DÍA 8 - Capítulo 1

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 8: ESCAPAR (DE KUDAI) ♬

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ANAHÍ SE SORPRENDIÓ cuando bajó a desayunar y Olga le avisó que don Lucio se había marchado a la madrugada sin decir adónde iba. Ese sería probablemente otro día de aburrido y monótono confinamiento sin nada interesante con lo que entretenerse.

Se llevó las tostadas a la sala de estar y encendió el televisor. Pasó varias veces por cada uno de los canales de Argentina, sin encontrar ni un solo programa de su agrado. Se cruzó con novelas románticas malas como las que miraba su madre, un par de programas de cocina y manualidades, cinco noticieros distintos, dos partidos de fútbol y uno de básquet, entre otros tantos programas y propagandas.

Apagó el televisor, resignada. Extrañaba a sus ídolos, las películas de Orlando Bloom y los recitales de Ricky Martin que pasaban siempre en los canales de música. También tenía ganas de ver alguna serie policial de las que transmitían subtituladas todo el tiempo, esas que parecían todas iguales pero eran diferentes.

Se levantó del sillón y caminó hacia la escalera. Cuando aún no había colocado su pie en el primer escalón, oyó que alguien golpeaba la ventana que acababa de pasar.

Sin saber qué pensar, se acercó lentamente y corrió la cortina.

Irina le sonrió del otro lado del vidrio. Tenía el pelo lleno de polvo y la remera manchada con barro. Repentinamente recordó su sueño, el anillo y la figura que habían cruzado en la ruta, ahora todo tenía sentido.

Anahí se volteó para asegurarse de que ni Olga ni Inés se encontraban cerca y luego abrió la ventana.

—Sacate las zapatillas —dijo la pelirroja en un susurro.

Irina siguió el consejo de su amiga y atravesó la ventana velozmente. Iba abrazar a Anahí, cuando esta la detuvo.

—Seguime, vamos a mi pieza así nadie te ve.

—Dale —respondió la morocha.

—¡Anahí! —gritó Irina, abalanzándose sobre la pelirroja para abrazarla con fuerza.

Ambas cayeron sobre la cama y rebotaron sobre el colchón.

—¿Qué carajo hacés acá? ¿Estás loca? Tuviste suerte de llegar cuando Lucio no está.

Por un lado, Anahí se alegraba de ver a la morocha, pero también seguía enfadada con ella. No sabía qué hacer, qué pensar, qué decir.

—¿Estás bien? —preguntó Irina—. ¿Qué te hizo ese monstruo en estos días? Te juro que lo voy a matar.

—Calmate—pidió Anahí, empujándola levemente—. Estoy perfectamente bien. Lucio me trata como a una hermana, tengo muchas comodidades, salimos de vez en cuando y me deja leer sus libros —hizo una pausa para que la morocha pudiese procesar la información. Parecía confundida—. Hagamos algo. Andá a ducharte. Mientras te bañás, pido que traigan algo para comer, ¿dale? Y te cuento todo en un rato.

Irina asintió con un movimiento de su cabeza, aún desorientada. Dejó su mochila en el piso y caminó hacia el baño.

—Avisame si necesitás algo.


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