DÍA 18 - Capítulo 2

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Uno por uno, según las órdenes específicas de Lucio, los albañiles fueron llegando al edificio número veintisiete. Los primeros obreros asomaron con el alba y los últimos ingresaron poco antes del mediodía. Irina sirvió de portera, sentada en las escaleras cercanas al ascensor, masticando chicle y jugando con un viejo yo-yo que había robado años atrás, poco después de llegar al purgatorio.

La morocha no estaba de acuerdo con el plan. Le incomodaba la idea de convivir con aquellos dieciocho albañiles por una semana. Les habían asignado tres habitaciones en el extremo más alejado de El Refugio, cerca de la entrada del túnel. Las hermanas les llevarían el almuerzo y la cena, pero los hombres tenían prohibido moverse con libertad en la fortaleza subterránea. No se les permitía tener contacto con los niños o explorar las instalaciones.

Irina guió al último obrero hasta donde se encontraban sus compañeros. Le explicó brevemente las reglas y los horarios en los que llevarían su comida; luego, se marchó. No le agradaba estar cerca de esas personas, se sentía observada, juzgada constantemente por su apariencia. Se preguntó si los albañiles hablarían de ella, de qué tan alta era o de su pelo corto. Después de todo, aún no habían visto a Delfina y seguramente les gustara conversar mientras trabajaban.

Irina logró hacer un globo con su chicle. Sonrió. Lamentablemente, debía arrojar la golosina a la basura. Era hora de almorzar.


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