Capítulo 1 - Prólogo

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Pequeña Introducción

María es fotógrafa, se casó con David, con el cual procrearon una hija. Tras ocurrirles un accidente ella quedó viuda y enferma por las secuelas tanto físicas como emocionales dejadas de dicho evento. Diana madre de David y suegra de María, es rica e influyente, se aprovechó de lo ocurrido para obtener la patria potestad de Victoria, su nieta de 12 años de edad a la fecha del ocurrido. María logró recuperarse de sus lesiones, y hoy en día es dueña de un estudio fotográfico, realiza trabajos para toda clase de eventos, también trabaja para revistas y periódicos, y lucha constantemente por recuperar a su hija que actualmente tiene 14 años. Esteban es ingeniero ambiental y trabaja para el gobierno. Está casado con Julia, tienen una hija también de 14 años, pero su relación como pareja atraviesa por una crisis. El destino de los dos va a cruzarse de una manera arrebatadora y ninguno de los dos podrá volver a ser el mismo después de ese encuentro.

Prólogo

María estaba en un bosque. Ella no recordaba el lugar, pero sentía que lo conocía. Miró hacia atrás y vio un palacete con aires del siglo XIX, era como si ella hubiera salido de esa casa, pero su memoria no le ayudaba en ese momento, no podía orientarse en el tiempo y en el espacio, pero su corazón buscaba algo y era la brújula que la conducía en el momento. No sabía por qué ni cómo se encontraba en ese lugar, solo sabía, sentía que alguien llegaría, y necesitaba esperarlo, su corazón se lo decía.

Se miró y estaba vestida como una dama de muchísimos años antes. Muchas faldas largas componían su ropa juntamente a un corpiño ajustado a su cuerpo. María sabía que era ella, pero en otra época, como representando una escena de teatro, pero que fuera falso, se veía y sabía que era real, tal vez la realidad más fuerte que podría existir. Después de algún tiempo caminando por el bosque, sin ningún rumbo especifico, pero su subconsciente se la dirigía a un lugar, de repente escuchó una voz, dirigirse a ella, una voz de hombre.

_ Hace mucho que te estoy esperando... – Le dijo el hombre desconcertándola, su corazón dio un salto de alegría.

Su voz le era muy familiar y su corazón le decía conocerlo, sin mirarlo aun María sabía como era el dibujo de sus ojos porque lo conocía, conocía su alma aunque no recordaba sus trazos, su rostro, su cuerpo o cualquier trazo físico. El reconocimiento trascendía más allá de lo físico, le pasaba en su corazón, en el pináculo de sus sentimientos, en el alma. Cuando ella giró, no pudo verlo, él estaba detrás de una bruma y aunque estuviera cerca, no podía tocarlo, la presencia de ese hombre era la cosa más fuerte que María había sentido en toda su vida. Sin embargo su vida le parecía algo muy fugaz y efímero cerca de ese sentimiento tan grandioso que experimentaba o volvía a experimentar.

_ ¿Quién eres tú? – María finalmente pudo hablar y controlar un poco la emoción que revoloteaba en su pecho.

_ Tú sabes quién soy y yo sé quién eres tú. Te estoy esperando como tú me estás esperando a mí. – La vibración del sonido en el aire que producía sus palabras calaba en sus sentidos de una manera inexplicable.

Ella sabía que era cierto lo que él le decía, su mente no lo comprendía, pero su corazón y todas las fibras de su ser corroboraban cada palabra.

_ No... yo... yo no sé, ¿como puedo saberlo...? – Contestó María dudando.

_ Por supuesto que lo sabes, no te preocupes por eso. Tú lo sabrás cuando llegue el momento. Pero no trates de negarlo. Lo que está entre la piel y el alma te lo va a decir.

_ ¿Pero que hay entre la piel y el alma? – sus palabras llegaban al corazón de María con mucho sentido, pero reaccionaba guiada por la razón que no comprendía esas palabras del hombre y tampoco entendía todos esos sentimientos a flor de piel, entre la piel y el alma.

_ Tú lo sabes, por eso no se te hará difícil entenderlo. Pero... – El tono de voz del hombre mostro pesar al decir eso.

_ ¿Pero qué? ¡Dime por favor! – Suplicaba por lograr entender con el corazón.

_ Tú debes de confiar en ello, confiar en tu corazón. Por favor, mi amor, no renuncies a este sentimiento. – Él suplicó.

_ Yo... – María trató de acercarse a él, pero el hombre desapareció en ese exacto momento en el que ella intentó tocarlo. – ¡Vuelve! – Gritó ella. – No quiero perderte. Esta vez no puedo perderte. – Las lágrimas ya brotaban desde el corazón con estas últimas palabras llenas de desesperación.

Pero de nada sirvió. Él no regreso, miró a su alrededor con desespero buscando la menor señal de su presencia, pero él se había ido. Lo había perdido nuevamente.

***

Continua...

Entre la piel y el alma¡Lee esta historia GRATIS!