DÍA 4 - Capítulo 5

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—¿Qué le dijiste qué? —preguntó don Lucio, lleno de incredulidad.

Los invitados se habían marchado. Eran casi las dos de la madrugada. Olga les había llevado el set de mate al estudio para que pudiesen tomar algo mientras practicaban los pasos de tango.

—Dije que soy lesbiana, así no inventan rumores sobre nosotros como pareja. Eso te facilitará las cosas, ¿no? —Anahí le pasó el primer mate amargo a su anfitrión.

—Supongo que tenés razón. Gracias —admitió Lucio.

—¿De qué hablaron ustedes? —preguntó la pelirroja con curiosidad.

—Cosa de hombres.

Anahí arqueó una ceja.

—Hablamos de muchos temas, demasiados como para recordarlos todos —contestó él. Aquella no era una mentira.

—Dale, no jodás. Sabés que te estoy preguntando por el asunto para el que el general vino a visitarte —insistió la pelirroja mientras cebaba el siguiente mate—. Sabés que no te voy a dejar en paz hasta que me lo contés —agregó.

—Lo sé —admitió Lucio en un suspiro—. Hablamos de El Refugio.

El hombre se puso de pie y caminó hasta el otro extremo de la habitación. Dio una mirada al pasillo y cerró la puerta antes de regresar a su silla frente al escritorio.

—Te voy a contar, porque sos insufriblemente molesta. Pero si llegás a decir una palabra de esto, voy a ser yo quien te mate y te condene a una eternidad en el purgatorio —mintió. Lo que más deseaba era que Anahí se marchara de una buena vez. Tomó aire—. Soriarte sabe de la existencia de El Refugio; y sospecho que conoce la ubicación de la entrada. Cada tres meses le pago una gran suma de dinero para que no interfiera, para que deje en paz a los chicos. —Su semblante se oscureció—. Y vino a decirme que necesitaba más dinero porque quiere reclutar mayor cantidad de sunigortes.

—¿O sea que él te chantajea y vos le pagás coima? —preguntó Anahí, sorprendida.

—Algo así. Espero que comprendás por qué es importante que no digás nada.

Anahí asintió con un movimiento de su cabeza.

—De todas formas, no es como si pudiera ir a visitar a mis amigos ni nada de eso —se quejó.

—No me refiero a ellos. Sonará a cita literaria, pero si hay algo que aprendí a lo largo de mi existencia es que las paredes oyen y que de una u otra forma los secretos más oscuros suelen llegar a oídos equivocados, a oídos con malas intenciones —explicó Lucio.

—¡Wow! En serio que parece frase de libro —respondió Anahí, restándole importancia al significado de la afirmación—. Pero no te preocupés, ya me estoy acostumbrando a tu forma de hablar.

—Me alegra, porque dudo poder amoldarme a tus modismos contemporáneos y la constante falta de respeto con la que me tratás.

Anahí bebió el último sorbo de mate hasta que oyó ese inconfundible sonido que hacen las últimas gotas de agua al atravesar la bombilla. Luego, cebó nuevamente y le entregó la infusión a Lucio.

—Imagino que debés tener más de un enemigo, bah, digo nomás, por eso de que hasta las paredes tienen oídos —comentó Anahí, pensativa.

—Sí, bastantes. Pero el peor de todos está acá —Lucio señaló su cabeza—. Y antes de que digás una estupidez, no, no hablo de mi pelo, hablo de mi mente.

Anahí rio. Le resultaba divertido que aquel hombre ya se hubiera acostumbrado a sus comentarios fuera de lugar.

—Mi mente sabe todos mis secretos, mis crímenes y debilidades. A veces me alegra que nadie sepa qué estoy pensando, podría ser peligroso si lo hicieran —agregó Lucio. Acto seguido, bebió el mate velozmente y se lo devolvió a Anahí—. Gracias. —Con esta simple palabra, dio por finalizada la ronda de mate.

Lo dijo sin querer, sin pensar. Su mente le daba vueltas a la conversación que había tenido con Soriarte. Para cuando se dio cuenta, ya era tarde. No recibiría más mate aquella noche.

La pelirroja sabía que el tema de conversación podría tomar dos rumbos distintos. Era posible que se tornara en un debate profundo sobre el pasado del hombre, o quizás se convertiría en un silencio incómodo y prolongado. Ninguna de esas opciones le agradaba. Dejó el set de mate sobre el escritorio y se puso de pie.

—Bailemos —dijo Anahí repentinamente, cambiando de tema—. Tanto estar sentada charlando me va a dar sueño.

Sin contestarle, Lucio también abandonó su silla y encendió el estéreo con la esperanza de que la danza le ayudara a alejar sus preocupaciones. No confiaba en Soriarte; temía que tarde o temprano el general llevara sus tropas a El Refugio y se deshiciera de todos sus habitantes, sin importar cuánto dinero Lucio le hubiese proporcionado. La situación era una bomba de tiempo que podría estallar en cualquier instante. Era su deber mantener a Anahí alejada de aquel peligro. Ya cuando la pelirroja hubiese pasado por el juicio, don Lucio intentaría conseguir el apoyo de otros hombres poderosos para eliminar a Soriarte y escoger a un nuevo general. No sería la primera vez que organizaba algo por el estilo.

Su reputación estaba en juego. Al menos ya no tendría que preocuparse por rumores sobre su relación con Anahí.



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