DÍA 7 - Capítulo 5

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Las luces centrales se apagaron y fueron reemplazadas por pequeños focos como los que se colocan en un árbol de Navidad, que colgaban del cielorraso del gazebo. La iluminación era tenue y amarillenta, invitando a los presentes a sumergirse en este evento que parecía haber salido de una máquina del tiempo. Fuera, en el parque, una multitud de luciérnagas danzaban lentamente como si fuesen partícipes de la milonga; su oscilante vaivén destellaba entre los árboles, simulando ser pequeñas estrellas que habían bajado del cielo para bailar con los argentinos allí reunidos. En la mente de Anahí, el momento era simplemente mágico, irreal, comparable con la escena más importante de una película en la que ella era la protagonista.

—Buenas noches —dijo un hombre a través del micrófono ubicado junto a los músicos—. Sean todos bienvenidos a una nueva edición de El fileteado bohemio. Hoy nos acompaña la orquesta del sindicato de panaderos, dirigida por el maestro Armando Torres, denle un aplauso.

El público aplaudió animadamente y la música comenzó a sonar. Violines, bandoneones y un teclado dieron melodía a los viejos clásicos de la primera mitad del siglo XX.

Con una sonrisa, Anahí arrastró a Lucio al centro de la pista y dio inicio a la danza. Los primeros pasos fueron torpes y a destiempo, pero a la pelirroja no le importaba. Poco a poco se fue dejando guiar por el ritmo hasta que olvidó lo que hacía, permitiéndole a su cuerpo moverse sin preocupaciones ni miedos.

—Nada mal para ser tu primer baile en público —comentó él para romper el hechizo que los envolvía. Por momentos creía ver a Manuela en Anahí y sentía la necesidad de estrecharla en sus brazos como en los viejos tiempos; luego se atragantaba con sus propias emociones y se esforzaba por ocultar la incomodidad que sentía al encontrarse tan cerca de una mujer que no fuese su esposa, en público.

—¿Vos estabas nervioso la primera vez que fuiste a una milonga? —preguntó Anahí—. Porque a mí me tiemblan las rodillas —bromeó.

—Yo hice un papelón —admitió él—, hasta pisé a mi pareja de baile. Me enojé tanto que casi la dejé plantada en el medio de la pista.

Se arrepintió de aquella confesión ni bien las últimas palabras habían abandonado su boca. No era la primera vez que hablaba sin pensar, diciendo cosas que preferiría callar.

—Contame —exigió Anahí entre risas, con sus ojos aún clavados en los de él.

—Otro día.

—No, ahora es el momento perfecto —insistió ella.

—No vas a dejar de molestarme hasta que te cuente, ¿verdad?

—Nop. Puedo ser bastante insistente —comentó Anahí, regocijándose ante una nueva victoria.

—En mi primera milonga —comenzó a decir Lucio—, estaba tan nervioso por poder impresionar a Manuela que no podía dejar de temblar y transpirar. Me había puesto guantes por las dudas, sabiendo que sería desagradable para ella si su pareja de baile transpiraba como cerdo. Tenía tantas preocupaciones en la cabeza y tanto miedo de equivocarme que terminé cometiendo más errores que cuando practicaba. Por momentos hasta dejé de sostenerle la mirada para asegurarme de que no la estaba por pisar.

Anahí rio porque le costaba imaginarse a don Lucio hecho un manojo de nervios. Ella estaba acostumbrada a verlo siempre calmado.

—Como sea —continuó diciendo él—, la cuestión es que para la tercera vez que casi me tropiezo por pisar a Manuela, la solté y le di la espalda, dispuesto a marcharme y no volver a dar la cara en una milonga nunca más. Pero ella me detuvo, me agarró por la muñeca y me pidió que siguiera bailando. No supo explicarme el porqué, pero dijo que esperaba verme seguido por aquellos eventos y que disfrutaba de mi compañía.

—¡Qué romántico! —exclamó Anahí en un susurro que Lucio no supo si interpretar como sinceridad o ironía—. Dijiste que aprendiste a bailar por ella, ¿pero dónde la conociste?

Ninguno de ellos le prestaba atención al movimiento de sus pies, simplemente seguían bailando al compás de la música.

—¿Importa? —preguntó Lucio. Luego, suspiró ante la mirada expectante de la pelirroja—. En una fiesta—agregó—. No recuerdo si era un casamiento o qué. Pero ella era la mejor amiga de la esposa de quien era general de los sunigortes en aquel entonces.

—¿Y fue amor a primera vista?

—No —dijo Lucio inmediatamente—. Sí —se corrigió—. No estoy seguro —finalizó con una de sus contradicciones usuales—. Nuestra primera conversación terminó en una acalorada discusión sobre arte; nunca me había enfadado tanto con una mujer. Pero cuando llegué a mi casa no podía sacármela de la cabeza. Recordaba sus palabras y su voz resonaba en mis oídos. Pensé que me estaba volviendo loco.

Anahí rio a carcajadas. Varias parejas cercanas se voltearon a verlos, pero ellos los ignoraron.

—¿Entonces te diste cuenta de que eras un idiota enamorado?

—No. La evité por casi un año. Incluso cuando nos cruzábamos en alguna reunión, yo ni siquiera la saludaba —hizo una pausa—, hasta que la vi bailar tango. Tenía gracia y delicadeza, pero al mismo tiempo se la veía atrevida y seductora. No pude dejar de observarla hasta el final de la noche. Antes de irme, se acercó y me preguntó por qué la miraba. Le mentí —admitió—; le dije que bailaba mal, así que me desafió. Dijo que si algún día me encontraba en una milonga, me sacaría a bailar para ver quién lo hacía mejor.

—Así que te viste obligado a aprender a bailar, la fuiste a buscar lleno de orgullo, hiciste el ridículo y terminaron enamorados —asumió Anahí.

—Algo así.

Dibujo espantoso que hice de cómo imagino la escena

Dibujo espantoso que hice de cómo imagino la escena.

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