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- Bien, Olivia, ¿hay algo más que quieras compartir hoy?

- No, creo que eso sería todo por esta semana - le dije a Cecile, mi psicóloga de muchos años.

Ella siempre me ha sabido escuchar y nunca me atrevería a ir con nadie más, se ha transformado en mi amiga más cercana, aunque le pague por su tiempo. Luego de marcar mi próxima consulta, me decido a salir cuando me encuentro con alguien nuevo en la sala de espera, me mira y su rostro parece poco amigable cuando lo saludo amablemente. Cierro la puerta detrás de mi sintiendo todavía sus ojos sobre mi cuerpo.

Durante el corto trayecto a casa no puedo dejar de pensar en su rostro escrutándome muy seriamente como si hubiera algo mal en mi. Mi paseo es corto ya que vivo a cinco cuadras del consultorio privado, cuando llego mi madre se encuentra hablando por teléfono, entonces la saludo y sigo directo a mi cuarto a hacer mi tarea, tengo mucho que hacer.

De un momento a otro veo a mi madre parada en la puerta, era solo para decirme que debía irse y que en unas horas volvería. Es normal que esté sola en esta casa mucho tiempo, no tengo muchas amigas, entonces me refugio en el estudio. Voy a clases de francés tres veces a la semana y además el colegio me mantiene muy ocupada, trato de mantener muy buenas notas para poder acceder a una buena universidad que además me dé una beca que saque peso económico a mi madre.

Suena mi celular, acepto la llamada:

-Hey, Liv. No voy a poder volver a casa hasta más tarde, tengo unos asuntos de los que encargarme en la oficina. La cena queda a tu cargo esta noche - dice mi madre. Era bastante obvio que pasaría esto.

- Sí, no te preocupes. Ya me arreglo yo. - Cuelgo y me siento sola una vez más.

Somos mi madre y yo, y con eso es suficiente. Funcionamos o algo así, en realidad yo trato de funcionar y ella hace lo que sea que haga para que esto funcione de algún modo.

Mientras ceno, veo que ha llegado correo y que mi madre no lo ha ni mirado, cómo no, entonces encuentro un sobre de la Universidad de Seattle. Sentí como mi corazón se paró por un nanosegundo. Con mis manos temblorosas intento abrir el sobre, cuando lo consigo, lo único que pude leer fue:
«Srta. Whitmore, nos complace informarle que ha sido aceptada...» y entonces no puedo contenerlo más y rompo en llanto, finalmente podré alejarme de esta casa donde la alegría siempre falta y de este pueblo, donde nada bueno parece pasarme.

Una semana después me encuentro en otra sesión con Cecile en la cual le cuento sobre la universidad y le digo lo mucho que voy a extrañar visitarla todas las semanas y contarle sobre mi semana, porque de hecho, esto es más que terapia para sobrellevar mi pasado, es un seguimiento del día a día. Al finalizar, nos despedimos y prometo volver a visitarla.

Pero cómo no, cuando salgo esos ojos me están mirando de nuevo y hoy ni me molesto en saludarlo porque sé que no contestará. Sin embargo, cuando estoy llegando a la puerta siento que algo me agarra del brazo y tira de mi, ahogo un grito y cuando me giro es él. Me mira con unos ojos grises y dice:

- Se te ha caído esto.- Sostiene una hoja doblada entre sus dedos. La tomo y digo:

- Esto... se me debe haber caído de la agenda o algo. Gracias. - El asiente, se da vuelta y se va.

En realidad no recordaba haber sacado la agenda en ningún momento, pero no doy importancia.

Cuando llego a casa me pongo a juntar mis cosas, ya estoy empacando todo para irme en unos días, cuando choco nuevamente con el papel que ese extraño de ojos grises me dio. Lo abro y noto que la letra no es la misma que la mía, entonces caigo en la cuenta de que es su número y debajo dice «llámame». No sé qué pensar y entonces me siento en mi cama mientras le doy vueltas al papel entre mis dedos pensando si llamarlo o no.

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