Un bebé.

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—¿Un bebé?— pregunté atónita.

El médico me dio una sonrisa positiva y asintió.

—Es tu sobrino, tienes que cuidarlo como tu hijo.

Abrí la boca para responder algo, pero no podía, estaba impactada por aquella noticia.

Toqué mi pecho, cuando sentí un ligero apretón, sin duda hoy me podía dar un ataque

cardíaco, todo dolía, pero nada dolía más que el hecho de no ver a mi hermana otra vez y el

tener que cuidar a su... hijo.

—Señorita, ¿se encuentra bien?

Recordé la última vez que vi a mi hermana, hace ya tres años atrás cuando me vino a visitar

durante su estadía en una ciudad tranquila, se veía tranquila y feliz con un chico pero,

¿cómo se llamaba? Algo me decía que podría ser el padre de ese bebé.

Pensé en mis alternativas, o me quedaba con él o terminaba en un orfanatorio y sabía

personalmente como era eso.

—Lo quiero ver, si se puede claro — pedí con cortesía.

—Claro, venga por acá.

Salió de la sala donde estaba el cuerpo de mi hermana y me hizo una señal para que lo

acompañará. Con una torpe velocidad me giré a donde está la madre del bebé para

despedirme de ella.

—Te cuidaré al bebé hasta que tenga una buena familia, lo prometo.

Salgo y veo que el doctor me estaba esperando, me mira y empieza a avanzar hasta topar

con una sala grande donde los quejidos de bebés abundaban.

—Este es— indicó al bebé de azul con ojos azules —, ese es tu sobrino.

Ese bebé era el hijo de mi hermana, claramente lo era. Se encontraba llorando asustado, lo

habíamos asustado cuando entramos.

Lo tomé en mis brazos para que se calmara y pudiera dormir nuevamente.

Inexplicablemente ese bebé era muy hermoso y especial.

—¿Cómo se llama? —susurre.

—Se llama Theo.

Sonreí al escuchar ese nombre, ese nombre era muy especial para nosotras.

—¿Y su padre?— pregunté pensando en el chico del que tanto hablaba en su última visita.

El doctor hizo una señal de negación.

—No está, era madre soltera.

Traté recordar a las personas que tenían mi confianza y podían cuidar a este bebé pero sabía

que en esa lista quedaban solo mis padres y no quería pasarlo a ellos.

A cualquiera menos a ellos.

—Es muy hermoso y tranquilo —confesé mirando al pequeño.

Estaba ya dormido, sus pequeñas manitas estaban sosteniendo mi mano como su juguete o

pidiendo protección, dando un toque más de ternura a la escena.

—¿Cómo sobrevivió al férreo accidente?— susurré lo bastante fuerte para que me oyera y

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