DÍA 8 - Capítulo 2

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—¿Así que ese monstruo te está tratando bien? —preguntó Irina luego de la larga explicación que Anahí le había dado sobre lo ocurrido durante la semana.

—Mejor de lo que esperaba, considerando nuestro primer encuentro —admitió la pelirroja—. Pero Lucio me prohibió volver a El Refugio o hablar con ustedes. Creo que teme que muera y pierda la oportunidad de tomar una decisión.

—Supongo que tiene sentido, aunque sea por un motivo egoísta. Él odia a El Refugio y a todos sus habitantes, es entendible que intente alejarte de nosotros —respondió Irina, pensativa. Se recostó en la cama, con las piernas colgando de un lado y la cabeza del otro—. Pero no te preocupés, vine para llevarte de vuelta a casa.

—No quiero —se rehusó Anahí—. Primero que nada, porque acá estoy bastante cómoda, más allá del aburrimiento. Además —agregó—, sé que si me escapo, Lucio lo notará en seguida y me buscará hasta encontrarme. No quiero que te lastime ni a vos ni a los chicos.

—¿Me estás diciendo que caminé sin parar por tres días por nada? —Irina se sentó repentinamente, enojada.

—Nadie te pidió que vinieras, así que no me culpés por tus propias decisiones. Agradezco tu preocupación, pero creo que es más seguro si me quedo acá. Son solo tres semanas más y después podré volver y vengarme del hijo de puta que me mató.

La morocha le clavó la mirada a su amiga, incrédula.

—¿En serio pensás irte? —preguntó. Ella deseaba que Anahí se quedara en el purgatorio. La necesitaba allí—. ¿Sabés que una vez que te convertís en fantasma no hay vuelta atrás? Vas a estar atrapada en un mundo que no te pertenece, donde nadie podrá verte u oírte. ¿Estás segura?

—Eso creo. Me parece que es la mejor opción. Después de ver llorar a mi mamá, lo único que quiero es vengarme. Cada vez que pienso en el asunto me dan ganas de romper algo por la bronca. —Suspiró—. Renacer no es una opción, ni loca elijo olvidarme de todo. Es al pedo.

—¿Y no te gustaría quedarte acá?

—No —respondió Anahí inmediatamente—. Definitivamente no. La ciudad es gris, aburrida, mi profesión no sirve para nada y no soportaría pasarme una eternidad viviendo en una cueva, sin ofender.

Se creó un silencio incómodo. Ambas se habían quedado sin palabras.

Un torbellino de emociones se formó dentro de Irina. Bronca, desesperación, miedo y tantas otras sensaciones que se confundían, que iban y venían. El egoísmo prevalecía, aquel deseo de mantener a Anahí a su lado, la necesidad de una amiga.

La morocha nunca notó cuán sola se sentía hasta que conoció a Anahí. De un día para el otro Irina descubrió un mundo nuevo, una forma de vida que había olvidado. Y ya no se sintió sola, encontró a una persona con quien sería capaz de compartir sus pasatiempos y vicios. Pero Lucio arrebató a Anahí de su lado, la arrancó como si fuese una posesión, un trofeo de guerra. Lo odiaba.

Necesitaba recuperar a Anahí como fuese. Ahora que Irina había redescubierto su propia personalidad, no podría volver a su vida anterior. Luego de conocer el brillo del alma de la pelirroja, le era imposible regresar a la oscuridad de El Refugio. Las cosas nunca volverían a ser como antes.

Irina abrió la boca, pero ninguna palabra escapó de su garganta.

Anahí la observó, también quería decir algo, aunque no estaba segura de qué. Ella apreciaba a Irina a pesar del rencor que sentía por haber sido abandonada en una situación peligrosa. La morocha había sido su primera amiga en esa ciudad y habían creado buenos recuerdos juntas. Sin embargo, no pensaba regresar con ella a El Refugio. La orden de Lucio era una excusa, aunque cierta; en realidad no soportaba el lugar con su constante olor a humedad y falta de luz. No le molestaría ir de visita de vez en cuando, pero no quería volver a vivir allí, ni siquiera por lo que quedaba del mes.

Los conflictos en sus mentes absorbieron toda noción de lo que las rodeaba. Cada una con sus pensamientos se abstrajo de luces y sonidos, de movimientos y olores.

Y no notaron el vehículo que se acercaba por la ruta o la puerta principal al abrirse. Tampoco los pasos que se aproximaban por el pasillo.

Hasta que la puerta se abrió repentinamente, causando que el vidrio de la ventana se estremeciera. El sonido resonó en el silencio de la gran casona. Ni Irina ni Anahí necesitaban alzar la vista para comprender lo que ocurría.


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