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39. Alas.

- ¿Tu padre?- me preguntó en un susurro.

- No lo creo-. No se sentí como si fuese él. Los guardias debían haber regresado.

Procurando no hacer ruido, nos movimos hasta la salida.

Por las ventanas allí arriba, sobre el nivel más alto de las estanterías, se veía la noche. Continuaba lloviendo a cantaros. Sopesé la opción de escapar por allí, no sería factible, o no al menos sin ser escuchados, las aberturas estaban cubiertas por rejas de aspecto pesado y firme que se resistirían duramente tanto a mis fuerzas, cuanto a las de Gabriel.

El final del corredor se presentó.

Oí una voz, hablaba en francés, decía que la puerta de la biblioteca estaba abierta; del otro lado, una voz metálica que salía de un celular le respondió algo que no logré entender. 

- Creo que saben que hay alguien aquí- lo empujé hacia atrás para alejarlo del demonio-. Pidió refuerzos. Voy a distraerlo, quizá logre engañarlo y así puedas aprovechar para salir.

- No- me tomó de la muñeca-. No dará resultado.

- Si comenzamos a enfrentarnos con ellos ahora no lograremos salir con vida de aquí.

- ¿Quieres apostar?

- ¿Quién anda ahí?- gritó en francés el guardia.

La voz y los pasos se nos acercaban cada vez más.

- Sé que hay alguien ahí. Mejor sales y das la cara.

Gabriel alzó su arma, listo para atacar. Atajé su mano y con una mueca le indiqué que guardase silencio.

- No sé cómo lograste entrar aquí pero no saldrás con vida si no te muestras en este instante.

- Déjamelo- le susurré. Mi voz apenas si se oyó.

Gabriel frunció el entrecejo y los labios. Forcejeé y me liberé de él.

A los trompicones salí de detrás de la biblioteca y aparecí frente al demonio, a un par de metros de distancia. El aire se llenó de un olor nauseabundo.

El demonio era un hombre de unos treinta años, cabello muy corto, bajo de estatura pero con una masa muscular excesiva, realmente de cuidado. Iba vestido de los pies a la cabeza en negro, y sus ojos almendrados no parecían ser de esos que perdonan.

- ¿Quién eres y cómo lograste entrar aquí?- me espetó en un tono rabioso.

Armándome de coraje erguí la espalda y solté: - Cómo te atreves a cuestionarme-. Enfrentarme a una lucha cuerpo a cuerpo con él ciertamente no sería una buena idea y dado mi estado, no me sentía segura de poder generar fuego para defenderme, ni eso, ni ninguna otra cosa. Al demonio le importó un cuerno mi supuesta altanería y pose de superioridad que pretendí. Sin más, soltó una estertórea carcajada, al cual rebotó en los amplios techos de piedra sobre nuestras cabezas.

- Nadie puede entrar aquí. Está prohibido.

- Yo no soy nadie-. Repliqué sin bajarme de aquella pose inspirada en mi padre.

- ¿No?- anduvo lentamente hasta mí casi arrastrando los pies sobre el suelo de piedra mientras en su mano, le daba vueltas al celular una y otra vez-. ¿Quién eres entonces?

- Soy…- tragué saliva y enderecé la espalda todavía más-. Soy Eliza, la hija de Eleazar.

Por un segundo me dio la impresión de que me creía ya que se puso serio, incluso creí notar que se ponía en alerta, y se asustaba un poco. Debe haber sido ilusiones mías, porque al siguiente, todo se desmoronó. El demonio volvió a reír despiadadamente.

"Los caídos" cuarto libro de la saga "Todos mis demonios".¡Lee esta historia GRATIS!