DÍA 26 - Capítulo 8

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—Parece que Delfi contó mal —anunció Irina—. Acá no queda nadie. Vamos. Si nos apuramos, capaz los alcanzamos antes de que salgan del túnel.

—¡Pará! —pidió Anahí, deteniendo a su amiga—. ¿No deberíamos revisar también la oficina que está acá abajo?

—¿Vos decís? Algunos chicos ni siquiera saben que existe.

—No nos cuesta nada —alegó la pelirroja—. Ya estamos en la calesita.

—Tenés razón. A lo sumo nos va a retrasar dos minutos—. Irina se agachó y destrabó la puerta que descendía a la oficina de Lucio.

Bajaron velozmente, sorprendidas al encontrar todas las luces encendidas. La habitación no había sido utilizada desde la llegada de Anahí.

—¿Hola? —preguntaron ambas jóvenes a coro.

Ingresaron.

Una niña de no más de diez años dormía con la cabeza entre sus brazos, sobre el escritorio.

Irina se acercó a la pequeña y la despertó con suavidad.

—¿Qué hacés acá, Paloma? Los demás ya se fueron, es tarde —explicó.

—¿Eh? No puede ser —la niña bostezó—. Vine para dibujar, porque no podía volver a mi habitación y me acordé que acá había lápices.

—No vimos tu mochila en el gimnasio —dijo Anahí—. ¿La tenés con vos?

Paloma asintió.

—Agarrá tus cosas. Tenemos que irnos —pidió Irina, esforzándose por ocultar su enfado.

La pequeña se puso una campera y recogió la mochila que descansaba en el suelo, detrás de la puerta. Cuando estuvo lista, apagó la luz de la oficina y salió al pasillo. Anahí e Irina esperaban sentadas en la escalera.

Subieron velozmente hasta la calesita, donde oyeron que el ascensor estaba en movimiento.

—¿Don Lucio? —preguntó Irina.

—Quizás. No sé —respondió Anahí, confundida.

El ascensor se detuvo. Se escuchó el sonido de las puertas al abrirse; luego, voces. Las inconfundibles voces distorsionadas que emitían los sunigortes a través de sus máscaras.

El ascensor se marchó nuevamente en busca de la siguiente tanda de oficiales.

Irina y Paloma corrieron instintivamente hacia una de las puertas que conectaba la calesita con el resto de El Refugio y se alejaron por el pasillo, asumiendo que Anahí estaba tras ellas; sin embargo, la pelirroja resbaló escaleras abajo.

—¡Mierda! —puteó. Se puso de pie y trepó nuevamente hasta la calesita.

Ya tenía medio cuerpo fuera cuando la puerta que comunicaba con el hall se abrió. El tiempo no le alcanzaría para salir y correr como lo había hecho su amiga. Asustada, tragó saliva. Tomó la manija de la trampilla, cerró la puerta del suelo y se sumergió nuevamente, sin atreverse a bajar por las escaleras, temiendo que sus pisadas hicieran demasiado ruido. Esperó sentada en los escalones, conteniendo la respiración. Cientos de pisadas resonaron sobre su cabeza, el sonido de las puertas abriéndose y la inconfundible voz de Soriarte dando órdenes a sus hombres.

—¡Este lugar es un laberinto! Revisen cada puerta, cada pasillo. Presten atención a todos los detalles —gritaba el general.

Ojalá que Lucio esté bien, pensó Anahí, preocupada.

La pelirroja perdió la noción del tiempo. Esperó y esperó hasta que no oyó más nada.

Con cuidado, se sacó las chatitas negras y gateó escaleras abajo. Se escondería en la oficina hasta que todo hubiese terminado. En el peor de los casos, a la mañana siguiente. Seguramente todos se preocuparían por ella. Quizás hasta la dieran por muerta.

No importaba. Solo necesitaba esperar. Todo saldría bien. Los niños estaban a salvo y saldrían pronto del túnel. Además, Irina era extremadamente veloz.

Anahí se sentó debajo del escritorio, cerró los ojos y esperó, atenta a cualquier sonido que indicara peligro.


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