DÍA 20 - Capítulo 1

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 20: BLACK (DE TOKIO HOTEL) ♬

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EL CIELO SE CUBRIÓ DE NUBES NEGRAS poco después del mediodía. No hubo rayos ni lluvia; tampoco sopló viento, el firmamento tenía simplemente un manto de oscuridad. El purgatorio quedó sumido en lo que parecía ser un abismo interminable.

Un paisaje apocalíptico se dibujaba en las afueras de la ciudad. La creciente humedad se tornaba cada vez más insoportable. Era el día ideal para quedarse dentro, leyendo o durmiendo. Sin embargo, dos figuras decidieron aprovechar la desolación de la zona para probar sus pistolas.

No había mucho que aprender. Lucio solo necesitaba explicarle a Anahí cómo utilizar el mecanismo de seguridad manual y la mejor forma de sostener el arma antes de disparar.

El blanco fue un árbol, un coihue solitario que se alzaba en medio de la extensa llanura.

Don Lucio fue el primero en disparar. A su mano, acostumbrada al viejo revólver, le costó amoldarse a la pistola. Pero luego de cinco intentos fallidos, logró comprender cuál era la mejor forma de apuntar. Los últimos disparos alcanzaron el centro del tronco sin problemas.

Anahí tuvo más suerte, quizás por su inexperiencia y falta de costumbre. Sostenía la pistola con ambas manos, como si temiera que se le escapara. La alzaba casi hasta la altura de los ojos para que su mirada pudiese seguir la trayectoria con mayor facilidad. El primer disparo pegó cerca de las raíces, el segundo en una rama. Ya con el tercero, se había acostumbrado.

La pelirroja, a diferencia de su compañero, no logró gastar el cartucho completo.

Cuando sintieron el olor a tierra mojada, ya era demasiado tarde.

Se apresuraron a regresar al vehículo que habían dejado estacionado a casi medio kilómetro de allí, junto al camino de tierra.

Las primeras gotas cayeron delicadamente sobre sus cabezas. Una, dos, tres. Era una advertencia que pronto se convirtió en tormenta. Repentinamente, la lluvia caía con tal fuerza que lastimaba los brazos de Anahí.

La llanura se convirtió en un gran charco de barro, lo que obligó a Lucio y a su acompañante a caminar lentamente.

Alcanzaron el auto sin tropezar ni resbalar, pero estaban empapados.

Olga e Inés los recibieron con una sonrisa y toallones. Suponiendo que algo así sucedería, habían dejado todo listo junto a la entrada.

Casi sin decir una palabra, Lucio y Anahí se dirigieron a sus respectivas habitaciones para secarse y ponerse ropa limpia.

En el estudio los esperaba el set de mate y una bandeja con tortas fritas recién hechas.


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