DÍA 26 - Capítulo 6

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El mesero le llevó el tercer vaso de agua. Don Lucio se negaba a beber más vino hasta que todo hubiese terminado. No temía a la ebriedad, sino a su puntería a la hora de utilizar la pistola.

Aún no había pedido su cena. Sentía el estómago revuelto en una mezcla de nervios y odio hacia Soriarte. Lo esperaría con paciencia y no le reprocharía su tardanza por más que le molestase. Ya estaba acostumbrado a ello. Además, suponía que la impuntualidad del general era intencional. Le agradaba que lo esperaran.

Los minutos pasaron con ridícula lentitud mientras Lucio observaba el movimiento cíclico de las agujas de su Rolex. Cinco, diez, quince. Media hora. Cuarenta y cinco minutos. Una hora.

Suspiró. Cada vez que oía la puerta del establecimiento abriéndose, prestaba atención a la reacción de quienes cenaban en las mesas contiguas; intentaba descubrir algún tipo de reacción que indicara la presencia de Soriarte.

Nada.

Desvió la mirada hacia la calle y encendió su segundo cigarro. Había escogido una mesa junto al ventanal para poder ver qué sucedía en el exterior. Eran las diez y media de la noche y casi no quedaban transeúntes recorriendo las veredas de la avenida. Una suave llovizna había comenzado a caer, haciendo que las luces del semáforo se reflejaran sobre el pavimento. No había casi vehículos o movimiento alguno.

Algo se sentía extraño, como si hubiese un vacío en la oscuridad de la ciudad. Don Lucio atribuyó esto a su ansiedad, pero continuó escrudiñando la noche en busca de algún fenómeno, de lo que fuese que le causaba esa sensación de inquietud que iba en constante aumento.

Observó la calle y los vehículos a través del vidrio empañado por el humo de su cigarro; prestó especial atención a las sombras y al clima; analizó luego los edificios cercanos en busca de algo que era incapaz de describir.

Hasta que lo encontró. Aquella molesta preocupación no se debía a que algo estaba de más, sino a la falta de un elemento imprescindible en aquella zona comercial. No había sunigortes en las esquinas.

Desesperado, Lucio dejó un par de billetes sobre la mesa y salió corriendo del restaurante. Subió a su vehículo y condujo a gran velocidad a través de la ciudad. No había patrulleros ni soldados en ningún lado.

Pasó frente a la casa de Soriarte; las luces estaban apagadas. Y algo le decía que Josefina no se encontraba allí como medida de seguridad por si Lucio deseaba atacar el edificio.

Miró el reloj una vez más. Los niños ya deberían estar en el túnel. Giró en U en mitad de la avenida. No se atrevió a pasar cerca de El Refugio, asumiendo que la zona estaría rodeada y vigilada. Sin más opciones, escogió la salida de emergencia como su nuevo destino. Su pie cayó pesadamente sobre el acelerador; alcanzó por primera vez el límite de velocidad del vehículo, rogando que no se sobrecalentara.

¿Era posible que los sunigortes se hubiesen enterado del plan? ¿Quién era el informante? Un sinfín de preguntas sin respuestas atravesó la mente de Lucio mientras se alejaba de la ciudad.

Y una simple palabra se imponía por encima de todas sus preocupaciones.

Anahí.

Anahí

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