Cumplidos

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Alexander no estaba acostumbrado a recibir elogios.

Los cazadores de sombras no estaban acostumbrados, no eran propensos a alabar a sus hijos, ni siquiera a decirles lo guapos que son, todo lo que han crecido, o similares. Los progenitores Lightwood, en particular, nunca habían expresado sus sentimientos en palabras, sino más bien en un gesto de aprobación o una canción de cuna antes de dormir, haciendo saber a los niños que seguían allí a pesar de la distancia entre el Instituto e Idris.

Cuando el joven Alexander de trece años logró superar el tiro de su padre en el entrenamiento de tiro de arco fue elogiado por sus habilidades, solo porque ya era útil para cumplir su misión como cazador de sombras, solo porque ahora podría tener un futuro en su familia y seguir con sus obligaciones... Pero eso no eran cumplidos, y él lo sabía.

Incluso había ocultado su sexualidad durante mucho tiempo, tanto tiempo que tuvo que tragarse solo su tonto enamoramiento con Jace. Ahora solo quería ocultar cualquiera de sus defectos, y la mejor manera era no sobresalir en absoluto.

Pero conocer a Magnus Bane lo estropeó todo.

El brujo estaba más que feliz de entregarle los más vergonzosos cumplidos que siquiera Alec hubiera podido imaginar. Nunca habría imaginado que se podían entrelazar esas palabras de aquella forma tan horripilantemente cursi... Y extrañamente vergonzosa y dulce en labios del brujo.

Cuando el cazador de sombras había tratado de mantenerse apartado y oculto en su tranquilo rincón, el brujo había adoptado como hobby encontrarlo y sacarlo a relucir como la joya en bruto que Magnus creía que era.

Así que ahora Alex tenía que lidiar con aquellos cumplidos. Todavía no estaba acostumbrado a ellos, todavía había algo enterrado en lo más profundo de su ser que protestaba y se estremecía ante palabras como bello, dulce, encantador... Esos elogios que Magnus empujaba impúdicamente contra su oído con aquella voz tan tierna y suave.

Si él era tan hermoso -pensaba Alec-. ¿Dónde dejaba eso al brujo?... En venganza, Alec estaba más que dispuesto a consultar un diccionario mundano -uno de los que tenía Clary- para buscar todos los sinónimos que acompañaran a la palabra "hermoso", solo para responder a todos los cumplidos que Magnus usaba cada vez que quería felicitarle.

Alec se encontraba acostado en la cama extra grande de Magnus. Esa cama que había reemplazado a su simple colchón en el Instituto. Las suaves sábanas de lino enfriaban su piel desnuda y caliente debido a la ducha que se acababa de dar.

Envuelto en el olor de su novio y los numerosos productos y lociones para el cuerpo y cabello, se preguntó por qué todas las camas eran siempre más cómodas que la suya propia.

Alec simplemente suspiró feliz y se giró para enterrar profundamente la nariz contra las sábanas y la almohada que aún conservaban el olor de sus cuerpos. Escuchó a Magnus entrar en la habitación después de su ducha, pero era demasiado perezoso y estaba demasiado a gusto como para abrir los ojos en ese momento.

Magnus, al verlo, dejó escapar un leve zumbido agradecido, sonando como si estuviese inmensamente satisfecho de sí mismo por haber llegado en el momento adecuado

-Mira eso... Un ángel ha caído del cielo directamente a mi cama...-

Dijo el brujo con una amplia sonrisa en los labios. Sus ojos escrutaron más el cuerpo de Alec, el cual estaba acostado de lado, y prestó mayor atención a sus pálidos muslos, esos que sus cortos pantalones de pijama no podían ocultar, sus caderas afiladas y la preciosa curva de la parte superior de su cuerpo. Lo poco que se podía ver de su vientre plano y delgado bajo su camiseta arrugada, mostraba la cicatriz de la runa de la Alianza, esa que había dejado sobre su mano y la cual sintió arder en respuesta. Sin embargo, Alexander dejó escapar un sonido de desaprobación y se giró, como para esconderse.

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