DÍA 18 - Capítulo 3

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Anahí se quedó dormida poco después del amanecer. Ni el mate ni el café lograron mantenerla despabilada. Ya habían repasado el plan varias veces en busca de fallas o alternativas. De vez en cuando surgían detalles, pequeñeces que podrían facilitar el proyecto, pero en líneas generales, era siempre lo mismo.

Su misión, si podía llamarla así, era memorizar el plano de El Refugio para moverse con facilidad el día en que llevaran a cabo la huida. Anahí y las hermanas Valini recorrerían todas las habitaciones y recintos para reunir a los pequeños sin dejar a ninguno atrás. Y para ello necesitaba conocer el lugar.

Lucio abandonó a la pelirroja poco después de las diez de la mañana. La tapó con una frazada antes de salir y dejó una nota pidiéndole que lo esperase para cenar. También se tomó la molestia de pedirle a Olga que no la despertara. Quizás una buena siesta ayudaría a Anahí a reponer suficiente energía como para no necesitar dormir hasta que hubiesen solucionado el problema.

Don Lucio se subió a su auto. Encendió la radio para escuchar las noticias aunque sabía que los primeros kilómetros oiría únicamente estática y que la señal mejoraría conforme se acercara a la ciudad.

Aceleró tanto como pudo hasta que aparecieron los primeros edificios. Rodeó la Avenida Oeste y se internó en la zona residencial que quedaba del lado opuesto de la ciudad.

Estacionó frente a una casa de tres pisos con grandes ventanales y techo a dos aguas. Tocó el timbre varias veces. Estaba nervioso.

Un hombre de mediana edad se asomó entre las cortinas del segundo piso. Al reconocer a don Lucio, se apresuró a bajar. Sus pasos se oían desde el exterior.

—¡Qué sorpresa! —dijo el hombre una vez que abrió la puerta—. Pensé que no me tocaba pagarle hasta la semana que viene. —Se rascó la cabeza llena de caspa con cierta preocupación. Hacía cuentas mentalmente, temiendo no tener el dinero que necesitaría.

—No te preocupés, Darío. Lamento venir sin avisar —respondió Lucio—. Necesito comprar dos de tus mejores productos.

Intercambiaron miradas por varios segundos. El comerciante era incapaz de ocultar su asombro ante las palabras que acababa de oír. Sonrió y con un gesto invitó al recién llegado a ingresar a su hogar. Era la primera vez que don Lucio decidía ser partícipe de aquel negocio.

—Sígame —dijo Darío con formalidad—. Y disculpe que esté en bata. Me acabo de levantar y no tenía ningún cliente agendado para hoy.

—Ya te lo dije, no te preocupés. Si tenés lo que necesito, no voy a pedirte que me pagues por seis meses, siempre y cuando puedas mantener la transacción en secreto. —Lucio alzó una ceja, amenazante—. ¿Te parece justo?

—Sí —respondió Darío sin siquiera pensar en la oferta. Era incapaz de contradecir a aquel hombre. Cualquier cosa que él quisiese se la daría. No deseaba correr ningún riesgo y era mejor tener a Lucio de amigo que de enemigo.

Atravesaron la casa sin detenerse más que un momento para tomar el manojo de llaves que colgaba en el pasillo. Cruzaron del living a la cocina y luego el jardín trasero, donde ingresaron al pequeño galpón de chapa que se erguía contra la medianera. La construcción era oscura y no estaba amueblada. Una bombita de luz colgaba de los cables en el centro del lugar; debajo, una mesa vacía y una alfombra llena de polvo completaban la decoración.

—Deme un segundo —pidió Darío. Luego, encendió la lamparita y empujó la mesa a un lado.

Enrolló la alfombra con cierta torpeza, dejando a la vista una pequeña puerta trampa que descendía a lo que Lucio supuso sería el sótano, el negocio.

—Tenga cuidado, don —pidió el hombre—; la escalera es vieja y empinada, baje despacio.

Descendieron en silencio.

Cuando las luces se encendieron, Lucio sonrió ante lo que veía. Se encontraban en una habitación mediana con piso de madera y paredes blancas que exhibían rifles y escopetas de distintas clases y épocas. Contra las paredes se alineaban cajoneras de exposición en las que Darío guardaba su mercadería.

—¿Qué necesita, jefe? —preguntó el comerciante.

—Dos pistolas. Simples, fáciles de usar y que no sean muy pesadas. Algo para principiantes —explicó—. Me gustaría que fuesen iguales. Eso facilitaría las cosas.

—¿Necesita muchas balas? Porque para algunas me quedan pocas municiones.

—Sería bueno tener suficientes como para practicar.

—Deme un segundo —pidió Darío.

El hombre abrió una carpeta negra que reposaba sobre las cajoneras y empezó a pasar los folios, deteniéndose de vez en cuando para leer algún dato que no recordaba. No por impaciencia, sino más bien por costumbre, Lucio comenzó a golpear el suelo rítmicamente con la punta de su pie izquierdo.

—Tengo dos parejas gemelas que se ajustan a lo que busca —dijo Darío finalmente, sin levantar la vista de las carpetas—. Ya se las muestro —agregó.

El comerciante se agachó y abrió un cajón que rozaba el suelo. Utilizando una de las tantas llaves que tenía en el bolsillo, destrabó el vidrio que protegía la mercadería y sacó el primer modelo. Luego, se puso de pie y caminó hacia la derecha en busca del siguiente cajón, del cual extrajo la otra pistola.

—Venga, don Lucio —dijo Darío, colocando ambas armas junto a la carpeta negra.

A simple vista, eran casi iguales en cuanto a materiales y formato.

—¿Cuál es la diferencia?

—No hay demasiadas, ambos modelos son de doble acción única. La de la derecha es más moderna. Las municiones son unos gramos más livianas, pero solo entran siete por cartucho —explicó Darío—. La otra pistola tiene ya casi una década, pero para mí, es la mejor que hay. Carga hasta quince cartuchos. Es bastante más ruidosa que la otra, pero también más efectiva.

—Es una decisión difícil —admitió Lucio, tomando una pistola con cada mano para compararlas—. ¿Cuál me recomendarías?

—Depende, jefe; ¿para qué las quiere?

—Una la necesito para defensa personal. Creo que deberé utilizarla pronto, antes de que usen una contra mí. La otra es por precaución, para entregársela a uno de mis allegados. No creo que la necesite, pero prefiero ser precavido —intentó dar la menor cantidad de información posible.

—Entonces le conviene una de cada una—explicó Darío—. La más moderna le va a servir si necesita, digamos, encargarse de un enemigo. Es más discreta. —Conocía a Lucio lo suficiente como para imaginarse qué uso le daría—. Y la otra para su conocido. Si es un principiante, le vendrá bien porque carga más cartuchos en caso de que su puntería sea mala. Es un poco más pesada, pero casi no hay diferencia. Son del mismo fabricante así que el funcionamiento es similar.

Lucio sonrió. Eso era exactamente lo que necesitaba.

—¿Y las municiones?

—Todas las que quiera. Esas van de regalo por los favores que le debo —respondió Darío.


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