DÍA 18 - Capítulo 4

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—Ni en pedo toco esa cosa —declaró Anahí, observando la pistola que Lucio había puesto en el escritorio, frente a ella—. No quiero ni acercarme, sacámela de enfrente —se quejó—. ¿Estás loco? ¿Cómo vas a darme un arma con la misma simpleza con la que me prestás un libro?

—Capaz nunca tengás que usarla, pero deberías tenerla encima para defenderte ¿o querés arriesgarte a quedar atrapada acá para siempre? —preguntó Lucio en tono de amenaza.

—Conociéndome como me conozco, soy capaz de dispararme a mí misma por error.

—Dudo que seas tan estúpida —Lucio remarcó la palabra tan.

—Además, ¿no se supone que vos vas a estar cenando con Soriarte mientras yo ayudo en El Refugio? —preguntó Anahí.

—Ese es el plan. Pero por experiencias pasadas, te digo que lo mejor es ser precavido y estar preparado para lo inesperado. —Tomó la pistola de la mesa y se la extendió a la pelirroja—. Insisto.

—No quiero —repitió ella, empujando la mano de Lucio con la pistola.

Y así forcejearon por varios minutos. Él intentaba obligarla a tomar el arma de fuego mientras que Anahí se resistía.

Hasta que la pistola cayó al piso.

La pelirroja saltó encima de la silla y gritó. Lucio la observó. Luego bajó la mirada para asegurarse que su nueva adquisición no se hubiese roto.

—¿En serio pensaste que se iba a disparar sola? —preguntó él—. Dejame que te explique un poco sobre el funcionamiento.

—¿Tanto sabés del tema? —murmuró Anahí con la respiración entrecortada.

—No. Me lo explicaron todo esta tarde —admitió Lucio, encogiéndose de hombros.

La pelirroja bajó del a silla y se sentó, dispuesta a escuchar.

—Estas pistolas tienen varios mecanismos de seguridad. No son como los viejos revólveres. —Levantó el arma que había caído al piso y empezó a girarla en sus manos, señalando las distintas partes—. Los modelos que compré son de los menos peligrosos que hay. Tienen dos seguros automáticos que impiden que la pistola funcione si está mal cargada. Además tiene el seguro manual que es el que uno le pone acá en el costado para cuando el arma no está en uso. Y por último, poseen en el interior un seguro para caídas que evita que la pistola se dispare cuando se golpea con algo.

—¿Estás cien por ciento seguro de eso? —preguntó Anahí.

—¿No acabamos de comprobarlo?

—Supongo —admitió la pelirroja—. Eso no quita que no sepa disparar y que mi puntería sea tan mala que podría errarle a una vaca parada a medio metro mío.

—No exagerés. Compré municiones de más para que podamos probarlas en el campo, donde nadie nos vea o escuche. Antes de la noche de la huida, me gustaría que ambos pudiéramos disparar un par de veces a un árbol o algo así.

—Por un segundo pensé que me ibas a decir de batirnos a duelo como en las películas —bromeó Anahí.

Lucio contestó con una media sonrisa.

—¿Vamos a pasarnos la noche entera repasando el plan? —quiso saber la pelirroja, cambiando de tema. Estaba cansada de ello. Su idea funcionaría, ya no valía la pena seguir intentando buscar mejores soluciones.

—No. Se me ocurrió que quizás quisieras practicar tu baile después de la cena —propuso Lucio—. Si no te molesta, claro está.

—Me encantaría. Dejemos las pistolas, los planos y todo eso para mañana. Mi cerebro necesita un recreo.

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