DÍA 12 - Capítulo 4

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—¡Anahí!

Lucio golpeó la puerta una vez más. Ambos puños le dolían a causa de su insistencia. Llevaba ya casi media hora intentando hablar con la pelirroja. Él sabía que ella estaba del otro lado y que podía oírlo.

—¡Anahí! En serio, abrí. No estoy enojado, no voy a matarte ni a golpearte ni ninguna estupidez —dijo ya con la garganta seca.

Siguió golpeando.

—¡Anahí! ¡Abrime de una buena vez! —La paciencia comenzaba a agotársele, pero no pensaba darse por vencido—. ¡Anahí! Sabés que podría tirar la puerta abajo si quisiera, te estoy dando la oportunidad de comportarte como una adulta. Abrime, Anahí —continuó repitiendo una y otra vez.

Nada.

En el interior de la habitación, la pelirroja se encontraba sentada en el piso con la espalda contra el placard que había movido hasta colocar delante de la puerta para bloquearla. Se sentía agotada. Había pasado casi una hora desde el incidente y aún no lograba recuperarse. Su respiración era agitada y entrecortada. Mantenía los ojos abiertos, sorprendida ante sus propias acciones, pero con la convicción de haber hecho lo correcto. No iba a ceder. No volvería a caer en las garras de aquel manipulador.

—¡Anahí!

La joven oyó que Lucio pronunciaba su nombre una vez más. ¿Cuántas habían sido?, ¿diez?, ¿quince?, ¿cincuenta? ¿o acaso más de una centena de veces? Había perdido la cuenta.

Ella consideró colocarse sus auriculares y encender el mp3 para ignorarlo. Sin embargo, dos factores se lo impedían. Por un lado, temía dejar su posición frente al placard. Sabía que su peso no hacía demasiada diferencia y que Lucio podría abrir la puerta si realmente quisiera hacerlo, pero prefería no arriesgarse, abrazando su miedo irracional. Por el otro lado, deseaba oír lo que él tenía que decirle. Quizás se disculpara, tal vez diera una explicación, incluso era posible que la amenazara. Quería estar lista, permanecer atenta.

—¡Anahí!

Su nombre, otra vez. En esta ocasión sonó más como una súplica que como una orden.

Si los nervios no estuviesen carcomiéndola, seguramente la pelirroja estaría degustando el sabor de la victoria. Sin embargo, la dominaba una inseguridad inexplicable y aterradora que se cernía sobre ella, envolviéndola.

—¡Anahí! Lo digo en serio. Abrime. Es importante.

Rendida, la pelirroja suspiró. Si no le contestaba pronto, temía pasarse el resto del mes en aquella incómoda posición, sin comer o dormir, atormentada por la voz de Lucio.

—¡No quiero! —contestó finalmente.

Silencio.

Silencio y el casi inaudible sonido que producían los dedos de Anahí sobre la puerta del placard.

Lucio golpeó una vez más con su puño, con más fuerza que antes. Rendido y enfadado al verse en la obligación de ceder, aunque fuese mínimamente, en su postura, se sentó con la espalda contra la puerta de la habitación.

—¿Podemos al menos hablar así? ¿Me escuchás bien? —preguntó él.

—No quiero hablar.

—Entonces, escuchame —pidió él.

—¿Qué otra opción tengo? No vas a callarte aunque te lo pida —respondió Anahí.

Lucio sonrió. Sabía que la pelirroja podría ignorarlo fácilmente si realmente lo deseara. Estaba ganando terreno.

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