DÍA 7 - Capítulo 6

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La velada terminó alrededor de la medianoche, como en un cuento de hadas. A pesar de haber bailado durante horas, en la mente de la pelirroja, la milonga duró solo un instante.

Ya era hora de regresar a su hogar.

Decidieron intentar dormir aquella noche. La milonga había sido agotadora. Al principio, Anahí se sorprendió cuando don Lucio le recomendó descansar para recuperar energías, más como una terapia para relajar mente y cuerpo que como una necesidad. La pelirroja se quejó, insistiendo en que eso era innecesario. Pero apenas su cabeza se posó sobre la almohada, la invadió el cansancio. Y tras un par de bostezos se había quedado dormida.

Soñó con todo lo que había ocurrido desde su muerte; con El Refugio y sus habitantes, con la mañana en que conoció a Lucio, la tarde de shopping, el boliche, su visita al mundo de los vivos, la noche en que casi la mataban de nuevo, la subasta, las clases de tango y la velada de aquella noche. Pero también soñó con la figura que habían cruzado en la ruta.

Anahí despertó con la respiración agitada. Acababa de recordar qué le había llamado la atención de la sombra. Un destello plateado, fugaz, que apenas había divisado. Un anillo cruxia, como el que ella llevaba en su mano derecha.

Poco después, volvió a quedarse dormida, olvidando completamente el sueño anterior.

Poco después, volvió a quedarse dormida, olvidando completamente el sueño anterior

Lucio no pegó un ojo en toda la noche.

Intentó con diversos métodos, desde un vaso de leche tibia hasta contar ovejas. Probó con cada una de las cosas que alguna vez había oído. Sin embargo, aunque cerrase los ojos, su cerebro no dejaba de trabajar, atormentándolo con preguntas sin respuestas, recuerdos enterrados y la incertidumbre sobre el futuro.

Sus temores comenzaban a materializarse y salirse de control. La tormenta había comenzado y él se encontraba atrapado en el ojo, incapaz de escapar; sabía que tarde o temprano sería arrastrado por los fuertes vientos de cambio que ya estaban desequilibrando su mundo.

Don Lucio había sido siempre un hombre de firmes convicciones y opiniones directas; una persona reservada que no hablaba más de lo necesario sobre sí mismo y que desahogaba sus palabras con tinta y papel que nadie leería. Esa era su forma de ser.

Solo una semana había pasado desde que Anahí se trasladó a su hogar, y en ese tiempo ya había cambiado de opinión y dudado innumerables veces. También accedió a cosas que siempre creyó le hubiese negado a cualquiera. Llegó incluso al punto de regresar a las milongas, eventos que juró no volver a pisar luego de la muerte de Manuela; había compartido algunos de sus recuerdos más privados con una extraña, con una persona a la que odiaba, o al menos quería odiar.

Sabía que en el fondo apreciaba a Anahí y sus peculiaridades, su fortaleza. Le divertía que alguien lo tratara como a un igual en vez de temerle. El problema radicaba en que la pelirroja tenía, sin lugar a dudas, una personalidad más fuerte que la suya propia.

Deseaba poder odiarla como cuando la conoció, mas todos sus intentos por alejarla habían sido en vano. Sin importar qué tan mal la tratase, Anahí simplemente sonreía y combatía hasta triunfar. Ya no le molestaba tanto, se había acostumbrado. A veces buscaba motivos para hacerla enfadar y poder sostener un buen debate, pero luego compensaba sus ataques con regalos y salidas, con cenas en restaurantes y eventos.

Si tan solo pudiera encontrar un motivo para odiarla, todo sería más fácil. Pensó Lucio, resignado a aceptar la amistad que comenzaba a forjarse entre ellos.

Solo tres semanas más y podré seguir con mi vida como si nada, se dijo una y otra vez en un vano intento por autoconvencerse.


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