Capítulo 4

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Primer contacto


Cuando Anna y Madison terminaron de comer, la mujer tomó ambos platos de la mesa y se los llevó al lavabo. Mientras los limpiaba, iba diciendo.

—Supongo que estaremos bien, por un tiempo. Tenemos suficiente dinero como para pedir que nos traigan la comida, y así evitaremos salir más que para lo indispensable.

La morocha asintió con desgana. Se levantó de la mesa y, sin decir nada más, subió las escaleras y entró en la que había sido designada como su habitación.

Ya hay, se acercó a la vieja televisión que tenía su cuarto y pasó una mano por la superficie, quitando la ligera capa de polvo que se había acumulado desde que había retirado la sábana blanca que lo cubría. La prendió, y tras comprobar que esta servía, revisó el antiguo reproductor de películas y busco en una de las muchas gavetas que tenía el mueble, algo que pudiera ver con este.

No paso mucho tiempo para que la joven se decidiera por una película. La fotografía en su portada le llamó la atención. En ella podía verse una imagen en blanco y negro, la cual dejaba ver a una mujer de cabello corto. Esta se encontraba gritando, y no hacía nada por ocultar el sostén blanco que mostraba. A su lado, se podía apreciar parte de un rostro, probablemente de hombre, aunque no podía decirlo con seguridad ya que ese lado de la portada estaba chamuscado.

Encogiéndose de hombros, Madison puso la película en el reproductor y, sin dejar de ver la pantalla, comenzó a manipular el mando de la televisión, para terminar dando con el canal en donde ya se empezaban a ver los créditos del filme.

Así, poco a poco, la joven se permitió adentrarse en la historia que veía, sin percatarse de que varias personas habían llegado a la casa, listas para darles la bienvenida.

Anna se sorprendió mucho cuando vio a la mujer, acompañada por todos esos muchachos que, traían entre sus manos algunas charolas y refractarios.

Al abrir la puerta, la señora no tardó en decir.

—Hola. Somos sus vecinos. Mis hijos y yo vivimos en la casa azul, y estos muchachos se están quedando en la casa de estudiantes, que tiene del lado izquierdo. Venimos a traerle un poco de comida y a ayudarla; debe de estar agobiada por todas las cosas nuevas que hay en la ciudad.

Intentando sonreír y ser lo más amable posible, Anna dejo salir un profundo suspiro mientras hablaba.

—Por favor, pasen —, acto seguido, se acercó a la reja y la abrió, permitiendo que todos pasaran al terreno.

Ya dentro de la casa, Anna los guió a la cocina y conforme iban dejando los recipientes en la barra, los invitó a tomar asiento en la sala.

—No tenían por qué haberse molestado. Es mucho.

—No fue nada —, dijo la mujer mientras se dedicaba a ayudarla.

Las señoras dejaron a los seis chicos solos, lo que aprovecharon para comenzar a investigar el lugar, al tiempo que le daban una buena mirada.

Fue en esa labor que Steve descubrió el baño y se metió para lavarse las manos, ya que las tenía llenas de salsa. Elliot lo imitó, pero cuando estaba a punto de entrar su amigo le cerró la puerta en la cara y dijo.

—Un poco más de respeto, joven.

Enfurruñado, este no tardó en tocar a la puerta.

—No seas payaso. Yo también me voy a limpiar las manos.

Tuvieron que pasar un par de minutos y varios golpes a la madera, para que Anna se decidiera a hablar.

—Si quieres, puedes pasar al baño de arriba. Es la segunda puerta a la derecha.

Con un fuerte suspiro, Elliot dejo de tocar y procedió a subir las escaleras. Arriba, entró al baño y rápido se empezó a limpiar las manos. Estas ya habían agarrado un tono rojo, por la salsa, así que tuvo que tallar con fuerza para que se le quitara.

Fue en ese momento que escuchó el ruido de la televisión.

Movido por la curiosidad, Elliot se acercó a la última habitación casi de puntas; espiando por la puerta entreabierta mientras procuraba no recargarse en el marco.

No tardó en fijar su vista en la pantalla, y mucho menos en reconocer la película que estaba corriendo; aunque le resultó extraño ver aquel largometraje en tan mala calidad y con aquellos saltos en la pantalla.

Sin embargo, pronto se vio más interesado por la joven que veía la película; sentada en la alfombra, frente al televisor.

El cabello de la muchacha era tan oscuro como el de él, pero a diferencia de su revuelta mata, el de ella estaba bien quieto sobre sus hombros, a pesar de que solo portaba una diadema. El arco de su cuello estaba tan marcado por la posición en la que se encontraba, que por un momento tuvo ganas de pasar su dedo por aquel camino, para ver si era tan afilado como parecía.

Un sentimiento de dejavu de apoderó de Elliot. Estaba seguro de que ya había visto ese tono de cabello y esa silueta, pero no quiso revelar su presencia por temor a equivocarse. Lo que menos quería era quedar como un tonto.

—¿Elliot? ¿Qué estás haciendo? —, de inmediato, la voz de Jenn asustó al chico y lo sacó de balance, haciendo que casi tropezara con sus pies.

Le dedicó una última mirada a la joven del cuarto y volteó a ver a su amiga, al tiempo que se llevaba los brazos a la nuca y decía, en un tono bajo para que no los escuchara la chica.

—Nada más estaba investigando el lugar... ¿Y tú? ¿Por qué subiste?

La muchacha entró al baño y se lavó las manos con rapidez, sonriéndole a la porcelana del lavabo.

—Como vez, a lo mismo que tú... Te pasas. Mira que estar de chismoso en una casa ajena —, Jenn imitó el volumen de su voz. — Lo hubiera creído de todos, menos de ti.

Su amiga se seco las manos en la toalla, y después le hizo una seña con la cabeza al morocho, para que la siguiera. Él solo asintió y, con las manos en los bolsillos fue tras la joven.

Ya estaban bajando, cuando llego a ellos parte de la conversación que estaban teniendo Elizabeth y Anna.

—... entonces, ¿Vinieron solo ustedes? ¿Solas?

—Sí. Mi esposo... Él, falleció hace un tiempo, y la vida en el pueblo se fue haciendo más difícil. Por eso decidí volver junto con mi hija... ¡Madison! ¿Puedes bajar, por favor?

—¡Voy!

Aquel grito alertó a Jenn y Elliot, que terminaron casi corriendo para bajar las escaleras a tiempo.

Cuando la mencionada descendió al primer piso, Steve no tardó en señalarla mientras decía.

—Te recuerdo. Eres la chica de en la mañana; la que Elliot no dejaba de mirar.

Lo último que sintió Steve fue la mano de Elliot tapándole la boca con fuerza, mientras que Carter le daba un codazo en el brazo.



Deja vu (en 'ya visto antes') es un tipo de amnesia del reconocimiento, de alguna experiencia que sentimos que ya hemos vivido previamente.

La leyenda de la dama de la noche Vol.I - ANCÖR ©¡Lee esta historia GRATIS!