DÍA 7 - Capítulo 2

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Se reencontraron en el hall un rato más tarde. Antes de intercambiar palabras, analizaron el aspecto del otro. No había nada peculiar en la apariencia de Anahí; Lucio, sin embargo, llevaba puesto un traje totalmente blanco con un sombrero a juego. Era extraño verlo con algo que no fuese negro.

—¿Lista? —preguntó él.

—Sep.

Los últimos rayos del sol pintaban una delgada línea rojiza en el horizonte mientras algunas estrellas asomaban en lo alto. Era aquel instante en el que el día se confunde con la noche, un período corto y efímero que no dura demasiado y que preludia el manto de oscuridad que torna negro todo lo que toca.

Anahí subió al auto y se abrochó el cinturón de seguridad mientras Lucio encendía el motor y sonreía, sabiendo que a su acompañante no le molestaría que él condujera a gran velocidad. Se alejaron por el camino y cruzaron las rejas que marcaban el inicio de la propiedad. En pocos minutos ya estaban sobre la ruta.

Lucio aceleró apenas sintió que las ruedas se posaban en el pavimento. No había casas cerca de la suya y era extraño que otros vehículos transitaran aquel fragmento de la ruta. Ni hablar de patrulleros, esos no salían de la zona residencial de clase media. El territorio cercano a su hogar era sitio sin reglas ni controles; un lugar en el que él podía hacer lo que quisiera y nadie se enteraría. Amaba esa libertad, la sensación de poder y autonomía que le brindaban las afueras de Argentina.

—¡¿Viste eso?! —exclamó Anahí, confundida, cuando ya se encontraban a más de mitad de camino y no quedaba luz solar que iluminara el paisaje.

—No —respondió Lucio—. Tengo la vista puesta en la ruta, no puedo distraerme mirando el paisaje.

—Había alguien ahí, caminando por la banquina.

—¿Y? —preguntó él—. Si vas a decirme que viste un fantasma, lamento tener que recordarte que acá estamos todos muertos.

Anahí infló sus cachetes, ofendida. No le agradaba que la tomaran por idiota. No era la primera vez que le recordaban su muerte.

—Dejá, no dije nada. Olvidate —contestó ella, cortante.

Lucio se encogió de hombros e ignoró el malhumor de su acompañante, no deseaba continuar con la disputa y arruinar la velada. Anahí, mientras tanto, intentaba recordar el aspecto de la persona a la que acababan de pasar; sin embargo, el vehículo avanzaba tan rápido que no había logrado apreciar más que el cabello corto de la silueta. Podría ser hombre o mujer, no lo sabía. La oscuridad dificultaba su visión. Anahí no comprendía por qué le había llamado la atención aquella figura, por qué la inquietaba. Sabía que existía algo que no lograba recordar, un detalle que la había sobresaltado, ¿pero qué?

Parejas de todas las edades iban y venían debajo de la gran glorieta blanca que reposaba sobre el pasto del Parque de las Sombras. Llevaban vestimenta tanto moderna como antigua en una reunión atemporal donde lo único que todos tenían en común era su pasión por el tango. Algunos grupos conversaban con algarabía, posiblemente bailarines que frecuentaban aquella milonga. Risas y voces estridentes resaltaban sobre el bullicio general.

En un costado, la orquesta preparaba sus instrumentos para dar comienzo a la noche. Al fondo se habían dispuesto varias sillas para los bailarines sin pareja y aquellos que quisieran tomarse un descanso. Junto a este sector, un matrimonio anciano colocaba vasos y servilletas sobre una mesa que se utilizaría luego para ofrecer bebidas y bocados a los presentes.

—¡Don Ocampo! —exclamó una voz masculina a lo lejos— ¡Don Ocampo! —repitió.

Lucio y Anahí se voltearon en busca del hombre. No les costó demasiado encontrarlo. Se trataba de un señor de estatura media con algunos restos de cabello blanco en forma de aureola sobre su cabeza.

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