Reto 1

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Consigna: escribir sobre un sueño o pesadilla que hayas tenido esta semana.


ENSOÑACIÓN

Volvían mis pasos por un camino que recién había andado esta mañana, regresaba del trabajo para al fin descansar de un arduo y desgastante día. Estaba bastante oscuro para ser las cuatro de la tarde, pero esas eran cosas de las que, por alguna extraña y desconocida razón, no me interesaba justo en este momento.

Terminé de pasar ese puente que, a diario, dos veces caminaba; una vez de ida y una de regreso. Por otra extraña y desconocida razón, la tienda en la esquina llamó mi atención. Y aunque no debía hacerlo, pues comer algo antes de llegar a casa dañaría mi apetito, debía ir allí. O al menos era lo que mis pies creían pues, aún sin mi consentimiento, me dirigieron hasta el lugar.

Minuciosamente revisé la estantería de las frituras después de haberme hecho de un jugo de naranja que hidratara mi cuerpo y refrescara mi garganta —tenía alrededor de veinte minutos caminando y de verdad me hacía falta un trago de lo que fuera que me diera un poco de energía para seguir—, pues aún me restaban, al menos, quince minutos de caminar para llegar hasta mi hogar.

—No es tiempo de comer porquerías —escuché a mi espalda—, se irá tu hambre. —y, a sabiendas de que era el único consumidor de esa tienda, asumí correctamente que era a mí a quien se dirigía el comentario. No planeé contestar, no sin antes saber quién había osado dirigirme la palabra, pues infortunadamente no había logrado reconocer la grave y burlona voz que lo decía.

Levantando los hombros simulé una sonrisa para el joven en la entrada de la tienda, pero mi sonrisa se esfumó en cuanto la de él se clavó en mis húmedos ojos, igual que mi hambre.

Con la mirada fija en lo imposible, con mis labios temblando por la confusión que la visión me producía, el aire que se agolpaba duramente en mis pulmones me hizo llorar.

—Sorpresa —dijo mientras esa burlona sonrisa me llenaba de pesar el alma. Mi vista estaba empañada y mi garganta se negaba a externar ninguna de las frases y preguntas que torturaban mi cabeza—. ¿Te comió la lengua el gato? —preguntó sonriente y mi rostro se contrajo mientras más lágrimas ardientes surcaban mis mejillas.

Y por fin me volví loca. Una sonrisa —más de ironía que de felicidad—, se estampó en mi rostro mientras la confusión que me atosigaba me obligaba a negar en repetidas ocasiones con mi cabeza.

—No puedes estar aquí —dije—, estás muerto —logrando una carcajada del que parecía feliz de verme. No lo culpaba, habían pasado casi un mes de que se cumplieran seis años de nuestro último encuentro. Hace casi exactamente seis años él había muerto, hace poco más de seis años yo le había enterrado y desde entonces le había llorado y extrañado demasiado.

»Estás muerto —repetí en un susurro y él dijo: —Lo sé. —Mi ceño se contrajo de nuevo, él acababa de afirmar que estaba muerto incluso en mi sueño, porque de alguna manera yo sabía que esto era un sueño—. Pero tienes que avanzar y no has querido hacerlo. Soy el ángel designado a empujarte a seguir.

—Y el culpable de mi estancamiento —señalé con sorna. Eso en parte era cierto. Yo no me sentía con deseos de caminar una vida por la que él ya no caminaba.

—Oye Mary —habló casi con tristeza—, hace más de cinco minutos que aparecí frente a ti y no me has abrazado —sonrió de nuevo—, aun cuando me has extrañado demasiado —burlándose.

—Y no voy a hacerlo. —aseguré rodeándome con mis propios brazos, mientras mi mandíbula se estremecía en constantes y rápidos movimientos

—¿Pero por qué? —preguntó contrariado. Y repito que lo entendía, yo mejor que nadie conocía a ese chico. Él era tan trasparente como el agua, su rostro expresaba todo lo que sentía aun cuando sus palabras casi siempre fueron más bien torpes.

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