DÍA 8 - Capítulo 3

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Lucio, en cambio, analizó la pieza sin saber con qué se iba a encontrar. Cuando llegó, Olga le había comentado que se oían voces en la habitación de Anahí; y él no supo qué pensar, pero se preocupó. Sin importar quién fuese que estaba en su casa sin invitación, debería marcharse.

¿Quién habría tenido el valor de desafiarlo? ¿Cómo había llegado el intruso hasta allí? ¿Por qué Anahí permitió que otra persona ingresara en la casa? No tenía una respuesta, ni tampoco una teoría. Simplemente preocupación.

Sin embargo, cuando reconoció a Irina, la inseguridad se transformó en furia. Había sido traicionado.

Don Lucio sabía que Anahí disfrutaba desafiando todos sus principios, pero la presencia de la morocha era más de lo que él estaba dispuesto a tolerar. Y al mismo tiempo, se trataba de la excusa que su mente necesitaba para que renaciera el odio que había sentido originalmente por Anahí. Se dejó llevar por la bronca y le clavó los ojos a la intrusa.

Irina le sostuvo la mirada en un intento por ocultar su miedo. Tragó saliva y se esforzó por no mostrar temor en su semblante, en sus gestos.

La pelirroja observaba a Lucio como si estuviera frente a un monstruo. Sabía que lo que fuese que ocurriera a continuación no iba a ser bueno.

—Anahí —dijo él, esforzándose por controlar el tono de su voz—. No sé si te acordás, pero yo te puse una sola regla, una sola prohibición.

—No tener contacto con El Refugio —susurró ella—, lo sé. Pero... —comenzó a explicar.

—Pero a mí se me ocurrió venir sin avisarle a nadie —agregó Irina—. ¿Hay algún problema con querer asegurarse de que un hijo de puta como vos no esté torturando a mi mejor amiga?

Una media sonrisa se dibujó en el rostro de Lucio.

—Un llamado hubiese sido suficiente. Además, no te culpo a vos por tus impertinencias y faltas de respeto, sino a Anahí por romper la única regla que le impuse.

—¿Querías que la dejara afuera? ¿Después de lo que le costó llegar? —preguntó la pelirroja.

—Sí. No le hubiese pasado nada, ya está muerta. Te habría visto bien y luego podría haber regresado al nido de ratas. —Lucio avanzó hasta colocarse a mitad de camino entre la puerta y las chicas.

—¿Me estás jodiendo? Charlamos un rato, la dejé ducharse y pensaba decirle que se quede a dormir acá por hoy para descansar antes de volver a caminar por tres días.

—¿Eh? —Irina giró su cabeza para observar a Anahí—. Yo de acá no me voy sin vos. Ya te lo dije.

La pelirroja sabía que se encontraba en una posición delicada, entre la espada y la pared. No quería regresar a El Refugio, pero tampoco deseaba que sacaran a Irina a las patadas. Su mente intentaba hallar una solución mientras que su mirada iba de Lucio a Irina una y otra vez, como si esperase que el problema se solucionara solo. Abrió la boca, pero no supo qué decir. Odiaba sentirse así, vulnerable, confundida.

—Sabés que, al haber entrado en mi casa, estás irrumpiendo en propiedad privada, ¿no? —le dijo Lucio a Irina.

—Anahí me dejó entrar.

—Ella no es la dueña de esta casa y tenía prohibido recibirte. Por lo tanto, tu intrusión en este edificio es un acto criminal —explicó él—. Y supongo que sabés cómo funciona la ley en Argentina y cuál es la pena. —Hizo una pausa, aún sonriendo—. Lamentablemente, no hay patrulleros en esta zona, por lo que deberé impartir justicia con mis propias manos. Como buen ciudadano, es mi deber hacer cumplir la legislación.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué vas a hacer? —preguntó Anahí, aún confundida y temiendo lo peor.

—Nada que ella no sepa. De hecho, creo que ella lo sabe muy bien. No es la primera vez que la condenan por estar donde no debe —dijo Lucio—, aunque en esta ocasión, el crimen se ha perpetrado por tu culpa —le dijo a Anahí—. Si no la hubieses recibido, no sería necesario tomar medidas al respecto. Y aunque vos no hayás cometido el crimen, espero que la muerte de tu amiga quede grabada en tu conciencia para evitar futuros episodios de esta clase. Mis reglas deben obedecerse. Siempre —puso énfasis en la última palabra.

El hombre avanzó un poco más hasta estar lo suficientemente cerca como para agarrar a Irina por la muñeca y obligarla a ponerse de pie contra su voluntad. Más allá de la diferencia de altura, la mirada de Lucio seguía cruzada ferozmente con la de la morocha, como si compitieran por demostrar su orgullo y fortaleza. Estaban inmóviles, uno frente al otro, con un creciente odio reflejándose en sus semblantes. Un odio mutuo que había nacido décadas atrás.

—¿Así que pensás matarme? —preguntó Irina, desafiante—. ¿Sabés qué? No me importa. Quizás así Anahí entienda finalmente qué tan hijo de puta sos. —Y sin pensarlo dos veces, escupió, manchando la camisa del hombre.

Lucio no contestó. Simplemente le dio la espalda y comenzó a arrástrala fuera de la habitación.

—¡Basta! —gritó Anahí, antes de que Lucio e Irina atravesaran el umbral.

El hombre volteó su cabeza para observar a la pelirroja por encima de su hombro. Esbozó una leve sonrisa que decía más palabras que todas sus conversaciones pasadas. Una sonrisa triunfal que indicaba que el juego había llegado a su fin y que él era el vencedor.

—Dejala en paz. Dejá que vuelva a El Refugio —rogó la pelirroja, enfadada—. Ella no hizo nada malo. Vos mismo lo dijiste, es mi culpa. Dejala en paz —repitió.

Lucio siguió caminando, arrastrando a Irina hasta el pasillo. Desde allí, finalmente contestó.

—Me cansé de todas tus impertinencias y la constante falta de respeto. Intenté tratarte como a una dama, pero no te cansás de demostrarme que sos una adolescente malcriada. Voy a hacer lo que considere pertinente. Ya me ocuparé de vos cuando termine con ella. Y que ni se te ocurra salir de tu pieza hasta que yo vuelva —ordenó.

Con esas palabras, Lucio cerró la puerta de la habitación y se marchó.

Anahí se negaba a llorar. Confiaba en que la situación se calmaría en unos días y todo volvería a la normalidad. Quizás Irina sería apresada o algo por el estilo. Dudaba de que Lucio fuese capaz de matarla por algo tan estúpido. Además, técnicamente la morocha no había roto ninguna regla.

Lucio le había demostrado que se preocupaba por ella y por los niños. Le había mostrado su lado más amable. La pelirroja intentaba convencerse de que aquel hombre no era un monstruo, que su rudeza era simplemente una fachada y que, a pesar del enojo, todavía tenía corazón.

Fue entonces cuando Anahí oyó un disparo y se permitió llorar.

El teléfono comenzó a sonar en el estudio, no muy lejos de allí. Su rítmica melodía desencajaba con la escena.


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