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«Podría arrepentirme»

¿Podría? No, Shinya creía que no. No era la acumulación de años estando esperando por el chico gruñón que sostenía su mano mientras caminaban, no era una simple emoción por besos que habían pasado la línea que los limitaba. Era el miedo de no poder decirle cuanto realmente lo quería. Era relativamente demasiado pronto para decirle que lo amaba, aunque lo sintiera de una manera tan pura y sincera, no podía decírselo. Shinya tenía la sensación de que no era necesario y que Guren sabía la intensidad del cariño que le tenía. Pero apenas habían hecho casi publico sus sentimientos el uno con el otro, le parecía incorrecto decírselo tan rápido a pesar de llevar años sintiéndolo.

Así que ambos se mantuvieron en silencio mientras caminaban.

El chico de ojos azules volvía a llevar la chamarra negra puesta a pesar de que ya no tenía frio, además, llevarla era una buena excusa para admirar lo bien que le quedaba aquella playera gris a Guren. La tela se pegaba a sus brazos y pecho, resaltando la buena forma de su cuerpo.

Por primera vez, Shinya se sintió pequeño.

¿Qué le había ocurrido a la seguridad que tenía? ¿Dónde habían quedado las bromas que le gustaba decir? ¿Y los comentarios graciosos? Solo le quedaba el instinto de madre que nunca desaparecía, su preocupación hacia Guren por están tan descubierto y expuesto al frio de la noche. Pero pensar en eso le hacía imaginar; que en poco tiempo no solo Guren estaría así de expuesto.

Sus mejillas no le dejaban tomar ni un pequeño respiro. Y es que todo había sido tan repentino.

―Vas muy callado― Escuchó y alzó la vista del suelo hacia Guren. ―¿Estás nervioso?

―¿Tu no? ―Se rio casi en un resoplido. Si, estaba terriblemente nervioso.

―¿Me llamarías pervertido si te confieso que ya había fantaseado con esto algún tiempo?

Shinya se atragantó y los colores volvieron a subir a su rostro.

―Imbécil, ¿y lo confiesas ahora? ― Frunció su ceño. Durante mucho tiempo vivió en el engaño de pensar que él era el único enfermo que sentía esas cosas por su amigo. Y ahora Guren confesaba que muy seguramente se había dado duchas frías por su culpa. El azabache se carcajeó y apretó aún más la mano del ojiazul. ― ¿Desde cuándo lo sentías?

―¿Qué cosa? ― Era increíble la facilidad con la que los dos hermanos Hyakuya podían distraerse. Claro que el pequeño Yuu era terriblemente distraído, pero Guren no se quedaba atrás. Shinya deseó poder golpear su brazo, pero eso implicaría soltar su mano y no quería eso. En cambio, alzó una de sus cejas. Fue suficiente para Guren. ―Oh, eh... no lo sé.

Guren, el rey del romanticismo.

«Me enamoré de un idiota» Se lamentó Shinya mientras se colaban por la puerta trasera de la escuela.








―¿No crees que es un poco apresurado? ―Las manos de Shinya acunaron el rostro de Guren para alejarlo de sus labios y terminar con el beso que los había dejado sobre el suelo de la biblioteca. Era el único lugar de todo el instituto que tenía el suelo cómodamente alfombrado y les daba la libertar de perderse fácilmente entre tantos libreros.

Ante la pregunta, Guren rio en silencio y a pesar de la sonrisa en su rostro, Shinya no encontró diversión, sino una amplia tristeza.

―Creo que es un poco tarde. ― Escuchó en murmuro. Si bien era cierto, no se sentía del todo seguro. Las cosas habían salido demasiado rápidas para su gusto, pero tampoco podía dejar de pensar que posiblemente fuera su última oportunidad para estar con Guren. Tenía ese instinto que le pedía desesperadamente aprovechar el tiempo que les quedaba. ―Al menos déjame ser el primero en tu vida

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