DÍA 12 - Capítulo 2

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La puerta del café se cerró nuevamente con el tintineante sonido que indicaba la llegada —o partida— de un cliente. El bullicio se convirtió en un susurro colmado de especulaciones por parte de las personas sentadas en las demás mesas. Los pasos del recién llegado retumbaron sobre el piso de madera del establecimiento. Soriarte estaba finalmente allí.

Con la mirada fija en su taza de té, don Lucio jugó con la cuchara plateada entre sus dedos, esperando. Sabía que tanto los clientes como los empleados se encontraban expectantes, intentando disimular su interés por la conversación que estaba por llevarse a cabo. Algunas palabras sueltas llegaron a sus oídos, chantaje, secretos, mafia, pacto y cosas por el estilo. Los ciudadanos formulaban sus ridículas teorías sobre lo que estaba ocurriendo.

Lucio dejó caer la cuchara, pero no se inmutó ni intentó levantarla. Simplemente siguió observando su taza de té. Le molestaba que Soriarte hubiese escogido uno de los cafés más populares de la ciudad para su encuentro. Quizás temiera ser asesinado en un sitio privado y creyera que aquel establecimiento le brindaría seguridad. Y estaba en lo cierto.

Don Lucio se había pasado la noche intentando encontrar una manera de asesinar al general sin levantar sospechas. Sus esfuerzos fueron en vano, pero había llevado su revólver en el cinturón, por si acaso se presentara una buena oportunidad.

—Tu puntualidad siempre me ha sorprendido. Me gusta; es prueba de que te inclinás por seguir todas las reglas que impone la sociedad —dijo Soriarte con sarcasmo. Luego, se sentó frente a Lucio y sonrió, haciéndole señas a un mozo para que se acercara a tomar su orden.

—Tu falta de puntualidad, en cambio, siempre ha demostrado la egocéntrica insolencia que te caracteriza, esa falsa superioridad que creés tener —respondió don Lucio con rudeza.

—Me parece que no estás en la posición indicada para insultarme, no podés darte ese privilegio. —Soriarte alzó una ceja. Sin voltearse, le habló al mozo que se acercaba—. Un café cortado para mí, y otro té para don Ocampo.

—¿Dónde está? —preguntó Lucio apenas el empleado se hubo retirado.

—¿Qué cosa?

—El anillo que robaste de mi escritorio.

—¿Me estás acusando de robarte? ¿A mí? —Soriarte estalló en carcajadas, levantando la voz para asegurarse de que todos pudiesen escucharlo—. Soy el general encargado de defender esta ciudad de maleantes. Mis días transcurren en una constante lucha por erradicar el crimen, ¿y vos venís a decirme que te robé un anillo? ¡Por favor! ¡No seas ridículo! Yo que vos revisaría las pertenencias de esa protegida tuya a la que tanto querés. Después de todo, ella tiene tiempo de sobra para revisar tus cosas cuando vos salís, como ahora. —Hizo una pausa—. O quizás una de tus empleadas lo haya vendido. Nunca se sabe.

—No fue ninguna de ellas.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Porque no tienen uso para el anillo ni medios de transporte que las traiga a Argentina, y lo sabés—exclamó Lucio.

—No seas dramático, es un anillo nada más. Comprate otro y listo. El dinero te sobra. —Soriarte sonrió—. Hablando de eso, estaba pensando en reclutar una o dos centenas más de sunigortes, pero el presupuesto no alcanza. Necesitamos comprar armas y uniformes nuevos. Supongo que no tendrás objeciones en aportar la plata que falta.

—Depende —dijo don Lucio, pensativo, todavía esforzándose por no hacer contacto visual con su interlocutor—. ¿Qué seguridad tengo de que no intentarás cometer una estupidez contra mi persona?

El mozo dejó sus bebidas sobre la mesa y se marchó con prisa. Estaba acostumbrado a atender a Soriarte; sabía que el general no toleraba interrupciones. En más de una ocasión había amenazado al personal del café por tardar demasiado tiempo depositando los pedidos sobre la mesa o haciendo preguntas sobre la orden, cosas sencillas como si necesitaba azúcar.

—Ah, mi querido amigo, si deseara dañarte a vos o a tu reputación, lo haría sin importar cuánta ayuda me brindaras.

—Tus amenazas no son lo suficientemente sutiles —remarcó Lucio, sonriendo—. Sé que te estás esforzando en tu discurso, intentando dejar tu mensaje escondido debajo de la falsa cortesía que caracteriza a hombres como nosotros. Sé que querés hacerme pensar que todo estará bien si cedo a tus condiciones, pero tu afirmación me grita con claridad que pensás traicionar mi confianza a la brevedad. —Bebió un sorbo de su té. La infusión aún estaba casi hirviendo, lastimando la punta de su lengua. Tragó velozmente, disimulando el dolor. Luego, continuó hablando con mayor lentitud—. Si no te envío el dinero, esa será tu excusa. Pero si decido entregarte una fortuna, la utilizarás en mi contra. Tu semblante refleja el odio que sentís hacia mí y al hecho de que mi posición social sea más alta que la tuya. Siempre lo supe, incluso cuando te recomendé para el puesto de general. Cada una de tus acciones y palabras esconde una sombra, una segunda intención que pretende devorar parte de mi prestigio. Te conozco, Soriarte, y creo que vos también me conocés lo suficiente como para saber qué haré hasta lo imposible para detenerte. Y ambos conocemos el final del juego. Yo ganaré otra partida y vos desaparecerás, convirtiéndote en un recuerdo perdido, presente únicamente en libros de historia.

El general rio.

—Don Lucio, usted es todo un poeta —dijo con sarcasmo—. Es difícil tomarte en serio cuando hablás con tanto adorno. —Soriarte bebió su café, haciendo ruido al sorber—. Escuchame; dejemos las formalidades de lado y pongamos las cartas sobre la mesa. En este momento yo sé cuál es tu secreto, sé dónde están tus límites y tus puntos débiles. Si quisiera destruirte, ya lo habría hecho. —Hizo una señal al mozo para que les trajera la cuenta—. Todavía puedo sacarle algo de jugo a la situación. Pero andá con cuidado que al primer paso en falso que des, mis hombres acabarán con todo lo que te importa, incluyendo a la pelirroja esa que tanto cuidás. No creás que no me doy cuenta de cómo la mirás. Te la comés con los ojos de la misma manera que hacías con tu esposa.

—Ni siquiera la conociste.

—Me han contado suficiente. —El general sonrió. Luego, se puso de pie—; Por cierto —agregó, dándole la espalda a Lucio—, vos invitás.

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