DÍA 12 - Capítulo 2

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—¿Qué tal estuvo tu día? —preguntó Lucio con su usual desinterés. Ni siquiera levantó la vista, como si el plato de sopa fuese más interesante que la conversación.

—¿Qué te importa? —respondió Anahí.

La pelirroja llevaba el dibujo de Santiago en su bolsillo. Se había pasado la tarde entera planeando un discurso, buscando las palabras correctas para pedir una explicación al respecto. Primero se preguntó el motivo por el cual Lucio le había mentido, y al no encontrar una respuesta coherente, supuso que lo mejor sería escucharlo de su propia boca. Sin embargo, no importaba cuántas horas había pasado de pie frente al espejo practicando sus palabras, las había olvidado. Un sentimiento se interponía entre su curiosidad y la verdad. La ira. Ira por la forma la que la trataba desde la noche que Irina llegó a la casa, ira por la mentira que tantas lágrimas le hizo derramar y, por sobre todas cosas, ira por el injusto encierro.

—Realmente, nada. No me interesa en lo más mínimo lo que puedas haber hecho en tu habitación a lo largo de la jornada —admitió Lucio—. Pero existe algo que se llama cortesía, de lo que podrías informarte un poco —forzó una sonrisa—; total, tenés tiempo de sobra. —Se encogió de hombros—. Supongo que a vos tampoco te interesa saber sobre mis asuntos.

—No es como si vos fueras a contarme sobre lo que estuviste haciendo en Argentina. ¿Para qué carajo te voy a preguntar?

—Tenés razón. No pensaba ponerte al tanto de mis idas y venidas —admitió él.

Todavía incapaz de expresar aquello que tanto se había esforzado por plasmar en palabras, Anahí optó por seguir sus impulsos. Se puso de pie en un instante; caminó alrededor de la mesa y se detuvo frente a don Lucio.

Él la observaba con la misma curiosidad con la que podría intentar comprender una obra de arte abstracto: se preguntaba el significado, pero estaba rendido ante la imposibilidad de hallar coherencia alguna en lo que tenía frente a sí.

Los pies de Anahí le urgían que se alejara antes de cometer una estupidez. Su cerebro también le pedía a gritos que se detuviera. Pero había perdido el control. Con la vista nublada por las lágrimas que comenzaban a asomar, la pelirroja juntó todas sus fuerzas y le pegó una cachetada a Lucio. Ella confiaba en que sus acciones expresarían mejor lo que sentía que cualquier discurso que hubiese planeado.

En una esquina del recinto, Olga dejó caer la bandeja que llevaba en sus manos; las bebidas se volcaron sobre la alfombra.

Anahí corrió hasta su habitación al comprender lo que acababa de hacer. Dudaba de que Lucio se atreviese a matarla, pero no deseaba poner a prueba la teoría.

Se encerró, aterrada, y movió con prisa el mobiliario para bloquear la entrada. La barricada le tomó un buen rato, pero no fue interrumpida. Para cuando las pisadas de don Lucio se oyeron en el pasillo, la pelirroja ya descansaba con su espalda contra uno de los muebles. Él se había tomado su tiempo, quizá para ponerse hielo en el rostro o tan solo para asimilar lo ocurrido.

Los golpes no tardaron en llegar. La puerta vibraba, incesante, una y otra vez. Ella no respondió. Intentó contener la respiración como si con eso pudiera ocultar su presencia.

El hombre parecía decidido a quedarse del otro lado del umbral toda la noche si fuese necesario. Los minutos pasaban y él no dejaba de insistir.

—¡Anahí!

Lucio golpeó la puerta una vez más. Ambos puños le dolían a causa de su insistencia. Llevaba ya casi media hora intentando hablar con la pelirroja. Él sabía que ella estaba del otro lado y que podía oírlo.

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