DÍA 26 - Capítulo 3

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Partieron poco antes de que el sol se ocultara. Subieron al auto en silencio, y en silencio permanecieron todo el camino. Lucio, con los ojos clavados en la ruta; Anahí, con la mirada perdida en el horizonte. Sumidos en sus pensamientos, repasando ideas y posibles reacciones ante lo inesperado.

—Tengo miedo —admitió la pelirroja cuando el vehículo se detuvo en un semáforo cercano a su destino.

—Es normal —contestó Lucio, evitando confesar su propio temor.

—Todo va a salir bien, ¿no? —preguntó Anahí, girando su cabeza para observar a su compañero.

—Eso creo. —Él era incapaz de darle una respuesta segura—. Incluso si no puedo matar a Soriarte, lo mantendré ocupado un par de horas, así ustedes tendrán tiempo suficiente para llegar al menos a la mitad del túnel.

Anahí rio.

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó Lucio, desviando la mirada un instante.

—Vos —respondió ella—. Hablás de matar a alguien con mucha tranquilidad, como si fuese algo cotidiano.

—Quizás lo sea —insinuó él—. No sabés mucho de mi pasado.

—Porque nunca me dejaste leer tus memorias —se quejó Anahí.

—Prometo que si sobrevivimos a esto, mañana te dejaré leer lo que se te dé la gana.

—Genial —susurró la pelirroja, más para sí misma que como respuesta.

Lucio estacionó en una esquina, a medio kilómetro de la entrada de El Refugio. Temía llamar la atención de los sunigortes si abandonaba a Anahí frente al edificio veintisiete. Su vehículo era fácil de reconocer.

La pelirroja desabrochó su cinturón de seguridad y abrió la puerta del auto, dispuesta a bajarse. Sin embargo, don Lucio la detuvo, tomándola con fuerza por el brazo.

—Antes de dejarte ir, necesito que me digás que no te vas a arrepentir; que pase lo que pase, esta es la decisión que querés tomar —hizo una pausa—. Conocés los riesgos. Todavía estás a tiempo de dar media vuelta y esperarme en algún café.

—Ya lo sé —respondió Anahí sin voltearse—. Estoy segura de mi decisión. Tengo que ayudar a los chicos. Tengo que asegurarme de que la huida funcione.

Lució soltó a la pelirroja y ella bajó del vehículo.

—Gracias por preocuparte —agregó Anahí antes de marcharse.

Él la observó alejarse hasta que la perdió de vista entre la multitud de grises. Suspiró. Dejó caer su pie sobre el acelerador y se encaminó al restaurante en el que había citado a Soriarte, del otro lado de la ciudad. Tan alejado de El Refugio como le fue posible.


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