Capítulo 6: Error y otra cosa más

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Paz estuvo maldiciendo todo el camino hasta el colegio. Había olvidado especificarle a Aranat que debía curarla y mantenerla así. Ahora estaba nuevamente con el yeso puesto mientras entraba al colegio.

El peso de las miradas sobre ella, mientras iba pasando entre todo el público que se formaba frente al portón, la hacía querer salir corriendo, invocar al maldito demonio solamente para insultarlo y no volver a mostrar la cara por allí.

Sabía, estaba completamente segura, de que su reputación se iba por los suelos con cada paso que daba, además de que se sentía más cansada que nunca. El tiempo no le había alcanzado y tuvo que sacrificar unas horas de sueño.

Úrsula no estaba por ningún lado, no respondía sus mensajes ni sus llamadas, y aunque tenía la tentación de ir a directamente a su casa después de clases sabía que podía no conseguirla.

Era normal enterarse, luego de algún tiempo, que había estado de viaje con su familia por aquella ciudad o ese país, y que del morral le sacara algún regalo improvisado de último momento porque estuvo "muy ocupada", una forma de decir que se había disfrutado a tanto hombre que quiso.

Ya estaba más que acostumbrada.

Luego de llenar sus pulmones de aire y hacer de tripas corazón, Paz mantuvo sus pies en movimiento, tratando de lucir como si no le importara en lo absoluto tener ese yeso nuevamente alrededor de su carne.

El calor en la atmósfera estaba agobiándola más de lo normal, parecía ser la única que estaba teniendo dificultades para respirar de vez en cuando; posiblemente como un efecto secundario de invocar a Aranat.

Podía sentir cómo cada uno de sus cabellos se le pegaba a la frente y la nuca, sentía las axilas pegajosas, la espalda perlada de sudor, los labios resecos, incluso había más luz de la que debería. Era como si tuviera un sol apuntando exclusivamente hacia ella.

Como pudo, se hizo un lugar en medio del mar de gente, salió, tomó aire y siguió caminando, maldiciendo a todo aquél que la mirara mal o de manera burlona. Era un pequeño alivio para el tormento que se estaba creando en su cabeza.

La primera clase del día era geografía, para la cual se había desvelado haciendo un trabajo a mano, pero según estaban diciendo algunos compañeros, la profesora había tenido una emergencia de último minuto y no vendría.

—Vamos bien —dijo Paz para sí misma.

La coordinadora de los dos últimos años los estaba llamando a todos al salón de clases, así que cortó sus pensamientos y simplemente siguió caminando junto con los demás, sin poder evitar pensar, de todas formas, que los estaban conduciendo como ganado para el matadero.

Pudo escuchar algunos comentarios no muy agradables mientras estaban en movimiento. Conocía casi todos los nombres, así que se preocupó más por recordarlos que de mortificarse internamente.

El salón estaba caliente, se sentía un ambiente pesado, o a lo mejor era solo para ella, que para ese entonces estaba cubierta en sudor. Con una ojeada rápida vio que muchos de sus compañeros también parecían recién salidos de una guerra con globos de agua. La reconfortó bastante, así que simplemente se sentó, volvió a tomar aire, tratando de ignorar el escozor que sentía debajo del yeso, y prestó atención a la coordinadora.

Era una mujer entrada en años, el pelo canoso, la piel surcada de arrugar, algunos kilos de más, los cuales se notaban fácilmente en el uniforme azul marino que todos los docentes usaban, varias carpetas que tenía a la mano, igual que siempre, y los ojos escudados con unos gruesos lentes.

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