Capitulo I

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Embrujo Negro

Capítulo 1

Janet Gaspar

Vine a éste mundo una tarde de Octubre tan aburrida que hasta la comadrona bostezaba entre los trabajos de parto de mi madre, quien retorcía las sabanas que estaban a su alcance mientras recitaba el nombre de todos los santos esperando que yo por fin saliera y dejara de agriarle la existencia.

Desde que llegué a la vida hubo de verse que solo desgracias llevaría a la casa, a la familia y —en fin— al mundo entero. Entre los presentes, en espera de un varón, grande fue su desilusión cuando constataron que el recién nacido era una simple niña, tan negra como el carbón y peluda como los monos.

Mi madre era blanca de ojos verdes que tendían a cambiar de color de acuerdo a la ropa que usaba y mi padre era de tez clara con el cabello castaño ensortijado, así que los reclamos y lamentos no se hicieron esperar y entre que se mataban unos a los otros y buscaban la cabeza del Sancho para separársela del tronco de unos buenos pistoletazos alguien recordó que en el pasado se había enlazado mi tatarabuela portuguesa con mi tatarabuelo de origen negro, de esa forma se dio por zanjado el asunto y se llegó a la conclusión de que, aparte de haber nacido mujer, había tenido la desgracia de heredar la sangre negra que no se había visto en cuatro generaciones.

Me hubieran tirado enseguida a un foso de buena gana, pero entre el descontrol que se había desatado durante mi alumbramiento y los gritos desgarradores de mi madre que anunciaba que moriría alguien había cometido la torpeza de llamar al Padre para que le diera los últimos sacramentos y estando la figura santa en la casa nadie tuvo el valor de atentar contra mi vida. Así que viví, y los demás tuvieron que acostumbrarse a mi presencia, nadie dijo una palabra de bienvenida o de alegría ese día porque mi madre despreciaba a las mujeres y mi padre deseaba con tantas fuerzas tener un hijo varón que cuando supo que se trataba de una chiquilla se emborrachó hasta que tuvieron que traerlo a rastras de la cantina y voltearlo de cara al suelo porque empezaba a ahogarse con su propio vomito y sus ojos estaban fijos y cristalinos, como si hubiese muerto.

Compadezco a mi padre porque nunca gozó del amor que tanto ansiaba ni tuvo con mi madre el hijo que quería, antes de mí dos niños se le habían muerto, uno en el vientre de mi madre y otro ahogado en un tambo de agua que alguien olvidó tapar y de donde sacaron al infante tieso y con la cara hinchada. Luego mi madre sufrió otros dos abortos y finalmente supongo que le negó sus favores porque de niños nada, así que fui hija única en un tiempo donde lo normal era tener cinco o seis chiquillos corriendo por todas partes y destrozando los escasos muebles de la casa.

A pesar de ser su única hija tengo la certeza de que ninguno de mis padres me quiso y cargaron conmigo más por obligación y por miedo a la lengua afilada de la gente que por otra cosa. A mi padre la historia del negro antepasado nunca lo convenció y para mi madre las chicas solo servían para casarse y llenarse de hijos.

Por años sufrí los maltratos de mi madre y la indiferencia de mi padre como un cachorrito apaleado, sin quejarme y tratando de huir cada que los veía, había nacido con un alma pura y bondadosa que no sé de dónde obtuve puesto que esas dos cosas eran las que más escaseaban en las áridas tierras del norte de México, lugar donde vivíamos.

Pasaba las tardes enteras en casa sentada bajo un enorme árbol de moras contando la cantidad de briznas de pasto bajo mis rodillas y escuchando a lo lejos el tintineo característico de las víboras de cascabel que en esos años se arrastraban por todos lados y podían sacar un formidable susto cuando se les encontraba echas bola bajo la cama o tendidas tomando el sol cuando se salía al patio para darle de comer a las gallinas.

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