1. El visitante

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 "Amanecía ya cuando apareció por la avenida empedrada custodiada por robles casi tan ancianos como mi Maestro. Yo me disponía a ir en busca de mi sueño reparador, que tan bien me había ganado al poner en su sitio a un novato prepotente, cuando oí el indeciso golpeteo de los cascos contra los adoquines. Me asomé por la ventana de mi habitación, cuatro pisos por encima de la entrada principal, sorprendido de que alguien apurase tanto su llegada, y más me asombré al ver que se trataba de un humano.

Montaba un caballo pinto que debía de haber conseguido en alguna de las aldeas cercanas; si no, no me explico que, pese a la firmeza con la que sujetaba las riendas, hubiera conseguido guiarlo hasta la misma puerta de nuestra morada. En cuanto desmontó, el animal, viéndose por fin libre de un cometido que, sin duda, consideraba desagradable, dio media vuelta y galopó abandonando a su jinete. Éste lo observó alejarse y después se giró para quedar de cara a la fachada. Levantó la cabeza y repasó las ventanas con la mirada, como si pudiera contemplar con toda claridad a todos los que morábamos dentro.

Al momento supe que no se trataba de un humano corriente. No había atisbo de miedo en sus ojos, que, sonreí al descubrirlo, tenían un color similar al de los míos. Una vez hecho el reconocimiento, avanzó con paso seguro hasta el portón cruzando el antiquísimo puente sobre el foso, sin dignarse a buscar su fondo y temblar al no encontrarlo.

Tres fueron los golpes que retumbaron en toda la fortaleza. No percibí nota alguna de duda en ellos. Tenemos un adjetivo para denominar a los humanos que, como él, osan venir a llamar a nuestra puerta con ánimo tan confiado: locos. Decidí que bien merecía posponer mi sueño y acudir al recibimiento del visitante, que, sin duda, sería interesante. En las escaleras descubrí que no era el único que había llegado a tal conclusión, práctica­mente todos mis compañeros se dirigían al vestíbulo para asistir a un hecho tan atípico como que un simple humano se internase por voluntad propia en nuestra casa. Pero a las mujeres se las podía contar por dos de tal barullo que armaban. Negué para mí mismo con una sonrisa en los labios, él era joven y osado, como mínimo lo encontrarían apetecible.

Llegué justo a tiempo para ver cómo se abrían las puertas. Él entró rápido, sin dudar ni un segundo, como si, al igual que nosotros, corriera a resguar­darse del amanecer. En cuanto pude verlo de cerca, lo percibí. Podría ser que no oliera a muerte, como los esporádicos visitantes que vienen en busca de la panacea que los libre de la siega de la Señora de la Guadaña, estaba bastante sano; pero en sus ojos pude ver que su alma iba a ser segada en breve de todas formas.

Ni se inmutó cuando las pesadas hojas de madera se cerraron a su espalda sumiéndolo en nuestra habitual penumbra. Nos miró con tranquili­dad o, al menos, no apretó los párpados atemorizado. Deduje que sus ojos estarían habituados a la oscuridad del ataúd donde se veía a sí mismo, y que unos cuantos seres de la noche no le harían temblar las rodillas.

Aquello prometía."

Casandra bostezó hasta casi desencajarse la mandíbula y miró el reloj digital que tenía sobre la mesilla. Las tres y cuarto de la madrugada. "Feliz cumpleaños", se dijo mientras buscaba el marcapáginas entre las sábanas, "ya te queda un año menos para escapar de este agujero." Colocó la cartuli­na entre las páginas y cerró El Diario de las Tinieblas 5. El narrador tenía razón, aquello prometía. ¿Qué podía llevar a un humano a internarse en un nido de vampiros? Guardó el libro en un cajón de la mesilla de noche antes de ceder a la tentación de leer el siguiente capítulo para averiguarlo. Era tarde, tenía sueño y no le gustaba perderse hechos interesantes de una historia por tener el cerebro embotado.

Lirio de Sangre - 1 - Odisea¡Lee esta historia GRATIS!