DÍA 20 - Capítulo 3

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Irina comenzó empacar apenas regresó a su habitación. Dejó de lado sus pertenencias más antiguas, aquellas que carecían de significado o connotación sentimental. Escogió llenar un morral de cuero con ropa y su única cartera con otros objetos variados.

Anahí había escogido todas las prendas que la morocha colocó en el morral; últimamente, vestía siempre con la ropa que su amiga le había regalado, pero era demasiada como para llevársela toda.

Poco a poco notó que los objetos que estaba colocando en su cartera también habían sido obsequios de Anahí. Un par de CDs, accesorios, su nuevo discman y dos pares de auriculares.

Pensó en la pelirroja y se preguntó qué estaría haciendo. Aún temía por ella. Después de todo, era su mejor amiga.

Amiga.

La palabra hizo eco en su mente hasta convertirse en un sonido ininteligible, confuso y escondido detrás de un oleaje de ensordecedora estática.

Repentinamente, Irina se sintió estúpida.

Incluso cuando estaba viva se había esforzado por ocultar sus sentimientos, por negarlos. Se consideraba extraña, abominable. Odiaba esa parte de sí misma de la que no lograría desprenderse jamás. Se trataba de un aspecto incontrolable del que llevaba décadas intentando escapar.

Pero aunque su mente construyera una pared para bloquear el amor incondicional que sentía por Anahí, su corazón se lo recordaba constantemente. La imagen de la pelirroja aparecía a cada paso, con cada pequeño detalle. Todo le recordaba a ella; objetos, acciones e incluso comentarios que oía en los pasillos.

Cuando se recostaba, Irina evocaba los recuerdos de la primera semana que pasó con Anahí, luego se preocupaba al no saber cómo se encontraría la pelirroja en aquel instante. Finalmente, al cerrar los ojos soñaba con ella; algunas veces en pesadillas en las que su amiga se marchaba para siempre, y otras tantas en dulces sueños en los que pasaban la eternidad lado a lado.

Mierda. Puteó Irina en reiteradas ocasiones. Sacudió la cabeza como si eso pudiese alejar a Anahí de su mente.

Pero sin importar cuántas veces lo negara, Irina siempre lo supo. Le ocurrió también estando viva. No había podido evitarlo. Ya era tarde. Estaba enamorada. Su corazón le pertenecía a otra chica.


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