DÍA 7 - Capítulo 2

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—¿Lucio? —Anahí pronunció su nombre y esperó por una respuesta.

No le agradaba interrumpirlo porque sabía que él se ponía de malhumor al perder la concentración.

La pelirroja clavó su mirada en don Lucio que parecía no haberla oído. Llevaba casi cinco minutos en puntas de pie, leyendo los lomos de aquellos libros ubicados en el estante más alto, buscando el espacio correcto para colocar el ejemplar que cargaba en su mano derecha. Había repasado los títulos varias veces, pero parecía no encontrar el lugar indicado.

Su largo cabello negro ondeaba a cada paso que daba. Lo llevaba suelto, húmedo luego de haber tomado una ducha. Algunas gotas caían sobre el piso, dejando un rastro casi invisible. Anahí ya se había acostumbrado a verlo de entrecasa, sin sus trajes y corbatas, arremangado por practicidad, con el cabello suelto y pantuflas. Al principio se sorprendió un poco porque lo había imaginado siempre arreglado y vistiendo con elegancia, incluso para dormir, pero él también era humano. Y no existe humano que no se ponga cómodo en su propio hogar.

A pesar todo, Lucio siempre usaba camisas. No le agradaban ni camisetas ni remeras y eso le llamaba la atención a Anahí. Suponía que se trataba de una costumbre, de algo del pasado que ella no lograba comprender.

—¡Acá estás! —murmuró él con un dejo de orgullo al encontrar lo que buscaba. Empujó los libros con su mano libre e hizo espacio para el nuevo ejemplar.

Anahí aplaudió y él reaccionó con cierta violencia, volteándose repentinamente. Había olvidado que la joven se encontraba allí.

—¿Te estás riendo de mí? —preguntó Lucio, arqueando una ceja.

—Para nada —mintió Anahí—, pero estaba esperando que terminaras con eso.

Lucio respondió con una mueca, indicando curiosidad.

—Te iba a hacer una pregunta sobre tango.

—¿Otra? —contestó él. Y sin darle tiempo a decir nada, añadió: —Decime.

—A ver, dejame pensar cómo formulo esto sin sonar como una metida. —Anahí se mordió el labio inferior y guardó silencio un par de segundos—. Cuando me dijiste que tenías un profesor que te enseñaba a bailar tango, ¿por qué era?, ¿por qué quisiste aprender?

—Porque a mi esposa le gustaba.

—¡Qué romántico! —Exclamó Anahí en una mezcla de burla y admiración—. ¿Pero por qué no te enseñó ella?

—Dijiste que era una sola pregunta. —A Lucio no le agradaba hablar del tema. Luego, suspiró—. En ese entonces recién nos conocíamos.

—Ah. ¿Iban a bailar juntos?

—Sí, de vez en cuando. En la ciudad siempre se organizan milongas y a Manuela le encantaban.

Manuela, pensó Anahí. Era la primera vez que oía el nombre.

—¿Podemos ir a una? —pidió ella—. Te juro que es la última pregunta que te hago. Y si me llevás, no te jodo más con lo de practicar a la noche —prometió, cruzando los dedos en su mente.

Lucio abrió los ojos, sorprendido. Jamás se le hubiese ocurrido volver a participar de una milonga. Un sinfín de recuerdos cobraron vida en su mente, pasando a gran velocidad como fotografías y videos de su propio pasado. Recordó noches que creyó haber olvidado, bailes y prácticas. Sus errores y la risa de Manuela resonando en sus oídos con tanta claridad que parecía tangible.

El primer baile había sido desastroso. Lucio tropezó varias veces y confundió los pasos en más de una ocasión. Manuela reía y le decía que le parecía adorable. Él, nervioso y de malhumor, intentó dejar de bailar a mitad del tema. Pero ella tomó sus manos con fuerza y le dijo que no dejara de bailar, que quería seguir danzando con él un rato más y en futuras milongas también.

Nunca se había sentido tan avergonzado. Ahora lo recordaba con claridad.

—La tierra llamando a Lucio —dijo Anahí, sacudiendo una mano frente al rostro del hombre—. Si hay vida inteligente por ahí, exijo una respuesta.

Don Lucio alejó la muñeca de la pelirroja con brusquedad.

—Dame un segundo para pensarlo.

—Ya pasaron casi dos minutos —se quejó ella—. Dale, vayamos a una milonga.

—No —contestó él, cortante—. Capaz —agregó luego—, dejame pensarlo. No sé —admitió finalmente—. De todas formas, ¿tenés ropa como para ir?

—Sí, creo que sí. Tengo de todo y ya ordené el placar por color. Bah, por escala de grises más que por colores.

Lucio asintió con un movimiento de su cabeza, aún pensativo.

—¿Y en serio me prometés que si te llevo a una milonga me vas a dejar en paz con todo este capricho del tango?

—Sep —respondió Anahí con una sonrisa triunfal. Confiaba en que él lo pasaría genial y querría ir seguido.

—Hagamos algo. Dejame terminar de ordenar los libros en paz mientras tomo una decisión, averiguo qué milongas siguen funcionando y dónde. Te daré mi respuesta durante la cena.

—Dale. Gracias. —La pelirroja se puso de pie.

—No dije que fuera a llevarte —se quejó él.

—Sé que lo harás —contestó Anahí, risueña, antes de atravesar el umbral.

Lucio suspiró, vencido. Ella tenía razón.

 Ella tenía razón

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