DÍA 18 - Capítulo 5

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Anahí decidió ducharse después de la cena. Sus baños tomaban siempre entre una y dos horas. Lucio decidió aprovechar ese tiempo para escribir. Un recuerdo martillaba su mente pidiendo a gritos ser redactado. Tenía que sacárselo de la cabeza.

Llevaba años evitando aquella anécdota. Pero se trataba de uno de los sucesos más importantes de su existencia. Y quizás esa fuese la última oportunidad que tendría de ponerlo por escrito.

Don Lucio se sentó frente al escritorio. Arrimó la silla hasta el borde de la mesa y colocó ambos brazos sobre la madera, escondiendo el manuscrito como un niño pequeño, intentando evitar que sus compañeros se copien las respuestas durante un examen.

Cerró los ojos por casi cinco minutos, visualizando la escena en cuestión, rememorando detalles que no quería pasarse por alto. Y cuando estuvo listo, dejó caer su mano sobre el papel.

Habían pasado ya varias décadas desde la boda. Nuestra relación se mantenía estable y sin cambios. Monótona y rutinaria, pero llena de amor.

Manuela y yo pasábamos las mañanas en la sala de estar, dedicándonos a nuestras aficiones. En general, a mí me gustaba leer o escribir al ritmo del piano que mi esposa tocaba con gracia y delicadeza. Almorzábamos exactamente al mediodía y luego paseábamos un rato por el jardín y los alrededores. En los últimos meses incluso sacábamos alguna que otra fotografía para nuestro pequeño álbum. Al regresar, yo me encerraba en el estudio, atrapado en una burbuja de estrés y malhumor, entre cartas, telegramas y cuentas que llevaba con el dinero que me debían.

Siempre estaba enfadado a la hora de la cena. Manuela lo sabía y por ello solía sorprenderme con algún pequeño detalle; una flor, una poesía o simplemente con su encantadora sonrisa.

Finalmente, después de cenar nos apresurábamos a alistarnos para ir a alguna milonga. Ese era el mejor momento de cada día.

Yo me dejaba llevar por las locuras de mi esposa, por su caprichosa ansiedad. Mi más grande pasión era el poder cumplir todos sus deseos. Cuando quiso una mascota, se la regalé. Cada vestido que estuvo de moda, ella lo tuvo. Cada disco nuevo se sumaba a nuestra colección. Y así con todo.

Lamentablemente, con el tiempo la rutina se volvió insuficiente. Incluso sus caprichos parecían ya no satisfacerla. Los vestidos dejaron de importarle y toda la música comenzó a sonar igual. Nuestra mascota desapareció en una noche de tormenta sin que nos importara su ausencia.

Y fue Manuela quien dio el primer paso hacia el abismo.

"Estoy cansada, Lucio", dijo mi esposa una tarde. "Vámonos. Vayamos juntos al cielo de una buena vez. Llevamos casi medio siglo acá".

La idea asomó un día de lluvia y reapareció poco después bajo el sol del mediodía.

Yo también quería irme, pero temía terminar en el infierno. Más allá de nuestro matrimonio, Manuela no conocía ni la mitad de mis negocios, especialmente aquellos que se escondían debajo de la alfombra. En más de una ocasión puse mi existencia en una balanza imaginaria. El resultado era siempre el mismo. El infierno.

Intenté explicarle aquello a Manuela, pero ella insistía en que confiaba en mí y que sabía que estaba destinado a ir al cielo. Allí estaríamos juntos por siempre.

Hice todo lo posible por persuadirla de abandonar la idea. Sin embargo, la tristeza de su semblante era más marcada conforme pasaban los días. No soportaba verla apesadumbrada.

Finalmente, cedí a su pedido y prometí irme con ella a pesar del temor que sentía. Manuela sonrió por primera vez en mucho tiempo, llenando el vacío que me había invadido por la falta de aquel sencillo gesto.

"Sabés, siempre quise una muerte dramática". Me dijo repentinamente, sorprendiéndome una vez más con sus alocadas ocurrencias. No solo deseaba morir, sino que quería que fuese algo inesperado y fuera de lo común.

No notaba que lo que me pedía era un suplicio, una carga muy pesada para mi corazón. Mi amada había puesto su existencia en mis manos, me había entregado su alma en una bandeja de plata para que pudiese destruirla como mejor me pareciera. Fue demasiado para mí. Sin embargo, lo hice, como siempre había hecho todo lo que Manuela me pedía. Lo planeé todo. El somnífero, el incendio y los recuerdos enterrados en el sótano para que algún día fuesen hallados.

El día fatal cenamos más tarde que de costumbre porque yo preparé un asado. Le habíamos dado el fin de semana libre a nuestra única empleada para poder disfrutar de unos días a solas, o al menos eso le hice creer a Manuela. Si sospechaba algo, nunca lo demostró.

Mi esposa se quedó dormida poco después de la cena. La cargué en brazos a nuestra habitación y besé su frente. Luego, bajé nuevamente hasta la cocina y comencé a incendiar pilas de papeles y muebles de madera en todas las habitaciones. Pieza por pieza, la casa se convirtió en un pequeño infierno. Quizás eso fue lo que me acobardó. Cuando llegué a nuestra habitación, encendí el último fuego y tomé el somnífero que había escondido en el cajón de mi mesita de luz.

Nuestra pieza estaba en llamas en menos de diez minutos. Y yo permanecía despierto. Le temía al dolor. Me horrorizaba la idea de ir al infierno.

Y salté por la ventana en un impulsivo acto de egoísmo.

Manuela no gritó, quizás ni siquiera se despertó.

Cuando el fuego era tan intenso que apenas se veía la casa, me subí al auto y conduje a gran velocidad hasta la ciudad para llamar a los bomberos. El somnífero no me afectó en ningún momento.

El resultado fue simple. Medio año en un hotel mientras se reconstruía la casa, y un nuevo placard completamente negro que denunciaba mi viudez.

—¡Estoy lista! —Lucio oyó la voz de Anahí que lo llamaba desde el umbral del estudio.

—Dame unos minutos. Estoy terminando con esto —le pidió en un susurro. Necesitaba secarse las lágrimas.


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