DÍA 18 - Capítulo 1

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 18: FLY (DE AVRIL LAVIGNE) ♬

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EDUARDO SORIARTE SIEMPRE HABÍA SOÑADO con grandeza. Incluso cuando estaba vivo se había esforzado por sus ambiciones.

Recordaba a menudo la simpleza de su infancia, con padres analfabetos que apenas si podían alimentarlo a él y a sus cinco hermanos. Su madre era costurera para un sastre, mientras que su padre se dedicaba a la construcción y mantenimiento de las vías del tren.

Él era el menor de los hijos, por lo que nunca le tocó ponerse al hombro la responsabilidad de cuidar a los demás. Sin embargo, eso era lo que Eduardo más quería. Por un lado, le tocaba siempre lo peor, lo usado y gastado, las sobras de sus hermanos. Pero al mismo tiempo le impedían hacerse cargo de los mandados, la limpieza del hogar o cualquier otro quehacer que se necesitase en la familia. Eso era problema de los mayores.

Cansado de sentirse el florero del living, se unió al ejército apenas alcanzó la mayoría de edad y fue trasladado al sur del país, donde en pocos años, y gracias a su constante esfuerzo, alcanzó el rango de general.

Recién comenzada la década de 1980 lo enviaron nuevamente a Buenos Aires, donde había más muertes que nacimientos cada día. Fueron los peores años de su vida. Se esforzó por dejar de lado su humanidad y convertirse en un lamebotas que algún día alcanzaría a dirigir al ejército nacional. Ese era su sueño.

Pero antes de que se diese cuenta, una guerra había comenzado. Lo enviaron en una misión suicida a las islas Malvinas. Recordaba vagamente sus últimos días, el frío, el hambre y el despertarse luego en el purgatorio.

Josefina lo había encontrado aquella mañana. Ella llevaba ya varios años en Argentina y siempre se apiadaba de los recién llegados. Lo llevó a su casa, le dio ropa y comida. Le preguntó sobre el mundo de los vivos, sobre la guerra y lo que estaba ocurriendo en el país. Le permitió dormir en una habitación de su casa y le explicó todo lo que necesitaba saber sobre el purgatorio y las etapas de decisión.

Eduardo Soriarte era, según palabras de su madre, un cabeza dura. Se pasó casi un mes hablando de cómo iba a volver al mundo de los vivos y a ganar la guerra; de su venganza y la nueva posibilidad que tendría de cumplir sus sueños.

Su opinión cambió cuando conoció a don Lucio, un hombre manipulador que logró convencerlo de quedarse allí, con la promesa de entregarle el poder que él tanto anhelaba.

El día del juicio, Eduardo Soriarte escogió convertirse en un habitante del purgatorio. Y unas semanas más tarde, le entregaron su nuevo uniforme y el reglamento de Argentina.

Abandonó la casa de Josefina y alquiló un pequeño departamento no muy lejos de allí, así podría visitarla cuando le fuese posible. Ella le preparaba comida, lo ayudaba a limpiar su hogar y hasta le planchaba la ropa. Él, por su parte, utilizaba sus días libres para ayudar a Josefina con tareas más pesadas.

Ella era mayor, pero en el purgatorio la edad nunca ha sido algo importante. Y en tres años celebraron su boda.

Poco después, y luego de la partida del líder anterior, Lucio consiguió —utilizando métodos que nunca le explicó a Eduardo— colocarlo como nuevo general. Soriarte había alcanzado el título máximo que un militar podía tener en el purgatorio. Era el líder de los sunigortes de toda Argentina.

Si bien al principio se sintió agradecido con don Lucio, poco a poco notó la perversidad del hombre que lo estaba utilizando. Con la excusa de ser su benefactor y la causa de aquel puesto, el señor Ocampo vivía por encima de la ley. Hacía lo que se le daba la gana. Había forjado una fortuna legítima que era respaldada por amenazas y sobornos constantes a otros empresarios. Pronto aprendió que también acogía criminales en algún punto oculto de la ciudad.

Eduardo Soriarte comprendió el juego. Lucio era el verdadero líder; él era simplemente la cara visible de la ley.

Quería más. Deseaba poder ejercer su poder sin tener que atenerse a las excentricidades y privilegios de don Lucio Alonso de Ocampo y Larralde. Aquel hombre era la única piedra en su camino. Una piedra que no podía quitarse del zapato.

Soriarte se mantuvo atento por décadas, buscando errores y deslices en las acciones del millonario, hasta que finalmente encontró lo que deseaba. Una forma de destruir la imagen pública de Lucio, y tal vez incluso condenar su alma.

Había esperado bastante. Se encontraba en la cuenta regresiva. Exprimiría a aquel hombre tanto como le fuese posible antes de quitárselo de encima. Le sacaría provecho de la misma forma que Lucio había hecho con él.



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