DÍA 7 - Capítulo 4

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Parejas de todas las edades iban y venían debajo del gran gazebo blanco que reposaba sobre el pasto del Parque de las Sombras. Llevaban vestimenta tanto moderna como antigua en una reunión atemporal donde lo único que todos tenían en común era su pasión por el tango. Algunos grupos conversaban alegremente, posiblemente bailarines que frecuentaban aquella milonga. Risas y voces estridentes resaltaban sobre el bullicio general.

En un costado, la orquesta preparaba sus instrumentos para dar comienzo a la noche. Al fondo se habían dispuesto varias sillas para los bailarines sin pareja y aquellos que quisieran tomarse un descanso. Junto a este sector, un matrimonio anciano colocaba vasos y servilletas sobre una mesa que se utilizaría luego para ofrecer bebidas y bocados a los presentes.

—¡Don Ocampo! —exclamó una voz masculina a lo lejos— ¡Don Ocampo! —repitió.

Lucio y Anahí se voltearon en busca del hombre. No les costó demasiado encontrarlo. Se trataba de un señor de estatura media con algunos restos de cabello blanco en forma de aureola sobre su cabeza.

—Maestro Jovino —respondió Lucio cuando su interlocutor estuvo lo suficientemente cerca como para estrechar su mano.

—¡Hace décadas que no lo veo por estos lares! —exclamó el hombre. Su voz era gruesa y sonora. Hablaba fuerte, como si se la pasara gritando. Además, tenía un acento extraño que Anahí no lograba definir de dónde era.

—Es verdad, pero tampoco pretendo convertirme en un bailarín regular —se excusó Lucio—. Simplemente estoy acompañando a mi protegida cuya insistencia me convenció asistir.

—Es una lástima —admitió Jovino, frunciendo el ceño hasta que sus pobladas cejas se juntaron en el centro—. Más de una pebeta me ha preguntado por vos luego del incendio.

Anahí observó a Lucio, preguntándose a qué incendio se refería el hombre. Parecía tratarse de un tema delicado del que ninguno quería hablar demasiado.

—Mis años tangueros quedaron atrás, Jovino —dijo Lucio, cortante.

—Ya veo, ya veo —respondió el hombre. En su rostro se dibujó un momentáneo gesto pensativo que se desvaneció con la misma velocidad con que había aparecido—. No importa. Me alegra verlo nuevamente por acá. Espero que disfruten de la velada.

—Gracias —respondió Lucio. Luego, tomó a Anahí por el brazo y la arrastró al otro extremo del gazebo.

—¿Quién era ese señor? —preguntó la pelirroja.

—Mi profesor de tango. Marco Jovino.

Anahí abrió la boca. Iba a pedirle información sobre el incendio que habían mencionado, pero prefirió callarse por el momento. Temía que el tema pusiera a Lucio de malhumor y les arruinara la noche. Ya tendría tiempo para satisfacer su curiosidad en otra ocasión. Cerró la boca sin decir nada.


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