Prólogo

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Verónica da vueltas y vueltas a la cuchara dentro de su tazón, pero los grumos del cacao no parecen estar muy por la labor de disolverse en la leche. Noelia y Sara, como cada mañana desde que se mudaron a Estados Unidos para estudiar, la observan con una sonrisa.

―No sé para qué lo intentas ―comenta la primera.

―Gracias por tus ánimos, es lo mejor al despertar ―resopla Verónica, apartándose el flequillo rubio con una mano y mirando a su amiga de reojo.

Noelia se ríe y niega con la cabeza. Sara, mientras tanto, ha cogido el mando de la tele y ha puesto la CNN para ver las noticias.

―¡Mirad! ¡Va a nevar! ―dice, levantándose de su taburete con alegría.

―Eso ya lo han dicho cuatro veces desde que empezó la Navidad ―responde Noelia, pesimista―, y nunca nieva de verdad.

―Bueno, ten un poco de fe ―Verónica abandona su lucha contra los grumos y bebe un largo trago de su taza―. Cuatro falsas alarmas no es mucho...

―¿Que no es mucho? ¿En seis días que llevamos sin clase? ―Noelia alza las cejas.

―Imaginaos ―Sara sigue dando saltitos por la cocina, haciendo que sus trenzas pelirrojas se agiten de un lado para otro―: muñecos de nieve, guerra de bolas, patinaje...

En ese momento, un chico de cabello oscuro entra en la habitación. Lleva solamente un pantalón de chándal viejo y se frota los ojos, soñoliento.

―Ey, chicas, ¿podéis hacer menos ruido? Recordad que estáis en mi casa...

Sara deja de saltar y se le queda mirando, embobada. El hermano de Noelia, con sus ojos verdes recortados contra su piel morena y esa tableta de chocolate, está buenísimo. Solo que, a sus veintidós, es cinco años mayor que ella. Y, además, tiene novia: una chica increíblemente guapa, que habla inglés fluido y que estudia criminología. ¿Cómo puede competir con eso?

―Mira, Manu, dicen en las noticias que va a nevar ―dice Sara bajando la mirada.

―No, no va a nevar...

―¿Veis? Lo que yo he dicho ―le corta Noelia con aires de superioridad.

―Porque ya está nevando ―concluye Manuel mientras revuelve el pelo negro como el carbón de su hermana pequeña.

―¿¡Qué!? ―Verónica y Sara corren hacia la ventana.

―Noe, ¡corre! ―grita la segunda, animada de nuevo―. ¡Toda Nueva York se ha teñido de blanco! ¡Ven a verlo!

Media hora más tarde, las tres amigas han salido de casa bien abrigadas, dejando a Manu inmerso en sus trabajos para la universidad.

La nieve ya está cuajando en el famoso Central Park, que no queda lejos de su casa, y las tres se han agarrado de la mano para no caerse. Pero eso no parece dar muchos resultados, porque Noelia está en el suelo por tercera vez.

―Definitivamente, prefería ver los grumos de Vero ―musita la chica, entrecerrando sus ojos de color aguamarina.

―¡Qué va! ―se ríe esta―. Verte tirada por el suelo es muchísimo más divertido.

―Para mí no, tengo nieve por todas partes.

―Eres una quejica, Noe ―interviene Sara―. Deberías disfrutar de la nie...

Pero no le da tiempo a terminar con su consejo, porque una enorme bola blanca impacta contra su cara.

―¡Eh! ¡Eso no vale! ―grita, mientras coge un puñado de nieve y lo tira hacia la figura de su amiga, que se ha incorporado.

―¡Ataque por sorpresa, Sara! ―replica Noelia―. Hay que disfrutar, ¿no?

Verónica se une a ellas entre carcajadas y lanza un disparo certero a cada una. Ellas se miran y empiezan a perseguirla sin dudar. La chica rubia reacciona y se abre paso como puede entre el espeso manto de nieve. Les gana unos metros y se esconde tras un árbol conteniendo la respiración cuando ellas pasan a su lado, sin verla. Cuando se han alejado bastante, sale de su escondite y les llama:

―¡Sara! ¡Noe! ¿Me buscabais? ―les saluda con la mano y echa a correr lo más rápido que puede en dirección contraria.

De repente, Verónica entra en una zona con hielo. Sin darse cuenta casi, se ve patinando sobre la fina capa con una sola pierna, incapaz de parar. Pronto se percata también de otra cosa. La pista de patinaje natural se acaba. ¡Bum! La joven cae de lleno en la nieve, hundiendo las manos y los pies en ella. Coge aire, riéndose de sí misma, y se tumba boca arriba en el suelo. Cual niña pequeña, comienza a agitar los brazos y las piernas para hacer la figura de un ángel, pero de repente su bota izquierda se topa con algo duro.

La joven se incorpora, pensando en apartar la piedra de allí y continuar con su dibujo, cuando se da cuenta de que es otro objeto el que está enterrado en el grueso manto blanco. Curiosa, tira de él para sacarlo, pero está firmemente anclado. Aparta la nieve de su alrededor con las manos, incansable, hasta que descubre por completo la esfera brillante con manecillas.

¿Un reloj? Pues menudo tesoro que ha ido a encontrar. Entonces, se fija en él con más atención. Las agujas se mueven hacia atrás, y en el fondo hay una inscripción.

Una inscripción que no sabe traducir.

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