DÍA 26 - Capítulo 5

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♬ SEGUNDA CANCIÓN PARA EL DÍA 26: DON'T JUMP (DE TOKIO HOTEL) ♬  


Se retrasaron media hora. Coordinar a los pequeños tomó más de lo que creyeron. Algunos necesitaban que repitieran las explicaciones mientras que otros se distraían con facilidad y más de uno lloraba a causa del miedo.

Finalmente, los niños recogieron sus mochilas y abandonaron el gimnasio en silencio. Solo se oían las pisadas retumbando en el pasillo.

Las hermanas Valini se adelantaron, esperándolos frente a la entrada del túnel que consistía de un simple orificio en la pared por el que apenas si pasaría un adulto de contextura mediana. Del otro lado no había luces, sino un mar oscuro que parecía interminable. La salida se encontraba a varios kilómetros de allí. La noche sería larga y la caminata, agotadora.

—¡Julia! ¡Facundo! ¡Rosaura! ¡Emilia! ¡Adrián! —llamó Irina en un grito.

Un grupo de chicos que rondaría los doce años caminó hacia el frente.

—Tomen —la morocha les entregó una linterna a cada uno—. Ya saben qué harán. Ustedes son los mayores, así que irán delante del resto, alumbrando el camino. Nosotras tres estaremos al final, asegurándonos de que nadie se quede atrás.

Los chicos intercambiaron miradas mientras sus manos encendían las linternas. Los primeros pasos fueron lentos, inseguros. Los haces de luz iban y venían por las paredes del túnel, descubriendo el suelo desparejo y las vigas que mantenían la construcción en pie.

Cuando ya habían avanzado un par de metros, el resto de los habitantes de El Refugio los siguió. Atravesaron el umbral en grupos de a cuatro o cinco, dejando una pequeña separación entre cada tanda.

Delfina los contaba a medida que avanzaban. Entregaba una linterna cada tanto para que pudiesen ver al grupo que iba delante suyo. Fueron ciento cuarenta y dos niños en total.

—Falta uno —anunció la menor de las hermanas Valini, temiendo haber contado mal.

—¿Estás segura? —preguntó Anahí.

—Sí.

—Mierda —maldijo Irina— ¿Sabés quién falta?

—No —admitió Delfina—. Estaba muy concentrada contándolos.

—Hagamos algo —sugirió la pelirroja—. Iri y yo vamos a recorrer El Refugio hasta encontrar a quien sea que falte. Vos andá con el resto. Los alcanzaremos en un rato.

—Y si no encontramos a nadie en la próxima hora, entraremos al túnel por nuestra cuenta.

—Está bien. Tengan cuidado —rogó Delfina.

Se separaron con la promesa de reencontrarse esa misma noche.

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