DÍA 7 - Capítulo 3

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Estando viva, a Anahí nunca se le hubiese ocurrido bailar tango, y mucho menos en una milonga, eso era cosa de viejos. Pero ahora se encontraba en un mundo diferente, atemporal, en el que las modas pasadas estaban permitidas y eran aceptadas con más naturalidad que lo contemporáneo. Se sentía ansiosa, invadida por una curiosidad inexplicable que pintaba sonrisas constantes en su rostro. Por momentos, deseaba caminar descalza por el pasillo para escuchar las llamadas que Lucio estaría realizando, pero al mismo tiempo temía ser descubierta y que aquello acabase con cualquier posibilidad de participar de una milonga.

¿Irían? ¿Cuándo? ¿Adónde? ¿Haría el ridículo con su escasa práctica? Las preguntas iban y venían en la mente de Anahí. Anhelaba saber pronto cuál sería la resolución que Lucio tomaría. No podía concentrarse en nada más. Intentó leer el libro de Mujica Láinez y la segunda parte de esa saga que habían comprado en el shoppíng, pero debía releer cada párrafo unas diez veces hasta comprenderlo porque su mente no lograba concentrarse en las palabras o en nada que no fuese la idea de bailar en una milonga.

Los minutos se volvieron horas tediosas de encierro.

Golpes en su puerta.

Anahí corrió casi con desesperación hacia la manija que comunicaba su habitación con el pasillo. Del otro lado, Olga le sonrió amablemente y le avisó que Lució había ordenado que la cena fuese más temprano que de costumbre. Eso posiblemente significara que había accedido a su propuesta y que aquella noche sería mágica.

Sin desperdiciar un minuto, la pelirroja corrió a ducharse y arreglarse para salir. Luego, se secó el pelo estando aún envuelta en el toallón para poder alisarlo velozmente. Se probó varios atuendos hasta decidirse por un vestido que dejó colgando de la manija del placard y zapatos de taco que acomodó junto a la cama.

Y con el maquillaje ya colocado, se volvió a poner su pijama para aparentar que no tenía ni idea de la resolución tomada.

Anahí bajó a cenar en silencio; se sentó a la mesa, esforzándose por evadir la mirada de Lucio.

—Hice un par de llamados —comenzó a decir él.

La pelirroja no contestó.

—Salimos en una hora y media —agregó Lucio—. Supongo que es suficiente tiempo para que te alistés.

—Más que suficiente —respondió Anahí, sonriente.

Se reencontraron en el hall un rato más tarde. Antes de intercambiar palabras, analizaron el aspecto del otro. No había nada peculiar en la apariencia de Anahí; Lucio, sin embargo, llevaba puesto un traje totalmente blanco con un sombrero haciendo juego. Era extraño verlo con algo que no fuese negro.

—¿Lista? —preguntó él.

—Sep.

Los últimos rayos del sol pintaban una delgada línea rojiza en el horizonte mientras algunas estrellas asomaban en lo alto. Era aquel instante en el que el día se confunde con la noche, un período corto y efímero que no dura demasiado y que preludia el manto de oscuridad que torna negro todo lo que toca.

Anahí subió al auto y se abrochó el cinturón de seguridad mientras Lucio encendía el motor y sonreía, sabiendo que a su acompañante no le molestaría que él condujera a gran velocidad.

Se alejaron por el camino y cruzaron las rejas que marcaban el inicio de la propiedad. En pocos minutos ya estaban sobre la ruta.

Lucio aceleró apenas sintió que las ruedas se posaban en el pavimento. No había casas cerca de la suya y era extraño que otros vehículos transitaran aquel fragmento de la ruta. Ni hablar de patrulleros, esos no salían de la zona residencial de clase media. El territorio cercano a su hogar era sitio sin reglas ni controles; un lugar en el que él podía hacer lo que quisiera y nadie se enteraría. Amaba esa libertad, la sensación de poder y autonomía que le brindaban las afueras de Argentina.

—¡¿Viste eso?! —exclamó Anahí, confundida, cuando ya se encontraban a más de mitad de camino y no quedaba luz solar que iluminara el paisaje.

—No —respondió Lucio—. Tengo la vista puesta en la ruta, no puedo distraerme mirando el paisaje.

—Había alguien ahí, caminando por la banquina.

—¿Y? —preguntó él—. Si vas a decirme que viste un fantasma, lamento tener que recordarte que acá estamos todos muertos.

Anahí infló sus cachetes, ofendida. No le agradaba que la tomaran por idiota. No era la primera vez que le recordaban su muerte.

—Dejá, no dije nada. Olvidate —contestó ella, cortante.

Lucio se encogió de hombros, ignorando el malhumor de su acompañante que intentaba recordar el aspecto de la persona que acababan de pasar; sin embargo, el vehículo avanzaba tan rápido que no había logrado apreciar más que el cabello corto de la silueta. Podría ser hombre o mujer, no lo sabía. La oscuridad dificultaba su visión. Anahí no comprendía por qué le había llamado la atención aquella figura, por qué la inquietaba. Sabía que existía algo que no lograba recordar, un detalle que la había sobresaltado, ¿pero qué?


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