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Capítulo 1

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Verano, ansiada época por los adolescentes. Meses de pura diversión y absoluta pereza. Meses en los que a todos los jóvenes nos gustaría vivir eternamente para poder disfrutar de esos pequeños placeres que solo hacemos en vacaciones. Dormir hasta la hora de comer. Ponerse hasta reventar de helado. Bañarse por la noche en la piscina. Pasar con tus amigos veintitrés de las veinticuatro horas del día. Perder la noción del tiempo. Limitarse a vivir el presente sin preocuparse del futuro.

Esos eran mis objetivos de este verano hasta que mis padres me dieron la noticia que descuadró todos mis planes. Ella iba a volver. Mi peor pesadilla estaba a punto de comenzar.

—Va a venir Violeta —anuncio mientras me dejo caer sobre la cama de Javi.

Acabo de entrar en la habitación diciendo esto a modo de saludo. Mis amigos me miran extrañados. Javi alza una ceja, detiene el juego y suelta el mando de la play sobre el escritorio. Él es el único que parece comprenderme.

—¿De qué hablas, tío? —dice Antonio, que se sienta en uno de los extremos de la cama.

Su hermano gemelo se acomoda a nuestro lado:

—¿Quién es esa tal Violeta?

—Por favor, chicos, por favor —Lupo detiene el interrogatorio, hablando con cierto aire de superioridad—. No habéis hecho la pregunta más importante de todas.

Permanecemos expectantes, esperando su brillante comentario.

—¿Está buena?

De repente, los gemelos parecen interesarse más aún.

—Es la cosa más horrible del mundo —sus caras cambian, muestran cierto asco.

Javi está pensativo, ausente.

—Violeta es la hija de unos amigos de tus padres, ¿no?

Asiento despacio. ¡Qué buena memoria! Él la conoce porque, de mis amigos, Javier Montaño es el único que conocía desde antes del instituto. Ha asistido a mis cumpleaños –en los cuales también estaba Violeta–, desde que tengo uso de razón. Nada más conocernos en preescolar, Javi y yo fuimos inseparables pese a tener personalidades muy diferentes.

—Si no me equivoco, la pobre era un monstruo. Escuálida, aparatos, paliducha... —comenta Javi, escarbando en sus recuerdos.

Las ilusiones de Lupo desaparecen al completo al escuchar sus palabras.

—Era un diablo en el cuerpo de una niña —los gemelos me contemplan con esos ojos oscuros suyos, deseosos por saber más—. Me hacía la vida imposible. Cuando no quería dejarle un juguete porque lo estaba usando yo, se echaba a llorar, diciendo que se lo había quitado. Si rompía algo, la culpa era del desobediente de Mateo, que jugaba con la pelota dentro de casa. En las comidas me tiraba pellizcos por debajo de la mesa, y decía que no me había hecho nada. Y siempre, tanto mis padres, como los suyos, la creían a ella.

La imagen de Violeta con seis años sonriendo triunfante tras hacerme una trastada, acude a mi mente atormentándome.

—Así de manipuladoras son las mujeres —bromea Lupo para consolarme.

Me incorporo en la cama, sonriéndole.

—Gracias a Dios, se mudó debido al trabajo de su padre.

—De eso hace ya bastante, ¿verdad?

—Sí, cuatro años —le respondo a Javi, y continuo explicando—. Pero ahora han alquilado una de las casas de la urbanización y van a pasar todo el verano con nosotros. Hace muchísimo que nuestros padres no se ven y están deseando disfrutar como antes...

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