Capítulo 9

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El fin del juego


Unas noches después, Madison se levantó temprano y salió de la casa, mucho antes de que Anna se despertara.

Cuando llegó a la escuela, ya se encontraba Robin en el salón, esperándola para continuar con la plática que habían estado teniendo, el día anterior.

Aunque los demás estaban enterados del hecho de que ambos no se llevaban bien, la atención entre ellos había aumentado, lo que provocó que los chicos se dieran cuenta de que algo había pasado entre ellos. A pesar de ese hecho, ninguno se atrevió a preguntarles.

Elliot era bien conocido, por portarse hosco y hasta grosero con los que intentaban meterse en su vida; y a Madison no la conocían lo suficiente como para tener esas confianzas con ella.

Por ese motivo prefirieron esperar. Tal vez, pronto olvidarían lo que los había puesto así.

La clase de biología transcurrió rápido y, pronto, el timbre sonó para anunciar el cambio de clase, así que las dos se fueron hacia historia universal. Su última hora de estudios del día.

Ya ahí, tomaron asiento y aguardaron para que llegaran los chicos. Éstos arribaron justo a tiempo y tomaron asiento, en ese momento el profesor entró, seguido por un hombre de traje negro, el cual se quedó en medio del salón mientras el maestro decía.

—Todos habrán sus libros en la página 92... Excepto usted, señorita Madison. La vinieron a recoger. Parece que es un asunto importante.

Extrañados, los chicos la voltearon a ver, pero esta no le quitaba la vista al extraño hombre frente a todos. No parecía ser de ahí, además, había algo en su porte que provocó que la chica desconfiara de sus intensiones.

Se encontraba a punto de decir algo cuando lo vio, en la solapa de su saco se encontraba prendido un extraño símbolo. La luna de espinas.

Lo reconoció de inmediato.

Su corazón comenzó a latir con dolorosa fuerza, mientras que se levantaba de su asiento a una velocidad vertiginosa, con un lápiz en la mano; lo arrojó al hombre con certera puntería, y mucha mayor fuerza de la que un humano poseía. La punta del objeto se clavó en la mano el sujeto.

Este no tardó en soltar un agudo alarido mientras se quitaba el lápiz con dificultad, y sacaba una 9 mm de entre sus ropas, apuntándole con el arma a la joven.

—Será mejor que no te muevas, niña. Me pidieron que llevara viva, pero no dijeron que no te podía lastimar.

Sorpresivamente, un estuche fue lanzado hacia enfrente, impactándose en el rostro del tipo y dándole tiempo ella para que pudiera empujarlo, y salir corriendo del sitio.

Repuesto del golpe, el tipo les dedicó una mirada asesina todos los presentes, pero no se quedó. Salió detrás de la pelinegra con el arma en alto.

Elliot no tardó en levantarse, tomando su hermano y a Carter del brazo, mientras decía.

—Rápido. Tenemos que avisar a los demás para que salgan, antes de que ese loco regrese.

Como si le diera la razón, una detonación se escuchó fuera de la escuela, por lo que ambos chicos asintieron, y salieron del salón a velocidad.

Robin también se levantó de su lugar, y dijo.

—Yo iré por Jenn y Steve.

—De acuerdo. Los veo en la casa de Madison.

Sin más, el chico salió del lugar lo más rápido que pudo.

Sus piernas comenzaron a punzar, pasando la tercera cuadra hacia su casa. No podía creer que aún no se había topado con Madison, aunque suponía que se debía a la desesperación con que la chica había salido de la escuela.

Cuando por fin divisó las casas, notó con cierta aprensión que la reja de la casa de la pelinegra, estaba entreabierta.

Eso sólo lo puso más tenso.

Estaba a punto de llegar y entrar al terreno de la casa color crema, cuando se topó con Paola —la propietaria de la casa de estudiantes—, que estaba un tanto confundida.

—Oye Elliot, ¿a dónde vas? ¿No debería de estar en la escuela?

—¡Señora Paola! ¡¿Ha visto pasar por aquí a la hija de...?!

La mujer asintió y rápido le señaló el otro extremo de la calle.

—Sí. Fue de lo más raro. Estaba regando los crisantemos cuando la chica llegó, y entró a la casa como desesperada —, el iba a hacer lo mismo, pero las palabras de la mujer lo detuvieron. —Al poco rato salieron ella y su madre; se fueron corriendo por ahí —, señaló la esquina a su izquierda—, y ni siquiera parecieron escucharme, cuando les pregunté por lo que les pasaba.

—¿Hacia halla?

—Sí, Elliot. Se fueron por esa calle... ¿Pero por qué? ¿Elliot? ¡Elliot!

Sin prestar atención a más, el chico continúo con su búsqueda.


La leyenda de la dama de la noche Vol.I - ANCÖR ©¡Lee esta historia GRATIS!