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Estaba tan deslumbrante como la recordaba. Su ropa desarreglada, el cabello suelto sobre los hombros y esa mirada cansada y llena de tristeza que cargaba a todos lados. Era ella. Daniel, sin siquiera saberlo había sido la persona que me había dirigido hacia la mujer que había estado esperando todo este tiempo, aunque yo no supiera que la estaba esperando en realidad.

Mi ineptitud y el nerviosismo me llevaron a actuar como si no la conociera ¿por qué? Todas las palabras que había estado preparando la noche anterior en vez de dormir, no conocieron la luz. Una vez más me quedé congelado frente a ella, sin poder decirle lo que me hacía sentir, lo mágico de su existencia. Ella sabía que era yo, que nos habíamos visto antes, estoy seguro. ¿La había lastimado con mi actitud? ¿Cómo iba a saberlo si ni siquiera podía levantar mi mano apropiadamente para saludarla?

Me la pasé mirándola a través de los cristales negros, observando cómo sus ojos se escapaban de sus órbitas para viajar a ese lugar desconocido que parecía visitar siempre. ¿En qué pensaba? Desde que la conocí, quise saberlo y aunque contaba con el destino de mi lado para que pudiera preguntárselo, mi cuerpo se mantenía inmóvil cada vez que la tenía en frente mío. Mis labios no se movían, mis manos se endurecían, mi garganta se secaba, mis ojos se escondían. No funcionaba como corresponde, era un simple pedazo de roca.

Ella también alzaba la vista para mirarme de vez en cuando. Ese movimiento lento de pestañas que no había visto en otra persona, se acompasaba con mis latidos. Sus ojos me inquirían pero sin respuesta alguna. Lo lamentaba tanto, pero ni yo mismo podía explicar qué era lo que me inmovilizaba. Sentía que la perdía, que ella creía que yo no la reconocía. Pero Alena ¡si no has hecho otra cosa más que estar atrapada en mi cabeza durante todo este tiempo!

Cuando me quitó los ojos de encima, pensé que todo estaba terminado, que aunque lo intentara no lograría transformarme en parte de su vida. Sus manos se deslizaban sobre la mesa buscando los utensilios para comer. Tomó los palillos, quizá sin darse cuenta ¿o ya había aprendido a usarlos? De manera inconsciente, mis manos fueron a parar al lado del tenedor más cercano, esperaba que eso pudiera hacerle saber que no me había olvidado de ella, que sabía quién era. La comida nunca llegó a destino, los palillos terminaron tirados a un costado. Dudé al tomar el tenedor en mis manos pero si mi cuerpo había reaccionado sólo para ello, entonces era lo único que podía hacer.

Agachó su rostro y la vi secar una lágrima de su mejilla. La saliva no pasaba por mi garganta, tenía un nudo que la atravesaba. Intenté mantener la compostura para que Daniel y la compañera de Alena no se dieran cuenta de mi exaltación, pero verla llorar a escondidas me estaba destrozando, al final de cuentas, estaba casi seguro que era yo la causa de que esas gotas de agua se escaparan del cuerpo de esa frágil criatura. Me mantuve un tiempo sujetando el artefacto entre los dedos hasta que por fin pude abrir la boca para que ella notara mis intenciones. También le tomó un tiempo aceptarlo y luego de recibirlo su expresión se transformó. Por un momento pensé que su llanto se desataría por completo pero no hizo más que mantener su rostro escondido.

No aguanté más y me levanté de la mesa ¿por qué le hacía eso? Se suponía que yo tenía que hacerla feliz, no dejar lágrimas atrapadas aquellos negros abismos que eran sus ojos. Verla así, sufriendo porque yo no podía decirle nada era una tortura. Podría haber hablado de su extrañeza del mundo cuando compartimos la mesa en aquel restaurante la primera vez, de su cansada expresión y la tristeza que rodea su figura, la magia que se desprende de su toque, la paz de su voz...pero no lo hice. Sólo la miraba, con mis facciones tensas pero el corazón enloquecido.

Aunque esa incertidumbre de no saber cuándo la vería de nuevo ya no era una idea que me quitaba el sueño, el miedo de pensar que si no hacía algo en ese momento, la perdería sin siquiera haberla tenido, me ahogaba. Sin darme cuenta, la vista de la ciudad que observa desde el balcón de aquel restaurante se nubló y lágrimas recorrieron mi rostro. No podía dejarla ir sin hacerle saber lo que era para mí y sabía que me había repetido esa frase miles de veces antes pero en aquel momento la tenía a unos cuantos pasos, esperando que yo volviera y dejara escapar por fin esas palabras. El destino no podía hacer más por mí de lo que ya había hecho. 

I'm gonna make you love me  [BangYongguk]¡Lee esta historia GRATIS!