DÍA 8 - Capítulo 5

3.3K 265 38


Con la cabeza enterrada en su almohada y los auriculares al máximo, Anahí se negaba a escuchar su propio llanto. La angustia que sentía era fría y amarga, dándole ganas de vomitar. Odiaba llorar, lo detestaba y la ponía de malhumor, creando una respuesta cíclica de sentimientos encontrados que simplemente empeoraban la situación. Una cosa llevaba a la otra para luego volver a empezar. La tristeza se convertía en culpa y la culpa en furia; la furia se transformaba en impotencia y la impotencia en más tristeza.

Su rostro estaba empapado de lágrimas que poco a poco eran absorbidas por la almohada, ya húmeda. De vez en cuando, dejaba escapar un grito ahogado. Sentía la necesidad de romper algo, de descargar su ira; sin embargo, la tristeza era demasiado pesada y no le permitía moverse.

Lucio llevaba varios minutos observándola desde el umbral. Ella no había notado su presencia, tampoco había oído la puerta abrirse. La música retumbaba con demasiada fuerza como para percibir lo que la rodeaba.

Cansado de esperar, el hombre se acercó a la cama y, con un rápido movimiento de su mano, removió los auriculares que cubrían los oídos de Anahí.

—¿Qué carajo querés? —preguntó ella en un susurro, escondiendo su voz tras la almohada.

—Que me escuchés.

—No quiero. Devolveme mis auriculares. —Sus palabras eran difíciles de entender.

—Anahí, me vas a agotar la paciencia. Escuchame —insistió Lucio.

—No, escuchame vos. Sos un asesino, un hijo de puta. ¿Cómo se te ocurre matar a mi mejor amiga? ¿Qué tenés en el cerebro?, ¿mierda? —La pelirroja se sentó en el borde de la cama. Los ojos le dolían por tanto llorar. Su rostro combinaba ahora con su cabello carmesí.

—Anahí. —Lucio repitió el nombre de la chica.

—Dejame terminar —interrumpió ella—. Sos un forro de cuarta, tratás a todos como si fueran tus sirvientes, no te importa nada más que tu propia vida y tu estatus social. Te pensás que podés comprarte a todos con guita, y no es así. Estoy cansada de esto. Harta de vos, de tus caprichos, tus reglas estúpidas, de preocuparme por hacerte quedar bien. —Tomó aire—. Sos un mentiroso. Me hiciste creer que te caía bien, que te preocupabas por mí, que no eras el monstruo que todos dicen que sos. No puedo creer que te haya creído, me doy asco, viviendo de tu caridad. Ojalá pudiese quemar todas las cosas que me compraste, no quiero saber nada con vos. Me quiero ir de acá. Quiero volver a El Refugio. Quiero volver a ver a Irina, quiero abrazarla. Pero no puedo porque...

El llanto le impidió continuar. No sabía ni lo que había dicho, tampoco midió sus palabras.

—Lamento que las cosas hayan tenido que terminar así —mintió Lucio—. Pero no podés hacer siempre lo que se te dé la gana, especialmente cuando estás viviendo en mi casa —hizo una pausa—. Tu amiga estará de vuelta en El Refugio en unos días y todo volverá a la normalidad para ella. Ahora bien, vos querías ver al monstruo, te esforzaste al máximo por sacarlo a flote, así que deberé convertirme en la bestia que tantas veces te advirtieron que yo era.

Anahí tragó saliva.

—De ahora en más, toda orden mía deberá ser cumplida al pie de la letra. Tendrás prohibido salir de tu habitación, salvo que yo lo autorice. No habrá más viajes a la ciudad, ni milongas ni nada. Las noches serán para dormir; me aseguraré de que tengás todas las luces apagadas después de cenar. Cualquier otra orden que te dé, la vas a tener que cumplir sin protestar. Por cada vez que actúes con desobediencia, daré la orden a mis hombres para que un habitante de El Refugio sea asesinado. Eso es todo por ahora, buenas noches.

Purgatorio¡Lee esta historia GRATIS!