DÍA 8 - Capítulo 4

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Lucio dejó que el llamado fuese al contestador; no le importaba saber quién estaba del otro lado de la línea. Si era importante, le dejarían un mensaje.

Guardó el revólver en un cajón de su escritorio, utilizando su mano libre. Llevaba años sin disparar; había olvidado qué tan pesada era su arma. Se preguntó si los modelos más modernos se sentirían ligeros en comparación o si serían más fáciles de utilizar.

Cerró el cajón con cuidado de no mancharlo con las gotas de sangre que tenía en su palma. No era la primera vez que se lastimaba la mano al disparar; se trataba de un accidente común cuando uno no estaba acostumbrado a manejar armamento antiguo. Quizás había llegado el momento de comprar un nuevo revólver, algún modelo más práctico que el que él poseía desde principios del siglo anterior.

—No grités. No hablés fuerte —ordenó—. Y prestá atención a lo que te voy a decir.

Alejó su mano de Irina, destapándole la boca.

—No creás que estás disculpada por tu intromisión —aclaró—. Te perdoné la vida, pero tenés que irte ahora mismo, sin mirar hacia atrás. No quiero volver a verte la cara hasta que Anahí se haya marchado. No quiero llamados, ni cartas, ni visitas inesperadas.

—¿Por qué? —preguntó Irina en un susurró.

Lucio cerró la ventana a través de la cual había disparado.

—No quiero ensuciarme las manos, es todo.

—Primero la salvaste a ella, ahora me dejás ir a mí, pero haciéndole creer a Anahí que estoy muerta. ¿Por qué? —insistió la morocha.

—¿Qué importa? Digamos que últimamente me siento compasivo. Y que me parece justo que tu amiga pueda decidir marcharse y nunca volver. Temo que la terquedad que domina a El Refugio logre convencerla de quedarse.

Irina rio.

—¿Así que es eso? ¿Tenés miedo de que Anahí sea un obstáculo para tu grandeza? ¿Te asusta que no te respete? ¿Qué no te obedezca? No sos más que un patético cobarde. Un chihuahua que ladra muy fuerte y huye con el rabo entre las patas cuando aparece un perro más grande. Me das lástima.

—Todavía me quedan balas —respondió Lucio—. No me hagás cambiar de opinión. Ahora, andate. Bajá las escaleras sin hacer ruido y esperá un par de horas antes de alejarte por el camino. No quiero que Anahí te vea.

—¿Qué vas a hacer con ella?

—No es de tu incumbencia.

—Si le ponés una mano encima —amenazó Irina—, te juro que no solo vendré yo a vengarme. El Refugio entero se encargará de mandarte al infierno.

—¿Debería sentirme intimidado porque un grupo de infantes va a venir a mi casa, caminando por tres días, con pistolas de agua? —Lucio rio ante aquella idea—. No te preocupés —agregó—. Existen numerosas formas de impartir un castigo sin utilizar violencia. Tu amiga no sufrirá físicamente, pero será disciplinada por desobedecer mi única regla. Ahora, andate. Tenés dos minutos para salir por la puerta principal, sino juro que el próximo disparo va a atravesarte el cráneo.


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