oyó un ruido familiar que la despabiló; la puertilla que conducía a la pequeña oficina había sido abierta. La habían encontrado. ¿Sería Irina que regresaba por ella? No, era demasiado pronto.

¿Me habré quedado dormida? Capaz ya es de día, pensó. Era imposible estar segura.

Esperó.

Una voz familiar le revolvió el estómago.

—¿Dónde estás? —preguntó Soriarte—. Sé que andás escondida por acá, pelirroja.

Anahí tragó saliva. ¿Cómo supo que ella se encontraba allí?

Los pasos se acercaban lentamente por la escalera metálica. Los oía con claridad.

—Dejá de hacerte la muda, sé que estás por acá cerca. Da la cara y todo va a estar bien —prometió el general.

Sí, y yo soy Marilyn Monroe, dijo Anahí en su mente. No confiaba en aquel hombre.

Aún con los ojos cerrados, la pelirroja analizaba los movimientos de Soriarte. Cada paso, cada pausa. Notó cuando se detuvo al pie de la escalera y también cuando caminó por el pequeño hall, para asegurarse de que no hubiese más puertas secretas.

Finalmente, la entrada de la oficina se abrió.

Desde su escondite, debajo del escritorio, Anahí apenas podía divisar los zapatos del general que iban y venían por las paredes, buscando el interruptor que posiblemente no encontraría porque se encontraba junto a ella, debajo del escritorio.

Pasados algunos minutos, los pies se detuvieron frente a Anahí. Por un instante, ella creyó que Soriarte se agacharía y la encontraría. Sin embargo, la sorprendió escuchar un sonido similar al que hacía su celular al escribir un mensaje. Luego, estática.

—¿Novedades? —preguntó el general por el comunicador.

—Negativo. Ya se han marchado —respondió una voz distorsionada.

—Pasemos entonces a la segunda parte —ordenó Soriarte, enfadado—. Incendien el lugar y salgan por donde llegamos. No prendan fuego en la habitación blanca o el hall porque todavía estoy investigando el sótano. Los alcanzaré en la central.

Anahí esperó. No sabía qué hacer. Quizás pudiese asomarse lentamente por un costado del escritorio y dispararle al general, pero apenas si podía ver siluetas en la oscuridad. Posiblemente él también estuviese armado, entrenado y hasta acostumbrado a atacar en penumbra. El plan era demasiado arriesgado. Si era veloz, tal vez pudiese encender la luz, cegándolo, y aprovechar ese instante para disparar o para salir corriendo.

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